Para los años ochenta ya era socia de una empresa de productos químicos. Ahí me desempeñaba como vendedora, choferesa y otros tantos menesteres, como ayudante de camión. Teníamos un 750 con barandas que siempre andaba en la búsqueda de buenos clientes y materia prima de calidad. Éramos especialistas en químicos para tratamiento de agua. Comercializábamos ácido clorhídrico, piedra alumbre, soda, sulfato de cobre, entre otros. Nuestros clientes eran clubes, casas con piscina, empresas, etc.
Después que le agarré el gusto a manejar el camión, me daba el lujo, algunas veces, de buscar la materia prima con un ayudante, mientras mi socio visitaba clientes. Así fue como, a través de un comprador de una de esas empresas que visitó supo de alguien que buscaba una materia prima en especial para ser entregada en San Cristóbal. Nos dimos a la tarea de ubicar la mercancía solicitada, cuadramos con el cliente y procedimos a alquilar dos gandolas con sus choferes. Adicionalmente contratamos personal para cargar y descargar el material.
Antes de colocarle el enserado acostumbraba a subir sobre la carga para inspeccionar que no se fuera a soltar un saco en pleno trayecto. Yo tomaba mi trabajo muy en serio. Los choferes durmieron en hamacas bajo los camiones en un gran almacén para salir al día siguiente bien temprano. Llegué a mi casa “molida”, había sido una ardua tarea, tanto física como mental.
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Al otro día estuve bien temprano en el lugar y ya el personal estaba tomando su cafecito para arrancar. Revisamos que el amarre de ambas gandolas estuviera como lo dejamos la noche anterior e inmediatamente encendieron al mismo tiempo los motores con un ronquido tan fuerte como un despertar de gallos.
Luego, el socio y yo buscamos un lugar para desayunar y trazar nuestra ruta hacia San Cristóbal. Ya todo estaba listo, solo faltaba entregar el pedido y luego nos daríamos un descanso de una semana para buscar la siguiente negociación.
En esa época no habían celulares para comunicarnos con los choferes por eso les habíamos marcado la ruta y sus paradas para llevarles el tiempo de viaje. Nosotros, como íbamos más livianos podíamos recorrer más rápido el camino. La idea era llegar primero que ellos para concretar con el cliente la segunda parte del pago de la factura.
El recorrido era largo y nuestro camión no era muy veloz. Nos tomó tiempo para llegar al primer punto de encuentro con las gandolas. Allí estaban, estacionadas en un comedero de la carretera. Los choferes desayunaban dentro del vehículo para no dejarlo solo. Nos percatamos que todo iba bien como lo habíamos planeado y seguimos adelante.

Horas después llegamos a nuestro destino. Llamamos al cliente y quedamos en vernos en un lugar del centro de la ciudad. Guardamos el camión en un estacionamiento cerca de donde estaríamos y fuimos a su encuentro.
Se nos fueron dos horas esperando y nada que llegaba. Empezábamos a ponernos nerviosos. En eso, dos hombres se nos acercaron y uno de ellos se identificó como la persona a la que le entregaríamos el pedido. Nos pidió disculpas por la tardanza y explicó que estaban solucionando una situación que se había dado con nuestra carga en la alcabala pero que ya estaba todo subsanado.
Nos pareció algo extraño lo que nos dijo. De inmediato procedimos a hacerle entrega de la factura por el último pago pendiente. En esa época no había pago móvil, ni nada que se le pareciera. Todo era en efectivo o en cheque y esta transacción sería en cheque.
Al entregarnos el pago pendiente, nos dimos cuenta que era mucho menos de lo acordado.
–¿Qué pasa aquí? –preguntó mi socio. Esto no es lo convenido.
El cliente, de manera muy fresca, le dijo:
–A mí me parece que eso es lo que te debo y no se diga más indicando que se marchaba.
Cómo les explico, por mi mente pasaron todas las deudas que tenía que pagar, el mercado para alimentar a los míos, los zapatos, uniformes de los muchachos y demás cosas pendientes por comprar, que en ese momento mi mente se nubló.
–¿Cómo es eso que usted piensa que esa cantidad es la que nos debe? –le dije mientras me levantaba.
–Hicimos nuestro trabajo y le trajimos la mercancía. Quedamos de acuerdo con una suma, que definitivamente no es esta. –Ya le hablaba en un tono fuerte y decidido.
–¡Señora, no se altere! –me dijo
Eso fue lo que le quitó la tapa al frasco. Les aseguro que jamás había reaccionado de esta manera en mi vida. Seguidamente agarré una botella, la rompí de un solo golpe y amenazante le dije:
–¡Usted no nos va a decir qué pagara o qué no por nuestro trabajo! –decía esto mientras, empuñaba la botella rota frente a él.
Mi socio no se movió, creo que se petrificó en la silla. Tampoco esperó esa reacción de mí.
De inmediato, el otro hombre que llegó con el cliente se levantó y casi se me abalanza. El cliente lo contuvo con una mano y dijo pausadamente:
–Tranquila, señora, no tenemos por qué llegar a estos extremos. Usted tiene razón, eso no es lo acordado. Hagamos algo, me decía mientras hacía un cheque. Vaya usted con él al banco, señalando al hombre que lo acompañaba y cambie este cheque en efectivo que es el monto establecido.
Si les digo que no estaba nerviosa, les miento pero era más mi indignación por el atrevimiento de ese hombre que el miedo a cualquier represalia contra nosotros. Acepté y nos fuimos en su camioneta hasta el banco. Cambié el cheque y regresamos al restaurant.
Cuando llegué, mi socio seguía callado y el rostro desencajado. Su expresión cambió inmediatamente al decirle que todo estaba bien. El cliente se levantó, nos dio la mano y se marchó.
Luego que se descargó la mercancía, le pagamos lo acordado a los choferes. Decidimos regresar a Valencia inmediatamente porque nos faltaban muchos kilómetros que recorrer. No nos pareció seguro quedarnos allí por más tiempo.
Años después miraba el Noticiero en mi casa, cuando de pronto oí que habían atrapado al capo más importante y peligroso de Colombia, un tal Pablo Escobar. Al ver la foto del hombre arrestado tuve que sentarme porque las piernas se me doblaron. Había sido con él el altercado que había tenido, con una botella en aquel restaurant. Por supuesto que pensé que estaba viva de milagro, lo había amenazado sin más ni más, como si fuera cualquier hijo de familia.
Aún hoy me pregunto ¿por qué nos dejó ir? Si era fácil deshacerse de nosotros. La ida al banco y el quedarse solo con mi socio hubiese sido el momento perfecto para no estar aquí contándoles esta historia. ¿Qué vio en esa mujer que lo amenazaba con una botella rota? ¡Es un enigma!
Ese es el evento más fuerte, como vendedora de químicos, que viví. Luego de eso, nos conformamos con clientes más cercanos y conocidos. La vida te lleva hacia situaciones inesperadas. ¿Qué si aprendí? Por supuesto, en la calle siempre te vas a encontrar a alguien que se cree con más cojones u ovarios que tú, hasta que se llevan una sorpresa.
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Carmen Beatriz Pacheco (Caracas, 1951) es cronista, dibujante y aficionada al haikú y al microrrelato.
Ha participado en el Taller de Lectura y Escritura Creativa del Museo de Arte Valencia (MUVA) con el Prof. Ramón Núñez.
También formó parte del grupo CEINFOLEIM, dirigido por el escritor José Luis Troconis Barazarte.
Integra el Laboratorio Narrativo Zuaas en cuyo libro colectivo «Relatos de lluvia (historias que caen del cielo)» (2025) interviene con tres relatos breves.
Asimismo integra la Escuela Virtual «Historias en Yo Mayor» de la Fundación FahrenHeit 451 (Colombia).
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