Viajando con los Beatles | Carmen Pacheco

Recientemente estuve por los lados de Los Teques visitando a la familia. Con la situación del clima y la llegada del fulano Niño, la temperatura de ese mágico lugar ha cambiado bastante.

Jamás tuve que utilizar aire acondicionado ni ventilador mientras permanecía allá, pues no eran necesarios. Para mí, que vengo de un lugar caluroso como Guacara, Los Teques siempre ha sido un sitio exquisito por su clima; solo que esta vez, el Niño anda jugando a la candelita con este hermoso municipio.

No por eso dejó de regalarme sus hermosos amaneceres y sus cálidos atardeceres. El cantar de los gallos por la mañana, el carrerear de los perros a cuanta moto les pase por un lado y el graznar del águila al verse perseguida por varios pajaritos que la alejan de sus nidos… Eso, no cambió para nada.

 

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Frente al patio de la casa, numerosos techos rojos adornan el paisaje. Entre ellos resalta una casita que, desde la época en que estuve allá por motivos de salud, no ha cambiado en absoluto su aspecto frente a un árbol que crece a su lado.

Con la cámara del teléfono me puse a buscarlo y logré captarlo: aquella imagen que en su momento creí una simple casualidad —tal vez por mi propio estado de salud—, hoy permanece allí. Aunque luce un poco despelucado, se aprecia la figura del Santo José Gregorio Hernández. No creo que quienes habitan en esa casa se hayan percatado de la silueta, pues solo se distingue a la distancia, respetando ese juego visual que la mente es capaz de crear.

Los Teques-Carmen Pacheco

Es probable que, por el sofocante calor actual, las imágenes a la distancia se perciban más grandes o majestuosas a través de los filtros de luz. Tal es el caso del cerro El Ávila, que emerge entre las nubes para desplegarse en tres dimensiones desde mi punto de observación. A mí, esa visión me embruja y siempre procuro fotografiarla en distintos momentos del día.

Fueron pocos los días que compartí con la familia, pero, como siempre, resultaron de una calidad inmensa. Entre el afecto de la gente y el de los tres cuatro patas que allí habitan, hicieron que mi estancia fuera maravillosa.

De regreso a mi hogar, el jueves por la mañana, tuvimos que esperar dos horas en una de esas camionetas Encava para poder salir. Durante la espera se desató un soberano palo de agua, que sentí como una bendición; pues durante el tiempo que permanecí allá arriba la lluvia amenazó constantemente, pero solo caían leves pringas mientras las nubes cambiaban de rumbo con su ansiado cargamento.

Emprendí el retorno con la esperanza de que el clima y la carretera fueran benévolos con nosotros. Cuál no sería mi sorpresa cuando comencé a oír una música completamente distinta a la que suelen poner en esos vehículos. La persona que iba a mi lado y yo nos volteamos, asombradas al mismo tiempo, al escuchar las notas de «Hey You».

El viaje resultaba maravilloso. Una tras otra, resonaban canciones de rock de los años setenta, ochenta y noventa, hasta hacerme sentir en un verdadero concierto de buena música.

Cuando llegamos al peaje de Las Tejerías comenzó a sonar «Imagine» de John Lennon, y así viajaron con nosotros Los Beatles con «And I Love Her», y Guns N’ Roses con «Sweet Child O’ Mine». En ese momento, los pasajeros del fondo cantaban a todo leco. Al alcanzar el peaje de La Cabrera, la voz de Whitney Houston interpretando el tema de El guardaespaldas hizo explotar de alegría a la joven que venía a mi lado, quien —según supe después— había estudiado violín desde pequeña y sabía apreciar la buena música.

Cuando ya estaba por llegar a mi destino, se mandó con rock en español, obligando a que los pasajeros agarraran mínimo, porque veníamos demasiado emocionados cantando. Al llegar a mi parada, antes de bajarme, le agradecí por tan espléndido viaje. Esas son el tipo de cosas que la mente agradece eternamente.

 

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Carmen Pacheco foto nueva columna BOTERO

Carmen Beatriz Pacheco (Caracas, 1951) es cronista, dibujante y aficionada al haikú y al microrrelato.

Ha participado en el Taller de Lectura y Escritura Creativa del Museo de Arte Valencia (MUVA) con el Prof. Ramón Núñez.

También formó parte del grupo CEINFOLEIM, dirigido por el escritor José Luis Troconis Barazarte.

Integra el Laboratorio Narrativo Zuaas en cuyo libro colectivo «Relatos de lluvia (historias que caen del cielo)» (2025) interviene con tres relatos breves.

Asimismo integra la Escuela Virtual «Historias en Yo Mayor» de la Fundación FahrenHeit 451 (Colombia).

 

 

 

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Ciudad Valencia/RN