“¿Cómo piensan los viejos?” por Arnaldo Jiménez

Divagaciones - Arnaldo Jiménez - Apuntes generales sobre la cultura

¿Cómo piensan los viejos?… ¿Cómo acercarse a la orilla del misterio con el cuerpo envejecido, las piernas que no pueden saltar la pequeña acera, el diminuto escalón que en otros tiempos no significó ningún esfuerzo y pasaba desapercibido su desafío?

Nadie piensa que mover el brazo para fijarnos en las horas, aquellas mismas horas que tantas veces dimos en la calle, en un café o en una buseta, simplemente con mover la muñeca y mirar sigilosamente las posiciones del tiempo en la maquinita de pulsera, significará después un esfuerzo de proporciones extraordinarias. Nadie puede creer que llegara un momento en que la hora misma pasaría de largo sin que la podamos fijar en las pupilas, la red de nuestros asombros. Estar cerca del pasado y de la fatalidad no es fácil. La vejez revela una nueva dimensión de lo inevitable, así como lo inevitable, una vez que sucede, nos alumbra con una nueva luz la vida.

¿Cómo piensa un viejo?, quizás no sería la pregunta más justa, más adecuada. No podría tampoco estar repasando memorias desvencijadas, aturdirme con los cansancios mentales, meterme en los túneles de los viejos más queridos, más cercanos y apuntalar una especie de índice, de cartografía donde se indiquen los móviles que generan la dinámica del pensamiento anciano.

Supongo que lo más correcto sería preguntar: ¿qué asunto, qué sensaciones o emociones utilizan a los ancianos para pensarse en ellos? Sean cuales sean las respuestas que encontremos en nuestras reflexiones, siempre estaremos en presencia de un pensamiento que se ha vuelto cuerpo, más cuerpo, que se ha convertido en un apéndice de lo vital, un brazo que nos viene a decir, mira, siempre he estado aquí, es hora de que me uses. No se trata pues de un pensamiento intelectual, una imagen que deba su expresión a una plástica del recuerdo, de la memoria. Se trata más bien de una intuición que la misma memoria tiene y arroja como un ancla al cuerpo, a las venas, a lo tocable que se pierde.

Lo que ocurre es que el misterio no tiene nada que ver con nuestro envejecimiento; en verdad, con ninguna de nuestras edades. Es el enfoque del tiempo que se nos acomoda, que nos engaña; recordemos que el velo en la palabra es la palabra, si no hay velo no hay latido, no hay transcurso, y ello es válido para cualquier circunstancia de nuestras vidas.

En relación con otras épocas, la vejez no tiene tiempo para distraer a la muerte, para dejarla asomada en la ventana, convertirla en un ruido de lluvia inesperado, una mala noticia que encontramos en los periódicos… La vejez tiene la fuerza de subir el velo y dejarla entrar, pero una vez que ella, la muerte, se muestra en su esplendoroso silencio, no sabemos qué hacer con ella, cómo manejarnos con su presencia, y nos desvelamos esperando que nos toque, que nos rece, que se acueste a nuestro lado como una amante que nos roba el aliento y nos apaga definitivamente.

Es la cercanía a la muerte el filo de cuerda por donde el pensamiento de la vejez danza, se mueve con cautela, con apremio, se disloca, se suelta, se va hacia atrás para protegerse de ese rostro, de esa mirada, de ese contagio. Es muy común que este pensar en la muerte con tanta insistencia se confunda con una manía o con alguna enfermedad senil. Nada más lejos de la naturaleza de la vejez que dedicarse a ser maníaco. Lo que nosotros llamamos manías son costumbres que en un tiempo fueron creciendo y se espesaron hasta tener toda la fuerza que los hábitos cíclicos del hogar nos ofrecen. Las manías de los jóvenes y los adultos pasan sin ser percibidas y suelen ser mucho más nefastas que la de los viejos. Las casas nos inventan, somos el producto de nuestras relaciones hogareñas.

En esas manías los viejos se refugian, se resguardan, en ellas se asoman con sus hermosos ojos tristes y risueños al mismo tiempo, y se burlan de la gran separadora, del ángel de la soledad. Muchos ancianos pierden el pensamiento, y esa es la treta más certera que el mismo pensamiento genera en sus múltiples estrategias de guerrero; la muerte allí no puede hacer nada, ella necesita de alguien que mantenga, aunque sea un pequeño hueco de lucidez para asomarse, saludar y asentar su presencia, finalizar su incómodo proceso de revelamiento. Es curioso que la palabra manía en griego esté asociada a la locura, al ardor del pensamiento y, en cierto modo, aún posee esas connotaciones.

Desde que nacemos, en cada uno de nosotros se regenera la fabulosa dinámica de la vida y de la muerte; y esta estupenda danza de la creación y la destrucción tiene múltiples matices, infinitas ramas de expresiones. La pérdida del pasado quizás no sea tanto un triunfo de la destrucción, sino una manera más eficaz que tiene la vida para conservarse. Guardarse en el silencio, agazaparse allí y emerger en cortos y fulminantes relámpagos de recuerdos, de nostalgias verbalizadas.

Digamos algo más sobre las manías, ya que ellas nos acercan, mejor que los manuales o tratados psicológicos, a la naturaleza del pensamiento arrugado. Las manías son ajenas a la individualidad, ellas son acercamientos puestos en escenas, penetran la relación y le acortan sus distancias. Son mensajes: cuídame, quédate a mi lado porque la muerte nunca dice cuándo me va a tocar, y yo sé que su toque es inminente; entonces procuran la menor distancia posible, la repetición de los actos.

Debemos dejar nuestros hábitos por un tiempo, entender que tanto los ancianos como nosotros estamos igualados por la presencia de la muerte. En nuestros pensamientos se construye la frase: yo no quiero envejecer así, lo cual constituye una evasión muy sutil que tenemos de no querer ver en los viejos lo que es tan evidente, nuestro propio enfrentamiento con la fatalidad.

No estamos preparados para entender a un viejo al menos que nos veamos con la misma proximidad a la última puerta. Si los tratamos desde la inmortalidad, desde la fe en la permanencia, caeremos en un escollo difícil de saldar, nos enfermaremos mucho más que ellos, en pocos meses habremos mal envejecidos.

El asunto no radica en envejecer, sino en saberlo hacer. Nada tiene esto que ver, por supuesto, con la seriedad, con la pérdida del humor; lo contrario, la alegría es la expresión más sincera que tiene la niñez y debemos mantenerla con nosotros e irla desplazando a otros contextos. Estoy convencido de que si la sociedad estuviera organizada de otra manera, y en vez de atender a la enfermedad, por ejemplo, se atendiera a la salud para que la primera suceda débilmente; si en vez de desgastarnos en asuntos de tan poca importancia como ir al trabajo, realizar laberínticas colas en autopistas, doblegar la alegría del alma a los empresarios y a los abogados, si en vez de hacer lo anterior, respiráramos montañas, comiéramos atardeceres, nos bañáramos de amanecer, descifráramos el canto de los grillos, etc.; estoy convencido de que al envejecer podríamos tener la voluntad de elegir nuestra manera de morir: quizás algunos viejos se irían caminando por los rieles de un tren custodiados por montes altos y despintados, subiendo hacia la quietud por esa escalera acostada, perdiendo el sonido de las chancletas o los bastones en el aire hasta convertirse en brumas. Otros, tal vez, podrían intuir sus últimos momentos y se montarían en una barca que los dejara en el medio del mar, con provisiones suficientes, pescando, mirando como el sol se duerme por dentro de sus ojos, bogar y bogar a sabiendas de que nuestra naturaleza es la misma del relámpago, y así caer.

Una manía es un pozo, una cueva en la que el pasado se convierte en un espantador de la última hora. Un escenario en el que nuestro cuerpo se aferra a sus ritos para darnos el aliento, para anudar el mismo hilo de vida que hemos sostenido. Las cosas pasan y no nos damos cuenta en qué segundo de los setenta, en qué hora de los ochenta todo se nos vuelca, todo se nos detiene y ya no somos los mismos, hemos envejecido y ello significa que es hora de empezar a buscar ese otro aspecto del pensamiento corpóreo de la vejez, la resignación.

Pero, ¿qué es la resignación?, podríamos decir que es un instante en el que sabemos qué significa, de manera vivencial, la palabra inevitable. Un pequeño momento que tiene como cualidad no irse, se incuba y nos fortalece. La resignación no es fugaz, solo que ocurre muy tardíamente; no es una producción de la voluntad, pienso que es la facultad emocional que ocupa el sitio del deseo. La resignación es la derrota que el cuerpo le propina al deseo. Está signado por la renuncia y el desapego. Todo se recrudece entonces, y esa crueldad de buscar y no encontrar nos hace ser, en muchos casos, un poco más agresivo con nuestros semejantes, decir la verdad a desparpajo como la nonagenaria de la novela de Donoso: Coronacion, o hundirnos en la mayor de las humildades aflorando una nueva fase de la ternura.

En las manías el ser humano hace crecer hasta el cielo su espiga de dignidad, la muerte no se lo lleva todo, un anciano lucha hasta darnos esa enseñanza: saber morir de muerte interna, de muerte íntima, tenga esta el nombre que sea, diabetes, infarto, tumores, cáncer… La muerte no nos mata, tampoco las enfermedades, nos mata el tiempo que se hizo piel, pulso, nos mata nuestro propio cuerpo convertido en tiempo.

 

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Las edades acumuladas o descontadas, es lo mismo, han ido desconchando los velos de las palabras, por tanto, han ido bruñendo la imagen de esa nada que siempre estuvo dentro de nosotros, permitiendo así que el pensamiento y la muerte se aproximen uno al otro, y entonces surge la revelación de los últimos días. La muerte no nos viene de afuera, ha sido nuestra compañía siempre, y ahora quiere mostrarse, nos dio tiempo suficiente, se ocultó en todas nuestras veladas, quizás fue la mujer más hermosa que llamó nuestra atención, el detalle más insignificante de un paisaje, de una sala donde la compañía estuvo brillando en el centro de las mesas opacando su humilde presencia; la muerte estaba allí, en la mirada misma, en el diminuto remolino del colibrí, apareciendo en la fugacidad de los abrazos, perdiéndose en los amaneceres.

 

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Arnaldo Jiménez nació en La Guaira en 1963 y reside en Puerto Cabello desde 1973. Poeta, narrador y ensayista. Es Licenciado en Educación, mención Ciencias Sociales por la Universidad de Carabobo (UC). Maestro de aula desde el 1991. Actualmente, es miembro del equipo de redacción de la Revista Internacional de Poesía y Teoría Poética: “Poesía” del Departamento de Literatura de la Dirección de Cultura de la UC, así como de la revista de narrativa Zona Tórrida de la UC.

Entre otros reconocimientos ha recibido el Primer Premio en el Concurso Nacional de Cuentos Fantasmas y Aparecidos Clásicos de la Llanura (2002), Premio Nacional de las Artes Mayores (2005), Premio Nacional de Poesía Rafael María Baralt (2012), Premio Nacional de Poesía Stefania Mosca (2013), Premio Nacional de Poesía Bienal Vicente Gerbasi, (2014), Premio Nacional de Poesía Rafael Zárraga (2015).

Ha publicado:

En poesía: Zumos (2002). Tramos de lluvia (2007). Caballo de escoba (2011). Salitre (2013). Álbum de mar (2014). Resurrecciones (2015). Truenan alcanfores (2016). Ráfagas de espejos (2016). El color del sol dentro del agua (2021). El gato y la madeja (2021). Álbum de mar (2da edición, 2021. Ensayo y aforismo: La raíz en las ramas (2007). La honda superficie de los espejos (2007). Breve tratado sobre las linternas (2016). Cáliz de intemperie (2009) Trazos y Borrones (2012).

En narrativa: Chismarangá (2005) El nombre del frío, ilustrado por Coralia López Gómez (Editorial Vilatana CB, Cataluña, España, 2007). Orejada (2012). El silencio del mar (2012). El viento y los vasos (2012). La roza de los tiempos (2012). El muñequito aislado y otros cuentos, con ilustraciones de Deisa Tremarias (2015). Clavos y duendes (2016). Maletín de pequeños objetos (Colombia, 2019). La rana y el espejo (Perú. 2020). El Ruido y otros cuentos de misterio (2021). El libro de los volcanes (2021). 20 Juguetes para Emma (2021). Un circo para Sarah (2021). El viento y los vasos (2da edición, 2021). Vuelta en Retorno (Novela, 2021).

(Tomado de eldienteroto.org)

 

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