En 1875, la emperatriz china Tse-si recibió una noticia que la enfureció grandemente. Según le contaron, miles de ciudadanos chinos que habían ido a Estados Unidos (EEUU) –específicamente al estado de California–, a trabajar en la construcción de los ferrocarriles, eran tratados cruelmente por sus patronos.
Tse-si era emperatriz corregente en ese momento, mientras alcanzaba la edad adulta su sobrino Kuang–Su, el célebre último emperador de la película de Bernardo Bertolucci.
Indignada, Tse-si decidió dar una lección inolvidable a los estadounidenses y envió al otro lado del Pacífico una flota de siete juncos de guerra, armados con cañones de bronce.
La flota de guerra partió de la costa Este de China, con la disposición de destruir todas las ciudades californianas que le opusieran resistencia. Para ello, disponía de una artillería capaz de enfrentarse a cualquier ejército del mundo.
DEL MISMO AUTOR: LA ROSA DE RILKE
Pero a los pocos días de haber partido y cuando aún no habían recorrido ni la mitad de la distancia que los separaba de su objetivo, se presentó un problema bastante grave.
Debido a que ninguno de los estrategas encargados de la dotación de los barcos tenía noción de la distancia que había entre China y los EEUU, la flota no fue bien abastecida de agua.
Ello hizo que los soldados y los tripulantes de los juncos se viesen sometidos por la sed durante más de 24 horas.

Por fortuna, cuando parecía muy próximo el momento crítico en que la falta de agua empezara a cobrar víctimas, se desató un aguacero. De inmediato, en los siete juncos fueron arriadas las velas y se utilizaron para recoger la lluvia. La cantidad de alimentos tampoco fue bien calculada, pero gracias a que el militar a cargo de la flota los racionó muy bien, esto no pasó a mayores.
Días más tarde, la flota china arribó a la costa californiana, exactamente a las playas ubicadas frente a la ciudad de “Monterey” (distinta y distante de la mexicana Monterrey).
Sin pérdida de tiempo, los soldados chinos tomaron posiciones y desplegaron cincuenta artilleros por la playa, dispuestos a disparar si la ciudad oponía resistencia.
Entonces, ocurrió algo inesperado. Al ver aquel contingente de hombres de ojos rasgados, que llevaban el cabello recogido en una coleta, a la manera de los toreros españoles, los habitantes de Monterey se dirigieron a la playa.
Pero no lo hicieron con intención bélica, sino, por el contrario, con el propósito de darles la bienvenida, pues no los consideraban guerreros, pese al evidente despliegue de cañones y espadas.
Al principio, los soldados chinos no supieron qué hacer ante las manifestaciones de aprecio que recibían y pensaron que se trataba de una táctica envolvente. Luego comprendieron que la buena recepción era absolutamente espontánea.
Gracias a algunos chinos residentes en Monterey, que sirvieron de intérpretes, se enteraron de que los rumores que los habían llevado a intentar aquella represalia no eran del todo ciertos.
En efecto, sí había algunos patronos crueles en los ferrocarriles, pero aparte de que eran muy pocos, su número se había reducido paulatinamente, debido a las denuncias de los trabajadores. Además, sus malos tratos no estaban dirigidos exclusivamente contra los chinos, sino contra cualquier obrero, fuese de la nacionalidad que fuese, incluso la estadounidense.
En los días siguientes y abrumados tanto por estas informaciones como por la hospitalidad de los habitantes de Monterey, todos los guerreros y los miembros de las tripulaciones de los juncos de guerra chinos decidieron quedarse en esta ciudad o en alguna de las poblaciones cercanas.
Los de mayor edad entraron a trabajar, principalmente, en la construcción de las vías ferroviarias, en tanto casi todos los jóvenes se quedaron en la costa californiana, dedicados a la pesca.
Varios meses más tarde y como prueba de que ninguno pensaba retornar a China, los fallidos invasores se reunieron en la misma playa a la que habían arribado y, después de desmantelar las naves, les prendieron fuego.
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Armando José Sequera (Caracas, 1953) es un escritor y periodista venezolano. Autor de más de cien libros, todos publicados, gran parte de ellos para niños y jóvenes. Ha obtenido cerca de 30 premios literarios, ocho de ellos internacionales (entre otros, Premio Casa de las Américas, 1979; Diploma de Honor IBBY, 1995); Bienal Latinoamericana Canta Pirulero, 1996, y Premio Internacional de Microficción Narrativa “Garzón Céspedes”, 2012). Es asimismo Premio Nacional de Cultura, mención Literatura, 2026.
Es autor de las novelas La comedia urbana y Por culpa de la poesía. De los libros de cuentos Cuatro extremos de una soga, La vida al gratén y Acto de amor de cara al público. De los libros para niños Teresa, Mi mamá es más bonita que la tuya, Evitarle malos pasos a la gente y Pequeña sirenita nocturna.
«Carrusel de Curiosidades se propone estimular la capacidad de asombro de sus lectores».
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