El fútbol nace limpio. Una pelota que rueda, un niño que corre, un barrio que se enciende con un grito que no necesita explicación. Todo lo demás vino después, como una sombra que se estira sobre la cancha hasta convertirla en un escenario donde el dinero juega más que los jugadores.
En cualquier ciudad uno ve a los muchachos patear un balón en una cancha gastada. Allí el gol vale lo que debe valer: alegría, orgullo, un instante de triunfo que no se compra. Pero en las pantallas el mismo gol se convierte en un número que no
cabe en la cabeza de nadie. Y uno se pregunta en qué momento la pelota dejó de ser un juego para convertirse en una cifra que aplasta a todas las demás.
No tengo nada contra el fútbol. Me gusta cuando el partido se vuelve una conversación de cuerpos que se entienden sin hablar. Respeto la pasión, el fanatismo, la fiesta que se arma en cada casa cuando juega la selección. Pero hay algo que me incomoda, algo que se siente torcido: la balanza no está en su sitio.
Mientras un delantero firma un contrato que podría sostener a un país entero, un escritor pule un párrafo con la esperanza de que alguien lo lea. Un científico pasa noches enteras buscando una fórmula que podría salvar vidas y apenas recibe un salario que no alcanza para mantener su laboratorio. Un atleta de otra disciplina entrena hasta romperse y nadie lo mira. Y en los barrios, en los hospitales, en las escuelas, la gente que sostiene al mundo sigue esperando que el mundo les devuelva algo.
No es envidia. Es proporción. Es esa palabra que casi nunca aparece en los titulares: equilibrio. Está bien que los futbolistas ganen. Está bien que los directivos ganen. Está bien que el deporte mueva dinero y que la gente disfrute. Pero ¿tanto? ¿Tan desmesurado? ¿Tan lejos de cualquier lógica humana?
A veces imagino un planeta donde el dinero se repartiera con un poco más de sensatez. Donde un maestro pudiera vivir sin sobresaltos. Donde un investigador no tuviera que mendigar financiamiento. Donde un poeta no fuera un lujo sino una necesidad. Donde el valor de las cosas no dependiera del mercado sino del aporte real a la vida de todos.
Quizás es ingenuidad. Quizás es solo el deseo de que la pelota vuelva a ser pelota y no un símbolo de desigualdad. Pero uno escribe porque todavía cree que el mundo puede enderezarse un poco, aunque sea como quien acomoda una silla en una casa que se está cayendo.
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Ojalá algún día el juego sea más justo. No el de la cancha, que ya tiene su propia magia, sino el otro: el que se juega afuera, donde los números pesan más que los sueños. Ojalá la vida se pareciera más a esos partidos de barrio donde todos ganan algo, aunque sea la risa, aunque sea el cansancio feliz de haber jugado juntos.
Mientras tanto, aquí seguimos, viendo rodar el balón y preguntándonos si algún día rodará hacia un mundo más balanceado.
Poesía
El balón gira
como un sol cansado
que ilumina solo a unos pocos
miro el juego
y siento que algo se inclina
como una mesa mal puesta
allá corren los héroes del estadio
cubiertos de cifras que pesan más que sus cuerpos
mientras en otra esquina del mundo
un maestro cuenta monedas
un científico enciende la última luz del laboratorio
un poeta escribe para no borrarse del todo
no es rabia
es ese deseo antiguo
de que la vida reparta mejor sus frutos
que el gol valga alegría
y no un reino entero
que el talento encuentre su pan
sin pedir permiso al mercado
a veces imagino un planeta distinto
donde la pelota vuelva a ser pelota
y no un tesoro que solo unos tocan
quizás es ingenuidad
pero uno escribe para enderezar un poco el mundo
aunque sea con palabras
aunque sea por un instante
y mientras el balón sigue rodando
yo sigo soñando despacio
que un día la vida encuentre su paso
y que el juego sea justo en cada espacio
Cuento
El reino donde la pelota manda
En mi ciudad existe una historia que nadie se atreve a escribir porque dicen que quien la escribe queda condenado a ver balones rodando incluso en los sueños. Yo la cuento porque ya los veo igual, despierto o dormido, así que nada pierdo.
Se dice que hace muchos años, cuando el mundo todavía tenía un orden más o menos comprensible, apareció en un potrero una pelota que no pertenecía a nadie. No era de cuero ni de plástico. Tenía un brillo tibio, como si hubiera sido incubada por el sol. Los niños que la encontraron juraron que la pelota respiraba. Cada vez que la tocaban, se encendía un latido leve, como el de un animal recién nacido.
La llevaron a la cancha del barrio y allí ocurrió lo que nadie esperaba: la pelota empezó a moverse sola. No rodaba, avanzaba como si supiera a dónde quería ir. Los muchachos corrían detrás de ella, pero la pelota siempre elegía a uno, al más flaco, al más tímido, al que nunca había metido un gol. Y cuando ese niño la tocaba, la pelota se detenía, como si lo reconociera.
Con los años, esa pelota se multiplicó. Nadie sabe cómo. Algunos dicen que se partió en dos como una fruta madura. Otros aseguran que cada vez que un niño la
soñaba, aparecía otra igual al amanecer. Lo cierto es que un día el mundo estaba lleno de balones que parecían tener voluntad propia. Y con ellos nació un imperio.
Los primeros jugadores que tocaban esas pelotas crecían como si el aire los alimentara. Corrían más rápido, saltaban más alto, y los estadios se llenaban para verlos. Pero algo extraño empezó a pasar: cada vez que uno de ellos firmaba un contrato, la pelota brillaba menos. Como si el dinero le robara un poco de su alma.
Mientras tanto, en los pueblos, los maestros seguían enseñando con tizas gastadas. Los científicos buscaban curas con instrumentos que parecían reliquias. Los poetas escribían en cuadernos que nadie abría. Y la pelota, que había nacido para alegrar, se convirtió en la reina de un reino donde el valor de un gol podía comprar la vida de miles.
Hubo un día en que la injusticia se hizo tan grande que la tierra misma decidió intervenir. En un estadio repleto, justo cuando un delantero famoso iba a patear un penal que valía más que un hospital entero, la pelota se negó a moverse. Se quedó quieta, inmóvil, como una piedra sagrada. El jugador la tocó y sintió que estaba fría. El público guardó silencio. Los directivos sudaron. El árbitro tembló.
Entonces la pelota habló. No con palabras, sino con un sonido que todos entendieron. Un murmullo que venía de muy lejos, como si la historia entera del mundo se hubiera reunido para pronunciar una sola verdad. Y lo que dijo fue simple: que el juego había olvidado su origen, que la alegría se había vuelto mercancía, que el equilibrio se había perdido.
Después de aquel día, las pelotas empezaron a desaparecer. Una por una, se desvanecían como luciérnagas al amanecer. Los estadios quedaron mudos. Los contratos se volvieron papel inútil. Los jugadores tuvieron que aprender a vivir sin el brillo que los había elegido. Y en los barrios, los niños volvieron a patear naranjas, como al principio.
Dicen que en algún lugar del mundo queda una sola pelota verdadera, escondida en una casa donde nadie la busca. Dicen que late todavía, esperando que la humanidad recuerde que el juego nació para unir, no para dividir. Que la alegría no debería costar más que la vida. Que el mundo necesita volver a ser cancha, no mercado.
Yo no sé si esa pelota existe. Pero cada vez que veo a un niño correr detrás de un balón cualquiera, siento que algo del antiguo milagro sigue vivo. Y que tal vez, cuando menos lo esperemos, la pelota volverá a elegirnos. Esta vez con la esperanza de que hayamos aprendido a no vender lo que nació para ser compartido.
José Luis Troconis Barazarte
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José Luis Troconis Barazarte: El sembrador de lenguajes
Artista, ceramista, narrador y docente, José Luis Troconis Barazarte ha hecho de la interdisciplina su firma. Doctor en Historia del Arte por la Universidad de Salamanca y la Bircham International University, con maestría en Artes Visuales y Escénicas (Strayer College, D.C.), su rigor académico se funde con la pasión de quien vive el arte como destino.
Su huella institucional destaca como exdirector de Cultura de la Universidad Arturo Michelena y coordinador en la Alianza Francesa de Valencia. Al frente de CEINFOLEIM, convierte la enseñanza de siete idiomas, la música y la literatura en un rito de creación permanente, impulsando movimientos de vanguardia como Cacao Tekisuto y Talicre. En este diario, Ciudad Valencia, da vida semanalmente a su columna «Ciudad en Verso y Prosa«, un espacio que define su presente creativo.
Reconocido con la Bienal Internacional Vicente Gerbasi (2017) y distinguido en Atenas como Mejor Escritor del Año 2024-2025 por el Ministerio de Cultura de Grecia, su obra honra una herencia mediterránea que trasciende fronteras. Autor de títulos como Empáticos, Cartas a la Soledad y El Evangelio de Caperucita, prepara para este 2026 una ambiciosa serie editorial que incluye Yo sí creo en Dios, Om Seti y Lilith.
Médico internista, intérprete de lengua de señas, pianista y director coral, Troconis entiende la sanación y el arte como un mismo gesto de revelación.
“Escribe como quien borda: con barro en los pies, cielo en la lengua y fuego en la voz. Es el poeta que escucha lo que otros callan y traduce el silencio en tinta viva.”
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Ciudad Valencia/RM












