Cada ser posee su propia carcoma, su propia forma de desintegrarse. El tiempo no es exterior ni a los objetos ni a los seres, al contrario, es una parte substancial de estos, pertenece a sus materialidades. No se trata de que las cadenas relativas del tiempo pasen por los cuerpos limándolos, sino de que los cuerpos son relojes que dictan sus ruinas y en el proceso de arruinarse se tejen unos a otros. Quizás esto sea el destino.
Se piensa muy ligeramente que las ruinas solo conciernen a las edificaciones que han sufrido abandonos extremos, pero esto no es cierto, el arruinamiento de los objetos comienza en el hombre. Tomaremos el ejemplo de una casa abandonada y trataremos de oír lo que nos dice acerca del arruinamiento.
La voz de una casa en ruinas no está hecha ni de ripios ni de cascajos, ni de pilares derruidos ni de techos perforados por el sol y la lluvia. La voz de una casa en ruinas brota por el sedimento de olvido que se posa sobre las acciones y los acontecimientos. Uno observa a los baches de los pisos sobrevivientes, los pedazos de sala, las simulaciones de la cocina, las tonalidades de lo caído, y no puede por menos que hacerse preguntas por lo que estuvo allí y ya solo dejó una huella estropeada y corroída a merced de la intemperie. ¿Cuántas personas se sentarían y trajinarían por ella? ¿De qué manera murmurarían sus conflictos y desenredarían sus tramas? ¿Cuántas angustias hervirían por sus pasillos? Ciertamente, estas y otras circunstancias humanas confluyeron para mantener un tipo determinado de estructura física, un tipo de forma. La casa fue el apoyo de esas vidas, ellas les debieron sus resguardos, pero también las personas con sus resonancias y calores expelidos ayudaron a la casa, atascaron su voluntad de desgaste.
Cuando la casa estuvo en pie, luciendo la geometría de la fortaleza, se podía intuir que procuraba mantener lejos de sí aquellas situaciones que anunciaran la aparición del deterioro; quizás su alma deseaba un juguete que no palideciera debajo del techo, una gotera de pájaros que hundiera su canto en el pasillo y volara con sus llamas desapareciendo el rumor de los meses que la atravesaron y dejaron caer la costumbre en las miradas de sus habitantes. Los comienzos y los finales le pesaban como viejas lámparas, mas ella los lucía con orgullo, seguro que trató de impresionarlos con la réplica que el patio hizo de la vida, sus claridades, sus sombras, el escenario donde se afirma la ausencia de las huellas; aun así, los corotos se ocultaron en la rutina de sus quietudes, se mudaron a las cajas que aparecieron de pronto y naufragaron, igual que naufraga la niñez en nuestras almas, perdida por sus calles, flotando como un grano de oro en el haz oscuro de los sueños, y comenzó la casa a perder sus celajes, sentía que las noches ya no rodarían las quejas de las sillas y sus habitantes fueron palideciendo en otros techos.
Entonces lo erguido, lo completo, lo liso, las simetrías, se agotan de sus permanencias y anhelan el surgimiento de lo arrugado, de lo amorfo. La vida de las ruinas llena nuestros ojos con lo inconcluso e incompleto. No hay majestuosidad en los balaustres corroídos, no hay belleza arquitectónica ni geométrica en los frontispicios desintegrados y pintados de derrumbes, en los aleros destrozados con tejas sin alegrías.
Una casa en ruinas demarca otra belleza, la de la corrupción. Se devela así la ausencia de los objetos. Las ruinas no sugieren declives definitivos, el proceso de arruinamiento no es un final ni un principio, sino un cambio de forma, un pasaje a otro tipo de estructuración de los mismos materiales.
La casa en su connotación arquetípica está asociada con el útero materno, y es cierto, a cuántas personas no gestan las casas, cuántas criaturas no encuentran en ellas el calor y la seguridad necesarias para estar en el mundo, y es que al igual que todo ser, las casas son núcleos de relaciones en los que las erosiones reciprocas dan la sensación de una continuidad en el tiempo. Cuando asoman los primeros signos del arruinamiento nos percatamos de que el tiempo de cada ser no pasa de largo, ni hacia atrás ni hacia adelante, sino que excava, profundiza en su morada, le quita tajos y en el alma se mantienen los vestigios, la arqueología de los restos.
En el poema “Los últimos días de una casa”, es la poeta Dulce María L., quien habla con la voz de la misma, con lo que tiene de ella por dentro, del cuerpo que humaniza al cemento; el cuerpo en tanto que casa de ella y la casa como morada del cuerpo; ambos tejen sus florecimientos y sus derrumbes conociendo cada detalle de las edades que las asimilaron en el afecto. Así se acaba una civilización, primero mueren las bases morales y éticas de los hombres; luego, esa desolación se contagia y es contigua a las otras edificaciones sociales o, en todo caso, las erosiones son simultáneas. El tiempo al que alude, no obstante, la poeta cubana, está concebido como pasado, lo que nos lleva a otro asunto concerniente a las ruinas, la relación de estas con la vejez.
¿No son acaso las ruinas señales que deja el presente? El pasado no envejece a nadie ni a nada. Es el presente el que arruga las pieles, desgasta las pasiones, deteriora nuestros volúmenes. No hacemos otra cosa que acumular presentes, el proceso de arruinarse porta el signo de lo estético y de lo ético. La visión maniquea y moralista del arruinarse es la prolongación de la imagen del tiempo en tanto que productor. Las líneas de comparaciones comienzan con el valor del tiempo en dinero, haber tenido este en abundancia y luego perderlo se conoce como caer en ruinas, arruinarse, lo cual es malo; tener mucho tiempo y no gastarlo en obtener dinero, en acumular objetos, da la sensación de que la vida se está perdiendo en inutilidades. La línea continúa cuando a la vejez se le asocia con el arruinamiento monetario. Un cuerpo viejo es una parte del tiempo que se ha vencido a sí mismo, la ruina definitiva no existe ni con la muerte, pues esta es otro estado del cuerpo que servirá para albergar otras formas de vidas, otras formas de estar en el mundo.
La desenvoltura de los desgastes
A diferencia del cuerpo que, quiera o no el hombre, se acerca, contiene y se desenvuelve en el desgaste, la literatura es una huida al goce del mismo; pero aun las palabras escritas pierden sus texturas para dar paso a otras formas de comprensión, aunque los escritores luchen contra esta forma de morir o contra este aspecto de la muerte, nada pueden hacer para evitar estar sumergidos, con más conciencia de su fatalidad, en la realidad que los acoge y los invita a ver el polvillo que cae de los seres, de los objetos y de los días. Las palabras tratan de fijar el alma de lo que se escapa y lanzan sus amarras al fondo de la verdad: la ilusión.
Erosión y permanencia son los procesos constituyentes de toda obra literaria, están tanto dentro como fuera de ella, tanto en el escritor como en las palabras escritas. Procesos que están directamente relacionados con la autenticidad de lo dicho en ella, cuando el escritor apunta al meollo del hombre, a sus avatares existenciales, es seguro que la permanencia sobrevive a la erosión; pero cuando es lo falso, la superficie, las mascaradas, lo que resuena en la obra, cuando no se le dice nada al hombre de sí mismo, entonces la erosión pronto dará cuenta de esa obra.
Detalles que fueron vividos en otras situaciones y fueron atrapados por otros escritores; pedazos de tiempos que pasan y regresan transformados y mudados de materialidad. Este encadenamiento es la sustancia misma de las cosas que pasan y de las cosas que se escriben. La voluntad del hombre no juega un papel importante en esos retornos que en cierta forma lo eligen a él, sino más bien su percepción intuitiva, emocional, figurativa, libre de los límites racionales que prescriben las normas de lo que es real de lo que no lo es. Las combinaciones de los sucesos, sus saltos y permutaciones ocurren con tanta abundancia que toda realidad quizás no sea más que un vibrante y constante deslizamiento de lo mismo en lo diferente; la literatura está ahí para denunciarlo y mostrarlo. El cuento de Jorge L. Borges: Las ruinas circulares, es ilustrativo de lo que acabamos de decir. Las ilusiones vienen encartadas unas en otras, como las capas de la cebolla, al final nada queda que no sea el sedimento de ruinas haciendo círculos, ¿acaso no estamos viviendo en y de los restos de otras civilizaciones, de otras culturas? Y la nuestra, ¿acaso no está dejando el rastro de sus restos, la senda de sus lastres como piso sobre el que advendrá otra cultura? La literatura actual, ¿no es un constante excavar en los sedimentos de los clásicos, no estamos siendo soñados por los griegos, así como el mundo es el sueño de un dios perverso que hace circular eternamente las ruinas de lo que muere y de lo que vive? La permanencia, ¿no es otra forma del desgaste? Y el desgaste, ¿no es una manera de mostrarse que tiene lo permanente? La literatura —al igual que la historia—, se alimenta de todo lo que puede morir.
Cada hoja escrita en literatura tiene su complemento en otra hoja vacía, su completitud es ser incompleta. El tiempo encontrado y fijado se deforma en uno perdido y escurridizo. Todo lo que no es dicho permite el decir; lo revelado descansa en la imposibilidad de iluminar todo lo oscuro. La literatura es un archivo de detalles, infinito, poli–cromático, lleno de múltiples voces y ruidos, temperaturas, formas y sabores que se buscan en un intento de alcanzar un espacio supra–histórico, espacio concreto de ordenamiento de las palabras, el libro, el texto; pero pronto el escritor se da cuenta de que solo es un pescador de los desgastes y el libro un acumulador de lo irreal.
Tanto el cuerpo de las edificaciones como el de los hombres son abiertos por el perezoso trabajo de la muerte. De los grandes imperios han quedado las presencias de sus ruinas inconclusas; de los grandes hombres quedan sus obras, sus enseñanzas que pueden sufrir debilitamientos y desgastes, pero estos padecimientos están alojados más en los oídos de quienes las escuchan que en ellas mismas, por tanto, también son inconclusas. Al quedar abiertos, al caerse las cáscaras, las pieles y los techos, los seres que tuvieron un tipo de comunicación mediatizada con lo interno a través de lo externo, pueden al fin pasar directamente y plantar en ellos sus reinos.
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Las casas son horadadas por el sol que puede así allanar todo el suelo, son invadidas por animales que siempre rondaron y tantearon sus límites, por la lluvia que hecha moho y enredaderas se apresta a habitar sus paredes. En cuanto al hombre, no hay ningún cadáver que esté muerto, la desintegración del cuerpo se produce porque se convierte en comida para los organismos descomponedores que, a su vez, permiten el mantenimiento de otros tipos de vidas en las que sigue presente el cuerpo desintegrado. Toda la tierra se ha mantenido a través de los millones de procesos de desgastes de los seres que la habitan. La existencia humana transcurre en un permanente intercambio con la naturaleza, pero con la muerte le damos toda nuestra vida para que reestructure su ser. El cosmos mismo se nutre de nosotros para fortalecer su arruinamiento.
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Arnaldo Jiménez nació en La Guaira en 1963 y reside en Puerto Cabello desde 1973. Poeta, narrador y ensayista. Es Licenciado en Educación, mención Ciencias Sociales por la Universidad de Carabobo (UC). Maestro de aula desde el 1991. Actualmente, es miembro del equipo de redacción de la Revista Internacional de Poesía y Teoría Poética: “Poesía” del Departamento de Literatura de la Dirección de Cultura de la UC, así como de la revista de narrativa Zona Tórrida de la UC.
Entre otros reconocimientos ha recibido el Primer Premio en el Concurso Nacional de Cuentos Fantasmas y Aparecidos Clásicos de la Llanura (2002), Premio Nacional de las Artes Mayores (2005), Premio Nacional de Poesía Rafael María Baralt (2012), Premio Nacional de Poesía Stefania Mosca (2013), Premio Nacional de Poesía Bienal Vicente Gerbasi, (2014), Premio Nacional de Poesía Rafael Zárraga (2015).
Ha publicado:
En poesía: Zumos (2002). Tramos de lluvia (2007). Caballo de escoba (2011). Salitre (2013). Álbum de mar (2014). Resurrecciones (2015). Truenan alcanfores (2016). Ráfagas de espejos (2016). El color del sol dentro del agua (2021). El gato y la madeja (2021). Álbum de mar (2da edición, 2021. Ensayo y aforismo: La raíz en las ramas (2007). La honda superficie de los espejos (2007). Breve tratado sobre las linternas (2016). Cáliz de intemperie (2009) Trazos y Borrones (2012).
En narrativa: Chismarangá (2005) El nombre del frío, ilustrado por Coralia López Gómez (Editorial Vilatana CB, Cataluña, España, 2007). Orejada (2012). El silencio del mar (2012). El viento y los vasos (2012). La roza de los tiempos (2012). El muñequito aislado y otros cuentos, con ilustraciones de Deisa Tremarias (2015). Clavos y duendes (2016). Maletín de pequeños objetos (Colombia, 2019). La rana y el espejo (Perú. 2020). El Ruido y otros cuentos de misterio (2021). El libro de los volcanes (2021). 20 Juguetes para Emma (2021). Un circo para Sarah (2021). El viento y los vasos (2da edición, 2021). Vuelta en Retorno (Novela, 2021).
(Tomado de eldienteroto.org)
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