Aunque parezca increíble, no siempre hubo flores sobre la superficie de nuestro planeta.
Hasta hace ciento cincuenta millones de años, que fue cuando aproximadamente aparecieron las primeras flores sobre la Tierra, las plantas carecían de este órgano del cual derivan tanto los frutos como las semillas.
Por esos tiempos, nuestro planeta no se parecía al que conocemos y habitamos. Las diferencias eran tantas que casi podría decirse que se trataba de otro cuerpo celeste.
Los espacios terrestres, que hoy ocupan el 29 % del globo, entonces se limitaban solamente al 18 %. El clima era permanente cálido y aún no existían los polos. Entre las plantas predominaban las coníferas y los helechos, y en los bosques y praderas prevalecía el color verde. Ya había dinosaurios y estos eran los seres mejor desarrollados del planeta.

Por entonces, en el período Cretácico, se inició la formación del petróleo, cuando millones de millones de organismos diminutos –pequeñas plantas, algas y plancton–, se hundieron en los lechos marinos. Sobre los restos de dichos organismos se fueron acumulando capas y más capas de sedimentos, cuyo peso, a temperaturas inimaginables, fue cocinándolos, hasta convertirlos en la materia aceitosa que hoy mueve los vehículos terrestres, aéreos y marinos, así como a las industrias.
Tales concentraciones las hubo en gran parte del mundo. Pero hubo lugares donde las cantidades de organismos en descomposición fue mayor, como al norte y al centro de Venezuela, en el golfo Pérsico y en el golfo de México.

Con las plantas provistas de flores aparecieron los insectos polinizadores que, en un proceso de apoyo mutuo, se extendieron simultáneamente por el mundo.
Esto modificó el aspecto de los bosques y creó condiciones de vida favorables para los animales de sangre caliente como las aves y, en especial, los mamíferos, que hasta hace 65 millones de años, cuando desaparecieron los dinosaurios, se mantuvieron bajo su sombra.

Hasta no hace mucho, se ignoraba la razón por la cual surgieron las plantas con flores. Pero, según un estudio reciente hecho por los biólogos estadounidenses Kevin Simonin –de la Universidad Estatal de San Francisco en California–, y Adam Roddy, de la Universidad de Yale, la que podría conocerse como la revolución de las flores se debió a la reducción del genoma de algunas plantas, las conocidas hoy día como angiospermas. Tal reducción del genoma condujo a la aparición de células más pequeñas. Ello permitió una mayor absorción del dióxido de carbono requerido para la fotosíntesis.
Gracias al surgimiento de las flores, los paisajes terrestres –aburridamente marrones y verdes–, pasaron a exhibir múltiples colores, no se sabe si tantos como en nuestro tiempo, pero sí que modificaron la fisonomía de las zonas planas –con o sin bosques o selvas–, y las pequeñas elevaciones de no más de mil y tantos metros sobre el nivel del mar.
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Actualmente, las angiospermas representan cerca del 90% de todas las especies de plantas, entre ellas la casi totalidad de aquellas que se cultivan con propósitos alimentarios.
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Armando José Sequera es un escritor y periodista venezolano. Autor de 93 libros, todos publicados, gran parte de ellos para niños y jóvenes. Ha obtenido 23 premios literarios, ocho de ellos internacionales (entre otros, Premio Casa de las Américas, 1979; Diploma de Honor IBBY, 1995); Bienal Latinoamericana Canta Pirulero, 1996, y Premio Internacional de Microficción Narrativa “Garzón Céspedes”, 2012).
Es autor de las novelas La comedia urbana y Por culpa de la poesía. De los libros de cuentos Cuatro extremos de una soga, La vida al gratén y Acto de amor de cara al público. De los libros para niños Teresa, Mi mamá es más bonita que la tuya, Evitarle malos pasos a la gente y Pequeña sirenita nocturna.
«Carrusel de Curiosidades se propone estimular la capacidad de asombro de sus lectores».
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