Un sabor a sencillez, un olor a casa con patio lleno de ternura de madre; un calor de cuarto donde han anidado como tortolitas las velas sorprendidas por la piedra de la muerte; una casa trajinada por las cabras, caballitos y gallos de los pesebres; un poemario en el que cada hoja es una invitación familiar para que seamos testigos de cómo la vida aparece con su lenguaje lleno de memorias y luego vamos echando en el costado de la indiferencia aquellos objetos donde nuestra fe brillaba, y la vida retira sus palabras y entonces nos crece el vacío. Un poeta que teje en las páginas de Costumbre, pecado y otros altares (Premio Paz Castillo, 2022), una red de salvación, una victoria ante las malas intenciones del mundo; una luz donde el amor destila la esperma de su mejor versión.
La vida se estrena sin cerraduras, con la compañía de una mujer que se dedica a espantar las oscuridades a pesar de que ella misma forcejea con sus persecuciones, con su vértigo de intemperie, con sus costumbres que, de seguro, guardan las repeticiones del adiós, la vigilia en las enfermedades, la llama fantasma que flota sobre sus muertos. Cañizales le ha construido un fogón a la madre, ha metido allí un sol que posea sus latidos, que no aísle la madera en víspera del pan para compartir. Este poemario está lleno de nuestros ritos, de las muchas maneras que tenemos, como pueblo, de comprender la vida y su paso.
Cañizales escribe con precisión, como si cada palabra espantó a otras que querían entorpecer las caídas de aquellas en el poema; porque él sabe que la palabra certera, los versos que tienen la justa medida del mensaje, suele refrescar el alma, pero también acostumbra a desgarrar de una manera tan silenciosa, tan sin querer, que uno se percata tiempo después cuando ve la piel sangrando letras y de alguna forma siente el estigma de un gran poeta.
Y es que uno logra ver con mucha nitidez, a través de este hermoso poemario, cómo la vida cotidiana está confeccionada con poesía en todas sus capas. Me da la impresión de ver a Ernesto Cañizales caminando los días, averiguando la historia familiar, cosechando la belleza de las cosas que, en apariencia son insignificantes, para luego darle el toque milagrero y echarlas a andar por los caminos de las páginas. Es decir, en Costumbre, pecados y otros altares, no se parte desde un imaginario sin tierra, sin espacio; el poeta solo le dio forma a lo que en la historia familiar ya se había forjado.
Se nota que el poeta quiere acariciar a la madre y a la familia, y presiente en ellos el calor de la fiebre que nos da la compañía. Este es un libro que, sin proponérselo, espanta a la soledad y al olvido; reclama los espacios cálidos de las pequeñas acciones para que la indiferencia de las nuevas generaciones beba de esas aguas de amor; pero el poeta también se percata de que las pérdidas son inevitables; que hay muchas costumbres y ritos que se pierden para dar paso a otras costumbres. Los secretos de las matas mueren con las abuelas que sabían escucharlas; ahora no se colocan las cruces de cuchillos en las ventanas y las tempestades caen sin ninguna contención por parte del espíritu.
Nadie que tenga corazón puede ser indiferente a la profunda belleza del poema en el que la madre ha parido al esposo, al padre del poeta. Ella lavó su sangre de nacer con malojillo y tua tua; ella lo cuidó, lo formó y protegió. Para luego entregárselo a sus hijos como una ofrenda de amor. Queda flotando en el torrente sanguíneo esa imagen donde la madre posa al padre del poeta sobre su vientre cesareado. Veamos:
Mi padre nació un domingo
entre malojillo y tua tua
mi madre lo formó de sus carnes
para nosotros
llorando lo adornó
de azabaches
lo posó
en su vientre cesareado
y nos los dio
como una ofrenda
Me parece importante resaltar cómo estos poemas mantienen un equilibrio entre lo sagrado y lo terrenal; mejor dicho, cómo en estos poemas lo terrenal es sagrado. Los eventos más sencillos de la vida en familia, aquí adquieren la dignidad que merecen, pues en esos eventos nosotros nos amasamos con el tiempo y con el amor. Por ejemplo: el hilo que se coloca, lleno de saliva, sobre la frente de los niños para calmar el hipo; pero Cañizales transforma este hilo en un tejido que lo viste, porque está hecho de canto, de ternura, de susurro materno. Cortar las matas en menguante, cumplir las promesas a José Gregorio Hernández (el santo con sombrero). Por momentos, estos poemas nos traen ecos del Osario de Dios, de Alfredo Armas Alfonzo, de Paisano de Palomares o de Trina y otras memorias, del poeta José Rafael Álvarez; quizás por el uso de palabras tan limpias, tan nuestras y, además, por el cierre magistral de los poemas; fíjense en este:
Mamaelvira conocía
de qué colores
vestían los santos
tenía un cajón
con flores de lluvia
trapitos de oro
y las prendas del crucificado
pero nosotros
no sabemos de eso
desnuda está
la cruz de mayo
Y entonces mi memoria empezó a irse hacia aquellos días en los que mi madre me enviaba a comprar los papeles para vestir la cruz. Ella se esmeraba con tanta devoción, varios días duraba en esta tarea, para luego colocarla sobre una tabla que a su vez reposaba en una silla, o encajarla en la mata de guayaba donde le caían las primeras lluvias de mayo. Creo que ella también creía que rehacía a mi papá, porque este cumplía año el mismo día de la cruz.
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¿Quién se levanta con la antorcha de la lujuria en el cuerpo y le elige una vestimenta de piel, de sexo húmedo y le confiesa su devoción? ¿Quién se percata que hasta el pecado se hace costumbre, surge, estraga, muere y retorna? ¿Quién nombra a Dios en sus dos caras, una de amor y permisividad, la otra de castigo y juicio? Lo hace este poeta, Ernesto Cañizales, dentro del marco de la historia familiar, sin necesidad de nombrar personajes bíblicos o de otras religiones, porque al fin y al cabo todos estamos hechos de costumbres, pecados y otros altares.
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Arnaldo Jiménez nació en La Guaira en 1963 y reside en Puerto Cabello desde 1973. Poeta, narrador y ensayista. Es Licenciado en Educación, mención Ciencias Sociales por la Universidad de Carabobo (UC). Maestro de aula desde el 1991. Actualmente, es miembro del equipo de redacción de la Revista Internacional de Poesía y Teoría Poética: “Poesía” del Departamento de Literatura de la Dirección de Cultura de la UC, así como de la revista de narrativa Zona Tórrida de la UC.
Entre otros reconocimientos ha recibido el Primer Premio en el Concurso Nacional de Cuentos Fantasmas y Aparecidos Clásicos de la Llanura (2002), Premio Nacional de las Artes Mayores (2005), Premio Nacional de Poesía Rafael María Baralt (2012), Premio Nacional de Poesía Stefania Mosca (2013), Premio Nacional de Poesía Bienal Vicente Gerbasi, (2014), Premio Nacional de Poesía Rafael Zárraga (2015).
Ha publicado:
En poesía: Zumos (2002). Tramos de lluvia (2007). Caballo de escoba (2011). Salitre (2013). Álbum de mar (2014). Resurrecciones (2015). Truenan alcanfores (2016). Ráfagas de espejos (2016). El color del sol dentro del agua (2021). El gato y la madeja (2021). Álbum de mar (2da edición, 2021. Ensayo y aforismo: La raíz en las ramas (2007). La honda superficie de los espejos (2007). Breve tratado sobre las linternas (2016). Cáliz de intemperie (2009) Trazos y Borrones (2012).
En narrativa: Chismarangá (2005) El nombre del frío, ilustrado por Coralia López Gómez (Editorial Vilatana CB, Cataluña, España, 2007). Orejada (2012). El silencio del mar (2012). El viento y los vasos (2012). La roza de los tiempos (2012). El muñequito aislado y otros cuentos, con ilustraciones de Deisa Tremarias (2015). Clavos y duendes (2016). Maletín de pequeños objetos (Colombia, 2019). La rana y el espejo (Perú. 2020). El Ruido y otros cuentos de misterio (2021). El libro de los volcanes (2021). 20 Juguetes para Emma (2021). Un circo para Sarah (2021). El viento y los vasos (2da edición, 2021). Vuelta en Retorno (Novela, 2021).
(Tomado de eldienteroto.org)
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