Amigas y amigos, constructores de sueños, forjadores de esperanzas. El próximo 9 de diciembre estaremos conmemorando el Bicentenario de la Batalla de Ayacucho, gesta con la que se consagra la independencia del continente suramericano y ha sido presentada como la culminación del proceso independentista, una apreciación inexacta porque el fin de la guerra se alcanzó en el año 1826, cuando salieron los últimos reductos del ejército español atrincherados en el puerto del Callao.
El enfrentamiento también sirvió para inmortalizar el talento político y militar del general Antonio José de Sucre, quien cosechaba triunfos como el alcanzado en la batalla de Pichincha, el 24 de mayo de 1822, y había sido parte fundamental en la gestación de los llamados Acuerdos de Trujillo, firmados entre el 25 y 26 de noviembre de 1820.
La independencia un logro continental
La historiografía tradicional nos ha enseñado que con el triunfo alcanzado en las batallas de Bomboná y Pichincha, en abril y mayo de 1822 se puso fin a la guerra en Colombia (la grande). Realmente ella se prolongó dieciocho meses más y concluyó luego de los triunfos en la Batalla Naval del Lago de Maracaibo, en julio de 1823, y la toma y liberación de Puerto Cabello, en noviembre del mismo año. Allí concluía, realmente, la guerra en Venezuela, Nueva Granada y la antigua Real Audiencia de Quito.
Entonces, si se había alcanzado la liberación de Colombia, ¿por qué Bolívar decidió continuar la guerra en territorio peruano? Existen varias explicaciones, una de ellas obedece a la concepción geopolítica de unidad latinoamericana que respecto a la gesta emancipadora siempre tuvo el Libertador. Para él, la independencia no podía ser un hecho local, circunscrito a las especificidades nacionales, sino un logro continental, capaz de asegurar la preservación de los triunfos obtenidos, los cuales siempre estarían bajo acecho en tanto existiera presencia militar española en estas tierras.
Esta fue una idea madurada y afianzada progresivamente. En la llamada Carta de Jamaica, tras hacer una radiografía de la situación política de las naciones, desde México hasta el Rio de la Plata, Bolívar plasmó una visión de la unidad latinoamericana representada en una confederación de naciones. Más tarde, entre los años 1818, 1819 y siguientes, envió comunicaciones a líderes del Cono Sur planteándoles la necesidad de sumar esfuerzos para lograr la independencia total de la corona española. La idea de la unidad quedó patentada en el discurso ante el Congreso de Angostura donde propuso la creación de Colombia.
Pocas semanas después del triunfo en Carabobo le escribe al general José de San Martín diciéndole: “Mi primer pensamiento en el campo de Carabobo, cuando vi mi patria libre, fue Vuestra Excelencia, el Perú y su ejército libertador. Al contemplar que ya ningún obstáculo se oponía a que yo volase a extender mis brazos al libertador de la América del Sur, el gozo colmó mis sentimientos… después del bien de Colombia, nada me ocupa tanto como el éxito de las armas de Vuestra Excelencia…”
A esta perspectiva continental de la guerra se contraponía la situación política de Perú, un país atrapado por luchas intestinas entre facciones de la oligarquía que se disputaban el poder dificultando el triunfo definitivo de la independencia, que procuraron, en ocasiones, concretar acuerdos que incluían la instauración de un régimen monárquico, con un virrey español que fuese aceptado por los criollos y que garantizara sus intereses.
Contradicciones agudizadas
Tras la decisión del general José de San Martin de retirarse de la actividad pública para atender asuntos personales, principalmente de salud, renunció a la condición de protector de Perú que había asumido en 1821. Esta decisión fue el resultado de lo acordado entre él y el Libertador Simón Bolívar luego de su famosa entrevista en Guayaquíl, en julio de 1822. San Martín puso a disposición parte de su ejército y Bolívar quedó como el máximo líder del proceso independentista suramericano.
Entre tanto la situación política interna de Perú se agravaba. Antes de marcharse de Perú, en septiembre de 1822, San Martín instaló el Congreso y abdicó a la condición de Protector y a los poderes especiales que le habían sido conferidos. El Poder Legislativo nombró un gobierno colectivo denominado Junta Gubernativa, integrada por tres diputados.
Al poco tiempo las contradicciones se agudizaron dando como resultado lo que la historiografía peruana considera el primer golpe militar de su historia: el llamado ejército del centro acantonado en Balconcillo, solicitó la renuncia de la Junta Gubernativa hecho que condujo a la designación como presidente, en febrero de 1823, primero de Bernardo Torre Tagle y luego de José de la Riva Agüero; éste envió comunicación al Libertador Simón Bolívar en la que solicitaba que el ejército de Colombia contribuyera en la gesta independentista peruana, lo propio haría al poco tiempo el Congreso de esa nación.
Este aspecto es sumamente relevante en la comprensión de los hechos, porque Bolívar, en su condición de jefe máximo del ejército y presidente de Colombia, no tenía potestad alguna, jurídica ni política para actuar en territorio del antiguo imperio incaico, éste había sido asiento del virreinato del Perú que tuvo una división político territorial y administrativa distinta a lo que fue el virreinato de Nueva Granada. La actuación de Bolívar en ese territorio, sin el llamado y consentimiento de las autoridades peruanas, sería visto como una invasión.
Bolívar envió al general Antonio José de Sucre para imponerse de la verdadera situación político militar y preparar el terreno para su arribo, pues el Libertador necesitaba, antes, la autorización del Congreso de Colombia para ausentarse del territorio e involucrarse en otro conflicto bélico que impondría requerimientos de diverso orden a la nación.
La situación política en Perú se deterioraba aceleradamente. El presidente José de la Riva Agüero pronto entró en contradicciones con el parlamento. La debilidad política y militar del gobierno facilitó la conquista de Lima por las tropas realistas comandadas por el general José de Canterac, ejército que ocupó la ciudad de forma relativamente fácil. El presidente Riva Agüero y el gobierno se atrincheraron en la fortaleza de El Callao, en tanto que el parlamento pensaba que debía establecerse en la ciudad de Trujillo. En medio del complejo proceso se le otorgaron poderes especiales al general Antonio José de Sucre para conducir el ejército; éste había arribado a Perú en mayo de 1823.
El 1 de septiembre lo haría el Libertador. Sin embargo, ni su autoridad política, militar y moral lograron contener las rivalidades y contradicciones presentes en el seno de la oligarquía peruana. En los meses siguientes Bolívar se vería obligado a tomar medidas drásticas para garantizar el triunfo de las armas republicanas.
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Ángel Omar García González (1969): Licenciado en Educación, mención Ciencias Sociales, y Magister en Historia de Venezuela, ambos por la Universidad de Carabobo, institución donde se desempeña como profesor en el Departamento de Ciencias Sociales de la Facultad de Educación. En 2021 fue galardonado con el Premio Nacional de Periodismo Alternativo por la Columna Historia Insurgente del Semanario Kikirikí. Ganador del Concurso de Ensayo Histórico Bicentenario Batalla de Carabobo, convocado por el Centro de Estudios Simón Bolívar en 2021, con la obra “Cuatro etapas de una batalla”. Es coautor de los libros “Carabobo en Tiempos de la Junta Revolucionaria 1945-1948” y “La Venezuela Perenne. Ensayos sobre aportes de venezolanos en dos siglos”.
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