Desde que estoy en el mundo de la música me ha gustado disfrutar del compartir con los exponentes de la cultura venezolana, siempre que tengo la oportunidad, como cuando conocí a Hernán Marín en Cumaná.
Fue en el mes de agosto del año 2007, o 2009, no recuerdo bien, cuando me propuse hacer un paseo por el estado Sucre, específicamente a su ciudad capital, Cumaná. Trabajaba en la Dirección de Cultura de mi Universidad de Carabobo.
Al llegar al oriente del país vendrían a mi mente tantos recuerdos de aquellos Encuentros Nacionales de Estudiantinas de finales de la década de los 90’s, que se realizaban anualmente en la Ciudad Primogénita del Continente, donde compartíamos los estudiantes participantes toda la música venezolana instrumental que se escuchaba en esos tiempos y que con entusiasmo interpretábamos.
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Me instalé en un hotel pequeño del centro de la ciudad de fácil acceso, en un cuarto con una cama, aire acondicionado y mucha comodidad; aquel hotel estaba cerca de todas las atracciones culturales que se ofrecían al turista.
Mi intención principal era la de asistir a un encuentro de agrupaciones musicales instrumentales venezolanas llamadas “ensambles”. Entre las que iban a asistir estaba el “Ensamble Trabade’os”, de Barinas, con Moisés Torrealba en la bandola llanera como instrumento principal, entre otros ensambles de los que ahora no recuerdo sus nombres.
Uno de los recuerdos agradables fue que caminando por las calles de Cumaná, después de disfrutar de la casa natal de Andrés Eloy Blanco, escucho gritar mi nombre: “¡Danilo!”, y al voltear reconozco a David Peña, alias “Zancudo”, un extraordinario músico guitarrista y contrabajista fundador del Ensamble Gurrufío, junto a Cheo Hurtado, Luis Julio Toro y Cristobal Soto. Iban ellos a participar en el Encuentro de Ensambles en el Teatro Luis Mariano Rivera, al que yo también iba a disfrutar de buena música.
Fueron dos noches grandiosas, ya que pude disfrutar de lo espectacular de nuestra música venezolana y de la calidad de interpretación de nuestros músicos, quienes con ahínco y pasión ejecutaban cada instrumento.
Una recomendación del maestro
En la segunda de esas noches tuve la oportunidad de compartir en la terraza del Teatro con aquellos músicos que conocía desde hacía tiempo, como El Zancudo que ya había visto en las calles de la ciudad, Pedro Elías Giménez y Moisés Torrealba, entre otros. Esa misma noche experimenté la emoción de conocer al gran Hernán Marín, hoy lamentablemente ya fallecido, el mismo del “joropo cotorreado”, ese que tanta dificultad tiene para ser interpretado, y al gran Remigio “Morochito” Fuente, fallecido asimismo, el de la mandolina oriental.
Para mi experiencia musical venezolana, ese momento fue de gran regocijo emocional, pues estaba compartiendo con los grandes músicos venezolanos que hacían historia y quienes con sus ejecuciones nos inspiraban a los que comenzábamos en el mundo del arte del sonido y del ritmo.
David Peña, por ejemplo, me llamó en uno de esos instantes y me dijo: “¡Estoy cansado, toca tú!”. Y mi sorpresa fue que acompañé a Morochito Fuentes tocando yo el bajo, junto a un cuatrista que no supo (valga el comentario) acompañar ese joropo que tocaba Morochito. Para mi tranquilidad, me incorporé sin ningún problema en el acompañamiento. Recuerdo que en las maracas estaba Pedro Elías Giménez, ¡y cómo disfrutamos con esa música oriental!
Otros músicos se sumaron a aquel “vente tú” bajo la noche cumanesa entre palos y alegrías, como dice la gaita, y se volvió un jolgorio bastante ameno.
En ese momento de mi descanso tuve la dicha de conversar con el recientemente fallecido Hernán Marín sobre los músicos que estaban compartiendo esa noche, y hablamos de los maraqueros. Recuerdo que le comenté sobre la ejecución de uno de ellos y me respondió que tenía mucho talento y que, con unas pocas clases con él, tendría lo necesario para completar su ejecución perfecta sin ser oriental.
La conversa fue larga y amena sobre la música venezolana en general y sobre los jóvenes músicos que estaban surgiendo en el panorama venezolano.
Al pasar las horas, la tocadera se mudó a la parte interna de la terraza donde el consumo de “escocés” fue subiendo el tono, y entre cantos improvisados y joropos tuve yo que experimentar la ejecución de las maracas orientales (un gran reto que tuve que afrontar) con la observación de que mis brazos ya no aguantaban tanto movimiento veloz. Lo superé con la ayuda de Hernán Marín, quien me dio unos consejos sencillos. ¡Siempre se lo agradeceré!
El compartir con tanto talento reunido allí por la música venezolana fue para mí, además de gratificante, inspirador. Mi vida siempre ha estado girando en torno a la música venezolana, y esos días y noches marcaron mi experiencia de vida y como profesional.
Conocer a personalidades como Hernán Marín, a quien desde que era yo un niño siempre escuchaba en mi casa con su canción: “Para bailar el joropo hay que tener…” (Canta y Baila Joropo) y el galerón, “Me voy de aquí quizás no vuelva nunca…” (Mar de mi Esperanza), que me hicieron creer en la pureza del arte musical venezolano y en la importancia de nuestra identidad cultural, la cual he defendido siempre.
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