«Con rumbo a la Pocaterra van» por Douglas Morales Pulido

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Los caminantes de esta ciudad, con su sol multinacional, chino, iraní, árabe, colombiano, transitan hacia el centro. Transcurren por la cuadrícula llena de melancolías y zonas felizmente remodelas.

En la esquina de la Av. Montes de Oca c/c calle Colombia, noreste de la plaza Sucre, frente al templo de San Francisco, un edificio «descarapelado» exhibe un atractivo mural de un hombre acompañando en vuelo a guacamayas, da la impresión de que en otro tiempo fue más extenso.

La edificación, con una laberíntica planta baja, tiene por nombre «Guacamaya». ¿Qué mano avara lo mantendrá en tan tétricas condiciones? ¿O esperarán el accionar de la «Misión Barrio Nuevo, Barrio Tricolor»? Lo único lindo es su mural.

Alguien advierte que otro mural, dedicado al estudio, a la «Enseñanza», firmado por el maestro Eulalio Toledo Tovar, corre un enorme peligro de progresivo deterioro, y los caminantes con rumbo a la Casa de Pocaterra (es viernes y las tertulias o conversatorios literarios esperan) desvían su andar hasta llegar al frente de la Biblioteca «Manuel Feo la Cruz» y, en efecto, el bello y didáctico mural se deteriora aceleradamente. Hecho en 1962, acusa el castigo de sus cincuenta años de intemperies, bombas lacrimógenas, orín alcohólico y desidia universitaria y municipal.

 

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Deseando su pronta remodelación, los caminantes retoman la calle Colombia, pasan indiferentes ante la ahora majestuosa Casa de la Estrella (como que si la elegante y colonial edificación cargara con las culpas de algunos huéspedes, ahora de mal recuerdo).

Al fin, jadeantes, arriban a la «Casa Pocaterra», el oficiante es el poeta De Nóbrega, intimidante por su filosa sabiduría. Ya toman asiento los contertulios, ya beben el vino del cielo poético y Ernesto Cardenal los hace vibrar con poder sobrehumano.

 

Douglas Morales Pulido / Ciudad VLC