Las Décimas

La poesía es un animal de paciencia. Viene de lejos, cruza el agua sin hacer ruido y se instala en la memoria del hombre común. No tiene prisa. Los imperios caen, las leyes se borran como huellas en la arena, pero un canto pequeño, una estructura de diez líneas que cabe en la palma de la mano, sobrevive al tiempo.

Nos preguntamos a veces por esa forma que oímos en el campo, en los rincones donde la prisa no ha logrado destruir el silencio de la tarde. La llamamos décima. Pero la décima no pertenece a los libros de texto, ni a la rigidez de los salones literarios, ni a los hombres que firman con orgullo sus páginas. Pertenece al aire. Pertenece al hombre que limpia la tierra, al que mira el río pasar, al que no tiene más posesión que su propia respiración.

 

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El viaje del fuego

Nació en una España antigua, una España de barro y piedra, cuando un hombre de apellido Espinel juntó las rimas como quien junta maderos secos para hacer un fuego que resistiera el invierno. Aquello era un juguete de corte, una filigrana para que los poetas pulidos demostraran su destreza. Pero las cosas verdaderas no se quedan encerradas. La palabra es libre o no es nada.

La décima viajó en los barcos, mezclada con el olor a madera vieja, con el aguardiente, las fiebres y la nostalgia de los que dejaban todo atrás. Cruzó el océano sin saber que buscaba su verdadera patria. Y la encontró aquí, en esta tierra nuestra, en la humedad del Caribe, en la inmensidad desolada de los llanos, donde el habitante necesita cantar para que la distancia no lo devore, para no volverse tierra por completo antes de tiempo.

El pueblo la escuchó y la hizo suya. Le quitó el traje de gala, le desabrochó el cuello y la mandó a caminar descalza por los senderos. Por eso, cuando nos preguntamos de dónde es, la respuesta no está en los mapas. Es de donde se canta. Es del hombre que la usa para parir un lamento o para reírse de su propia miseria.

 

La arquitectura del silencio

Es una estructura breve, exacta, casi milagrosa en su equilibrio. No le sobra una sílaba, no le falta un latido.

Ocho sílabas en el labio,

diez versos para el dolor,

un canto que busca el sol

y se esconde en el agravio.

El mecanismo es un sabio

que junta la rima herida,

va buscando la salida

en el laberinto fiel,

es el alma en el papel,

es la herida de la vida.

 

Cuatro rimas que se abrazan al principio, dos que sostienen el medio como un puente sobre el abismo, y un final que cierra el círculo, que golpea o consuela, como un portón que se entorna en la noche profunda para proteger el fuego sagrado del hogar.

La décima es el canto del que no tiene nada más que su voz. Es la herencia de los que mueren sin dejar testamento ni riquezas, pero dejan una tonada flotando en el viento de la tarde para que sus hijos no se sientan solos.

 

La patria de la voz

Viene del siglo de oro, dicen los que estudian el olvido, los que clasifican las mariposas muertas en los museos. Pero el pueblo no sabe de siglos ni de clasificaciones; el pueblo sabe de dolores, de cosechas perdidas, de amores que se van con el río y de la muerte que siempre acecha detrás de la casa.

Por eso la décima ya no es española, aunque conserve su esqueleto. Es de aquí, de la garganta del coplero, del pescador que espera la red, del campesino que mira las nubes esperando la lluvia. Se volvió hacha, se volvió canoa, se volvió caballo. Se mezcló con la sangre africana y con el grito herido del indio hasta perder su color original y tomar el color del fango y de la hoja limpia.

Al final, la geografía es una invención de los gobiernos. A la poesía no se le piden pasaportes. No importa en qué rincón del mundo nació la palabra, no importa qué mano antigua trazó su primera combinación. Lo único que permanece, lo único real, es el pecho que la necesita para decir que está vivo, la boca que la suelta al viento y el alma herida que decide quedarse a vivir en ella para siempre.

 

Cuento

En el pueblo de San Juan de las Piedras, las palabras no se las llevaba el viento; se quedaban flotando en el aire como burbujas de jabón hasta que alguien las pinchaba con la punta de un clavo. Por eso la gente hablaba poco, temiendo que el cielo se llenara de chismes flotantes que impidieran ver el sol. Todo cambió la noche en que una mujer ciega, que decía llamarse Perfecta, parió una tonada de diez líneas exactas mientras lavaba la ropa en el río.

La melodía no salió de su boca en forma de sonido, sino como una cinta de plata de diez nudos que se enredó en las ramas de los sauces. Al instante, los habitantes que sufrían de insomnio crónico cayeron en un sueño tan profundo que empezaron a soñar los recuerdos de sus antepasados. La estructura era tan precisa que el orden del universo pareció alinearse con ella: las vacas comenzaron a dar leche con sabor a miel durante el primer verso, las flores de los patios se abrían al unísono en el quinto, y al llegar al décimo, los difuntos del cementerio daban tres golpes bajo la tierra para demostrar su aprobación.

Los hombres del pueblo descubrieron que la décima era un imán para el destino. Si un campesino recitaba los diez versos con la rima correcta antes de sembrar, el maíz crecía en una sola noche y las mazorcas nacían ya desgranadas. Si una mujer despechada cantaba la estructura al revés, el agua de los floreros se convertía en vino y el amante olvidadizo regresaba a pie, cruzando el río sin mojarse los pantalones, guiado por el imán invisible de la octava sílaba.

Perfecta pasó el resto de sus días sentada en el zaguán, tejiendo alpargatas que caminaban solas si se les susurraba una espinela al oído. Cuando murió, el pueblo no guardó luto con trapos negros, sino que prohibió el uso de cualquier frase que no tuviera diez compases exactos. Desde entonces, el tiempo en San Juan de las Piedras se mide en estrofas, y los viajeros que pasan por allí aseguran que hasta el galope de los caballos suena con la rima matemática y perfecta de una décima eterna.

 

José Luis Troconis Barazarte.

 

Dos escritoras Venezolanas, dos décimas:

Eres tú

Estabas tú por mi casa

en tu rostro la sonrisa,

soplaba suave la brisa

y mi aliento te traspasa.

Este amor no es el que pasa

es grande, nunca chiquito

este es un amor bendito

por demás apasionado,

yo soy muy afortunado

este amor es infinito.

Martha Parra Rubio

Junio 2026

 

Amistad verdadera

I

Esta amistad que vivimos

Dios con amor concedió

la vida nos la cedió

y es así lo que sentimos.

Las lecciones aprendimos

haciéndose verdadera

manteniendo esa bandera

te quiero mucho mi hermano

aquí te extiendo mi mano

con fuerza y es duradera.

II

Con fuerza y es duradera

naciendo aquí la esperanza

y con ella la confianza

traspasando la frontera.

Es fuerte como madera

dura de enero a enero

esta amistad es de acero

permite la tolerancia

no da paso a la distancia

cuando el amigo es sincero.

Yanet D. Velásquez A.

Junio, 2026.

 

***

 

José Luis Troconis Barazarte 1

José Luis Troconis Barazarte: El sembrador de lenguajes

Artista, ceramista, narrador y docente, José Luis Troconis Barazarte ha hecho de la interdisciplina su firma. Doctor en Historia del Arte por la Universidad de Salamanca y la Bircham International University, con maestría en Artes Visuales y Escénicas (Strayer College, D.C.), su rigor académico se funde con la pasión de quien vive el arte como destino.

Su huella institucional destaca como exdirector de Cultura de la Universidad Arturo Michelena y coordinador en la Alianza Francesa de Valencia. Al frente de CEINFOLEIM, convierte la enseñanza de siete idiomas, la música y la literatura en un rito de creación permanente, impulsando movimientos de vanguardia como Cacao Tekisuto y Talicre. En este diario, Ciudad Valencia, da vida semanalmente a su columna «Ciudad en Verso y Prosa«, un espacio que define su presente creativo.

Reconocido con la Bienal Internacional Vicente Gerbasi (2017) y distinguido en Atenas como Mejor Escritor del Año 2024-2025 por el Ministerio de Cultura de Grecia, su obra honra una herencia mediterránea que trasciende fronteras. Autor de títulos como EmpáticosCartas a la Soledad y El Evangelio de Caperucita, prepara para este 2026 una ambiciosa serie editorial que incluye Yo sí creo en DiosOm Seti y Lilith.

Médico internista, intérprete de lengua de señas, pianista y director coral, Troconis entiende la sanación y el arte como un mismo gesto de revelación.

“Escribe como quien borda: con barro en los pies, cielo en la lengua y fuego en la voz. Es el poeta que escucha lo que otros callan y traduce el silencio en tinta viva.”

 

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Ciudad Valencia/RM