prevención del suicidio-septiembre-color amarillo

El Día Mundial de la Prevención del Suicidio y la Salud Mental fue establecido en el 2003 por la Organización Mundial de la Salud (OMS). Sin embargo, todo comenzó en 1994 con la historia de Mike Emme, un joven de 17 años en Estados Unidos que falleció por suicidio durante un momento de desesperación profunda y repentina crisis emocional.

Soy curiosa y «pa’ matar los rumores de aquella esquina», como bien nos lo cantaba Isabel Pantoja, nuestro tema será: «Por qué escogieron a septiembre como el mes de la prevención del suicidio y de la salud mental». Pero antes, les recomendaré el poema titulado Reír llorando, del poeta mexicano Juan de Dios Peza.

Mike era un joven alegre, cariñoso y hábil para la mecánica. Había restaurado un Ford Mustang de 1968, pintándolo de un amarillo brillante. Se dice que en su funeral, familiares y amigos repartieron en su memoria tarjetas con cintas amarillas y mensajes de apoyo. Con este gesto, buscaban animar e instar a pedir ayuda a cualquiera que estuviera atravesando una crisis similar.

 

DE LA MISMA AUTORA: LO QUE NO ESTABA EN EL LIBRETO

 

Según documentan los registros internacionales sobre prevención de la salud, este hecho dio origen a la campaña conocida como Yellow Ribbon (Cinta Amarilla) y al movimiento global de concientización «Septiembre Amarillo».

De acuerdo con los especialistas en la materia, la iniciativa persigue dos metas fundamentales:

  • Romper el estigma: Visibilizar la depresión y el bienestar emocional para eliminar los prejuicios que impiden buscar ayuda a tiempo.
  • Salvar vidas: Promover la escucha atenta y el acompañamiento constante dentro del entorno comunitario.

 

SEPTIEMBRE-PREVENCIÓN DEL SUICIDIO

 

Las casualidades no existen

Este jueves 10 de septiembre me refugié en la plaza Bolívar de Guacara con una sola interrogante: ¿por qué tantas personas deciden dejar de vivir? Sé que existen innumerables razones y no es eso lo que me intriga. Mi verdadera inquietud es comprender por qué no piden ayuda o por qué cuesta tanto abordar el tema.

Difícilmente sospecharíamos que ese amigo o amiga, quien siempre muestra una sonrisa, lleva una honda pena en su interior. Suelen ser personas que se niegan a compartir su tormento, confiando en resolverlo por sus propios medios. Así transcurre el tiempo, y lo que se guarda en silencio se convierte en una sombra cada vez más pesada.

Solemos escuchar sobre el suicidio en los jóvenes, un dolor urgente que debemos prevenir a tiempo. Sin embargo, poco se habla de las personas mayores que se deprimen; aunque no atenten contra su vida, van muriéndose por dentro, lentamente, ante la mirada indiferente del entorno.

Era media mañana cuando llegué a la plaza en busca de esa sombra que siempre me cobija. Fue allí donde me topé con dos jovencitas de mirada apagada y ojos goteados. Aparentaban entre dieciséis y dieciocho años. A ambas les faltaba esa chispa de luz que habita de manera natural en la juventud.

Sin querer, escuché su conversación. Aunque intentaban susurrar, la angustia les impedía moderar el tono.

—¡¿Qué vamos a hacer, Gabriela?! —preguntó la chica de cabello negro y corto.

La otra, envuelta en sollozos, solo movía la cabeza en señal de negación, sin atreverse a levantar la mirada.

—He estado a punto de contarle a mamá lo que ocurre —contestó al fin—, pero ella está ciega ante cualquier cosa que se diga de él.

Gabriela no cesaba de llorar. Se restregaba los ojos con rabia, cual si pretendiera borrar de su memoria cuanto había visto. La hermana la estrechaba en un abrazo rogándole que se calmara, pero la aflicción la contagiaba y las lágrimas no le daban tregua.

Recordando las lecturas sobre las señales de los suicidios en la juventud, me arriesgué a intervenir, temiendo incluso que me mandaran bien lejos por metiche. Me acerqué y les dije:

—Hola, disculpen la interrupción, pero ando buscando un lugar donde vendan estropajos. ¿De casualidad han visto alguno por aquí?

Como era de esperarse, me miraron cual bicho raro y continuaron en lo suyo.

—Carolina, tú sabes que mamá no nos va a creer y yo no quiero seguir viviendo donde él esté —insistió una de ellas.

—Sí, hermanita, yo tampoco quiero seguir en esa casa, pero no tenemos a nadie —respondió la otra.

—¿Y si le decimos a papá?

—¡Ni se te ocurra! —exclamó Gabriela—. Tú sabes que él no ha querido saber de nosotras.

Y yo continuaba allí, petrificada, escuchando el desgarrador testimonio de esas dos jovencitas.

—Lo que podemos hacer es escaparnos esta noche —propuso una en susurro.

—¡¿Para dónde?! —preguntó la otra con angustia.

Y las dos cayeron de nuevo en un silencio sepulcral.

Escuchaba sus sollozos y no hallaba la manera idónea de ofrecerles ayuda. A nuestro alrededor, la vida en la plaza transcurría con su ritmo habitual: un anciano pregonaba a viva voz que había que «volver el rostro a Cristo»; las iguanas, como de costumbre, se robaban el espectáculo; los niños correteaban por la hierba ante el descuido de sus representantes, y los transeúntes iban y venían sin detenerse. Todo lucía igual que siempre. Mientras tanto, aquellas dos muchachas intentaban buscar la salida a su terrible encrucijada.

La postura y el gesto que mantenían revelaban un estado de desesperación absoluta. Decidí abordarlas de nuevo, esta vez con una pregunta sencilla:

—Hola, ¿me puedo sentar aquí? —les dije, señalando con la mano un espacio libre a su lado.

Sin alzar la mirada, se encogieron de hombros mientras se corrían un poco para hacerme sitio.

—Gracias —añadí con suavidad.

Debido al intenso calor que he sentido últimamente, siempre llevo en el bolso algo de fruta, galletas sin gluten y una botella de agua. Las saqué sin prisa y se las ofrecí para que escogieran lo que más les provocara, si un cambur o una galleta. Me miraron de nuevo, pero esta vez con mayor serenidad. Les extendí el brazo y ambas tomaron una galleta y un cambur. Y así, en un remanso de calma, comieron en silencio.

Yo no pretendía aconsejarlas. Mi único deseo era que encontraran algo de sosiego para sopesar la situación antes de actuar, evitando que el temor tomara las riendas de su destino. De lo que sí guardaba certeza era que necesitaban conversar, cuanto antes, con alguien capaz de brindarles la orientación adecuada.

No resulta sencillo auxiliar a quien atraviesa la penuria de la soledad, la injusticia o la agresión cotidiana en la escuela, el hogar o el trabajo. Pocas veces estamos preparados para restaurar una autoestima que lleva quién sabe cuánto tiempo desmoronándose. Sin embargo, con los recursos que tengamos a nuestro alcance, debemos intentar llevar una chispa de luz a esa oscuridad en la que están.

Comieron en silencio, sujetándose con fuerza de las manos. Intenté entablar conversación, pero la coraza con que se protegían resultaba impenetrable. Al terminar, se pusieron de pie, me dieron las gracias y terminaron por diluirse en el ajetreo cotidiano de la plaza.

 

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Carmen Pacheco foto nueva columna BOTERO

Carmen Beatriz Pacheco (Caracas, 1951) es cronista, dibujante y aficionada al haikú y al microrrelato.

Ha participado en el Taller de Lectura y Escritura Creativa del Museo de Arte Valencia (MUVA) con el Prof. Ramón Núñez.

También formó parte del grupo CEINFOLEIM, dirigido por el escritor José Luis Troconis Barazarte.

Integra el Laboratorio Narrativo Zuaas en cuyo libro colectivo «Relatos de lluvia (historias que caen del cielo)» (2025) interviene con tres relatos breves.

Asimismo integra la Escuela Virtual «Historias en Yo Mayor» de la Fundación FahrenHeit 451 (Colombia).

 

 

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Ciudad Valencia/RN