La Ciudad de Panamá que recibió a los delegados que participaron en el Congreso Anfictiónico reunido allí entre el 22 de junio y el 15 de julio de 1826 no se parecía en nada a la actual.

Dicha localidad era un pequeño núcleo urbano amurallado de apenas 4.897 habitantes: 2.168 vivían en el barrio de San Felipe, resguardados por los muros que protegían de ataques navales y piratas. 2.729 residían en el barrio de Santa Ana, afuera de la muralla.

Las viviendas eran, principalmente, de madera y piedra y constaban de dos plantas, con balcones y techos de tejas. El ambiente era insalubre y maloliente, dado que las aguas negras no estaban canalizadas y corrían por las calles. Esto hizo que enfermedades tropicales como la fiebre amarilla y la malaria se erigieran como las principales causas de muerte.

 

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Las principales construcciones eran dos y ambas tenían carácter religioso: la Catedral de Nuestra Señora de la Asunción y el edificio del viejo convento de San Francisco, cercano a la Plaza Mayor.

No existían instalaciones hoteleras y por ello los delegados al Congreso debieron alojarse en casas de familias notables, posadas improvisadas en el Casco Antiguo de la ciudad y en celdas del antiguo convento.

El Congreso se realizó en la sala capitular de dicho centro conventual, el mismo que hoy se conoce como el Palacio Bolívar y es la sede de la Cancillería panameña.

 

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Por cierto, en aquel momento Panamá era una nación que se había liberado del dominio del imperio español para sumarse al territorio de la Nueva Granada.

El congreso realizado en Ciudad de Panamá tuvo como objetivo promover la creación de una confederación de repúblicas hispanoamericanas independientes, unidas en una alianza militar defensiva y un pacto de comercio y navegación.

Dicha confederación debía ser lo suficientemente poderosa para enfrentar en conjunto los intentos de reconquista española y el expansionismo de EEUU y otras naciones imperialistas.

En este sentido fue la primera asamblea diplomática de repúblicas independientes en la historia, en un mundo que estaba gobernado por monarquías.

Precisamente, el vocablo anfictiónico se refiere a eso y proviene de la antigua Grecia. Allí se reunían las ciudades-estado para resolver algunos de sus problemas comunes.

 

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Pese a haber sido el organizador del encuentro y su principal impulsor, Bolívar no asistió al mismo. Cuando se nos dice que el Libertador propuso ciertos asuntos relativos a la reunión de las naciones hispanoamericanas, es necesario saber que quienes los expusieron en Ciudad de Panamá fueron los dos delegados de la Gran Colombia: Pedro Gual y Pedro Briceño Méndez.

Bolívar se hallaba en Perú, resolviendo problemas políticos y militares que se presentaron en aquel momento. Y, por cierto, hablando de Perú, los representantes de este país en el congreso fueron Manuel Lorenzo de Vidaurre y José María Pando. Este último fue sustituido posteriormente por Manuel Pérez de Tudela.

Por México asistieron los señores Mariano Michelena y José Domínguez. Quienes representaron a la República Federal de Centroamérica fueron Antonio Larrazábal y Pedro Molina.

Aparte de esos delegados, hubo dos observadores internacionales invitados: el agente diplomático británico Edward J. Dawkins y el observador neerlandés Dirk van Hogendorp.

EEUU envió a dos personas –Richard Clough Anderson y John Sergeant– quienes no llegaron a tiempo, debido a los múltiples inconvenientes que se les presentaron en el incómodo trayecto. De hecho, Anderson no acudió a la cita porque enfermó de fiebre amarilla y falleció en Turbaco, Colombia.

En 1826 era más fácil llegar al infierno que a Ciudad de Panamá. La única manera de llegar hasta ella desde otros países americanos era mediante barcos de vela.

Los viajeros debían enfrentar corrientes marítimas adversas y vientos cambiantes. Por tal motivo, los traslados tomaban entre dos y tres meses de travesía, enfrentando además los riesgos de naufragar y ser abordados por piratas.

Una vez en tierra, los agotados pasajeros debían enfrentar una ruta mixta para alcanzar la ciudad propiamente tal. La primera parte de este itinerario se realizaba en botes de remos que debían navegar a contracorriente por el caudaloso río Chagres hasta el poblado de Venta de Cruces.

Una vez llegados aquí, debía emprenderse a pie o a lomo de mula el empedrado Camino de Cruces, un sendero rodeado de selva húmeda tropical, barro y acantilados. En este camino, el mayor peligro lo representaban las nubes de mosquitos que transmitían tanto la malaria como la fiebre amarilla.

Para colmo, las condiciones higiénicas de la ciudad, una vez arribados a ella, eran tan precarias que, si no se había adquirido en el paso a través de la selva alguna de las dos enfermedades mencionadas, lo más seguro era contagiarse en ella.

Dos últimos detalles eran que el calor resultaba casi insoportable y no había un solo médico en el lugar.

Los dos representantes de EEUU recibieron la orden de no comprometerse a ninguna alianza militar y a sabotear cuanto pudieran el evento. La nación norteamericana no estaba de acuerdo con la confederación planteada por el Libertador, debido a que menoscababa los preceptos de su Doctrina Monroe, que ya se aplicaba entonces: América para los americanos.

Como sabemos, los americanos a los que se refiere tal consigna doctrinal no eran ni jamás hemos sido los nacidos en los múltiples territorios del continente, sino y exclusivamente los nativos de EEUU, que han tratado desde entonces de monopolizar tal gentilicio.

Aparte de las proposiciones mencionadas que llevaron los delegados de la Gran Colombia al Congreso, figuraba la adopción de la capital de una nueva nación constituida por Venezuela y la Nueva Granada (las actuales Colombia, Panamá y Ecuador).

Bolívar sugirió que esa nueva nación tuviera como ciudad principal a Maracaibo o que se fundara una nueva, a la que llamó Las Casas, (en honor a fray Bartolomé de las Casas), ubicada en el “soberbio puerto de Bahía Honda”.

Dicho puerto era y sigue siendo una pequeña bahía caribeña ubicada al norte de la península de La Guajira, en Colombia. Su nombre se debe a la profundidad de sus aguas. Las Casas fue propuesta por él previamente en la Carta de Jamaica, fechada en esa isla en 1815.

Lamentablemente, el sueño de una patria grande –unos Estados Unidos del Sur, aunque no se llamara así–, que tuvo el Libertador se quedó en eso, en sueño.

Las constantes intervenciones armadas y el uso de la diplomacia del garrote por parte de EEUU en el continente, así como los gobiernos complacientes y ajenos a los intereses conjuntos de los países de la región han conspirado para que no se produzca la tan anhelada unión.

 

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Armando José Sequera (Caracas, 1953) es un escritor y periodista venezolano. Autor de más de cien libros, todos publicados, gran parte de ellos para niños y jóvenes. Ha obtenido cerca de 30 premios literarios, ocho de ellos internacionales (entre otros, Premio Casa de las Américas, 1979; Diploma de Honor IBBY, 1995); Bienal Latinoamericana Canta Pirulero, 1996, y Premio Internacional de Microficción Narrativa “Garzón Céspedes”, 2012). Es asimismo Premio Nacional de Cultura, mención Literatura, 2026.

Es autor de las novelas La comedia urbana y Por culpa de la poesía. De los libros de cuentos Cuatro extremos de una sogaLa vida al gratén y Acto de amor de cara al público. De los libros para niños TeresaMi mamá es más bonita que la tuyaEvitarle malos pasos a la gente y Pequeña sirenita nocturna.

«Carrusel de Curiosidades se propone estimular la capacidad de asombro de sus lectores».

 

Ciudad Valencia/RN/Foto del autor Gerardo Rosales