Amigas y amigos, constructores de sueños, forjadores de esperanzas. Otra de las razones que habría influido en la decisión de Bolívar de llevar la guerra hasta el territorio peruano estuvo fundamentada en el retorno del régimen absolutista a España.

Los sectores liberales, que habían logrado establecer, en 1812, una constitución avanzada que imponía límites a la figura del monarca y otorgaba un conjunto de derechos a los españoles; ahora, en 1823, perdían terreno ante el resurgimiento del régimen absolutista. En esta circunstancia, la política guerrerista del rey Fernando VII amenazaba estabilidad de Colombia y la total liberación de los pueblos del Cono Sur.

La receta de Bolívar

Efectivamente, las informaciones que alertaban sobre el posible envío a América de cerca de veinte mil combatientes, era otro aliciente que afianzaba la convicción del Libertador de que era necesario consolidar la independencia de Suramérica.

Mientras existiera presencia militar española en estas tierras, los avances independentistas tendrían una amenaza permanente. Esta visión geopolítica incluiría a Cuba y Puerto Rico, pueblos que también estaban en los planes libertarios de Bolívar.

Pero la guerra era costosa y demandaba recursos económicos difíciles de cubrir en medio de las limitadas finanzas de Colombia, país que había librado una guerra prolongada con el consiguiente perjuicio para su infraestructura económica.

No solo había que alimentar al ejército asegurando el ganado y demás víveres para su manutención; también debía hacerse lo propio con los caballos que requerían fortalecerse para asegurar su mejor adaptación al clima de estos páramos, razón por la cual Bolívar instruyó decomisar toda la producción de alfalfa a fin de mejorar su alimentación.

Una situación parecida ocurría con el ejército. De los cuatro mil soldados solicitados a Colombia, una parte importante eran venezolanos, habitantes de los llanos acostumbrados al clima caluroso de zonas como apure, Barinas, Calabozo.

Remontar las cordilleras andinas, transitar por regiones situadas a más de tres mil metros sobre el nivel del mar, demandaba no solo fortaleza física, también mucho patriotismo y convicción, moral y republicana, para resistir las duras condiciones ambientales.

Las enfermedades gastrointestinales, la fiebre amarilla y el paludismo eran afectaciones adicionales, propias de selvas y zonas pantanosas, que aquejaban al ejército republicano.

En una carta enviada al vicepresidente Santander desde Pativilca, en febrero de 1824, luego de superar el grave cuadro de salud que casi lo conduce al sepulcro, Bolívar exponía su “receta” para alcanzar la victoria y lograr la independencia de Perú: “una fuerza de dieciséis mil hombres”; “una escuadra respetable en el Pacífico”; “dos millones de pesos en Guayaquíl”.

Estas demandas lo hicieron entrar en contradicción con satisfacer quien tenía una visión doméstica de la guerra y de las prioridades para Colombia, además de sus propias ambiciones de poder.

Esas contradicciones se acentuarían en la medida en que Bolívar pasaba a jugar un papel más fundamental en medio de la compleja situación peruana, aumentando su importancia política y militar, su fama y su prestigio, sobre todo, luego obtener en triunfo en la Batalla de Junín, el 6 de agosto de 1824.

Las intrigas y conspiraciones orquestadas desde Bogotá en las que Santander aparece como principal instigador, que alegaban lo innecesario de someter a Colombia a esos esfuerzos, humanos y materiales; la ausencia de Bolívar al frente del gobierno, pues era un presidente en Campaña militar; las molestias que generó el otorgamiento de ascensos militares sin antes solicitar la aprobación del parlamento; entre otros factores, contribuyeron para que el poder legislativo revocara las facultades extraordinarias que le había otorgado en octubre de 1821.

A estos cuestionamientos se sumaban los que sectores de la oligarquía Peruana esgrimían en contra de las imposiciones económicas establecidas para financiar la guerra, su idea de otorgar libertad a los esclavos y su oposición a establecer un régimen monárquico en Perú como proponían Riva Agüero y otros personajes.

Todo lo cual haría más difícil la tarea del Libertador. Tras la decisión del Congreso colombiano, correspondería al general Antonio José de Sucre culminar la  hazaña que al Libertador le fue negada.

La gloria está en ser grande y en ser útil

Si algo distinguió la relación entre Sucre y Bolívar fue la lealtad. Una condición que solo cambiaría con la muerte. La relación entre ambos tomó un rumbo definitivo tras los sucesos del llamado Congreso de Cariaco, en mayo de 1817.

Sucre, quien venía haciendo parte del ejército de oriente, cuyo líder más sobresaliente era el general Santiago Mariño, tras la reunión de esta instancia parlamentaria que pretendió desconocer la autoridad política y militar del Libertador; no solo desatendió las resoluciones del Congreso, sino que se trasladó hasta Angostura poniéndose a las órdenes de Bolívar.

Más tarde, en 1820, el cumanés tendría un rol fundamental en la concreción de los llamados Acuerdos de Trujillo que contemplaron la firma de un armisticio; el Tratado de Regularización de la Guerra, considerado base del moderno Derecho Internacional Humanitario; y la famosa entrevista entre Bolívar y Morillo.

El talento político y militar de Sucre fueron los aspectos considerados por Bolívar para encomendarle, en 1821, el avance a tierras ecuatorianas y la muy difícil tarea incorporar a Guayaquíl al territorio de Colombia.

Sucre sumaría un nuevo laurel a su ya exitosa carrera, derrotando al general Melchor Aymerich en la batalla de Pichincha el 24 de mayo de 1822.

La campaña libertadora de Perú puso a prueba la relación de afecto y amistad entre ambos personajes. En agosto de 1824, Bolívar ordena a Sucre ponerse en la retaguardia del ejército para atender las duras necesidades en la etapa final de la campaña. Sucre entendió la designación como una humillación y una responsabilidad indigna de su persona y de su prestigio militar.

Escribe una carta en la que manifiesta al Libertador estar afligido y dolido por la tarea encomendada, pues: “la comisión ha servido de burlas y sátiras a los que no son mis amigos, y de sorpresa a los que me estiman”.

Su  dolor e indignación son tan grandes que piensa en retirarse a la vida privada. “He meditado doce días mi posición y el partido que me deje, y después de un choque constante entre mis deseos y mis deberes, estos me aconsejan de no presentarme en donde mis compañeros me han visto salir con desaire. Si usted me permitiera, yo abrazaría la resolución que me dictan mi conciencia militar y mi justificación: pero aún seré sumiso y elegiré a usted mismo de consultor en este delicado asunto”.

La respuesta de Bolívar demostraría no solo la admiración y respeto que sentía hacia Sucre, también pondrían de manifiesto el talento argumentativo y la capacidad de convicción del Libertador. Parafraseando a Rousseau, comienza indicándole que: “esta es la sola cosa que [Sucre] usted ha hecho en su vida, sin talento”.

Afirma que estaba lleno de dolor por el dolor que Sucre sentía, del cual él no se sentía responsable, pues “la comisión que he dado a usted la querría yo llenar; y pensando que usted lo haría mejor que yo por su inmensa actividad; se la conferí a usted más bien como una prueba de deferencia que de humillación”.  

Le refiere la importancia de la tarea encomendada: “Si usted quiere saber si la presencia de usted por la retaguardia era útil, eche usted la vista sobre nuestro tesoro, sobre nuestro parque, nuestras provisiones, nuestros hospitales y la columna del Zulia: todo desbaratado y perdido en un país enemigo, en incapacidad de existir y de moverse”… “Si salvar el Ejército de Colombia es deshonroso, no entiendo yo ni las palabras ni las ideas”. También le señala que esos sentimientos eran indignos de Sucre, pues “la gloria está en ser grande y en ser útil”.

Finalmente, deja en el cumanés la decisión de lo que debía hacer: “Si usted quiere venir a ponerse a la cabeza del Ejército, yo me iré atrás, y usted marchará adelante para que todo el mundo vea que el destino que he dado a usted no lo desprecio para mí”.

Así era el talante, el honor y la grandeza de los hombres que coronaron la independencia absoluta del continente suramericano.       

 

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Ángel Omar García González (1969): Licenciado en Educación, mención Ciencias Sociales, y Magister en Historia de Venezuela, ambos por la Universidad de Carabobo, institución donde se desempeña como profesor en el Departamento de Ciencias Sociales de la Facultad de Educación. En 2021 fue galardonado con el Premio Nacional de Periodismo Alternativo por la Columna Historia Insurgente del Semanario Kikirikí. Ganador del Concurso de Ensayo Histórico Bicentenario Batalla de Carabobo, convocado por el Centro de Estudios Simón Bolívar en 2021, con la obra “Cuatro etapas de una batalla”. Es coautor de los libros “Carabobo en Tiempos de la Junta Revolucionaria 1945-1948” y “La Venezuela Perenne. Ensayos sobre aportes de venezolanos en dos siglos”.

 

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