“Ningún hombre es una isla entera por sí mismo. Cada hombre es una pieza del continente, una parte del todo. Si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida, como si fuera un promontorio, o la casa de uno de tus amigos, o la tuya propia. Ninguna persona es una isla; la muerte de cualquiera me afecta, porque me encuentro unido a toda la humanidad; por eso, nunca preguntes por quién doblan las campanas; doblan por ti”. John Doone (Clérigo Inglés)

“Del dicho al hecho hay un terremoto”. Así titulaba la revista argentina Certeza dirigida por C. René Padilla un artículo referido al terremoto de Nicaragua y la solidaridad, un movimiento telúrico de magnitud 6.2 en la escala de Ritcher que devastó Managua un 23 de diciembre en vísperas de Navidad del año 1972. Se calculan entre 10.000 y 20.000 el número de fallecidos.

En el penoso contexto del reciente terremoto acaecido en Venezuela, nuestra reflexión se centra en una palabra clave: Solidaridad.

 

Hacia una ética de la solidaridad

Un líder comunitario de Naguanagua que dentro de las categorías de la revolución ahora definimos como “Maestro Pueblo” señaló: “Lo más difícil es construir comunidad”. Sin duda alguna ningún conglomerado humano puede llamarse comunidad si no experimenta previa e intrínsecamente la practica solidaria.

La solidaridad parte del reconocimiento del otro, a esto llamamos otredad. Y si, podemos afirmar que pasa por renunciar a todo pensamiento o actitud individualista al transitar del YO al NOSOTROS.

Hemos visto las terribles escenas del llamado doblete sísmico, son realmente conmovedoras y nos mueven a compasión (a menudo definida como empatía). Sin embargo, la compasión debe dar lugar a la solidaridad, debe generarla. La misma no se reduce al envío de ayuda humanitaria a los centros de acopio, se expresa también en el acompañamiento al sufriente, la oportuna palabra de consuelo y la búsqueda de soluciones mas allá de la inmediatez.

Ir al encuentro del prójimo sólo es posible desde el cultivo de la sensibilidad, entendida como el movimiento emotivo y voluntario necesario para ver, sin autocensuras ni prejuicios, la verdad de la realidad de quien sufre. No se trata de un ejercicio de «autoayuda» para sentirnos bien.

 

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Queremos destacar que la solidaridad no siempre es innata, se aprende en el hogar con el ejemplo de los padres y demás adultos del entorno familiar, luego se refuerza en la escuela y se desarrolla con la practica habitual, a veces con frases tan sencillas como: ¿Cómo te sientes? ¿ya comiste?… que deriven en acciones concretas hacia nuestro prójimo.

Solidaridad y clases sociales

Existe también quienes opinan que la solidaridad es un asunto de clases sociales. Así por ejemplo, hemos oído expresiones tales como “los ricos no pueden ser solidarios porque por definición son egoístas ensimismados”, “los ricos solo dan lo que les sobra y para figurar”, y también “los pobres no tienen nada que dar, más bien están para que les den”. Estos falsos razonamientos deben haber costado millones de neuronas…

En este sentido, estas teorías parten siempre de generalizaciones. No podemos limitar la solidaridad a lo estrictamente material. Nos gusta más bien celebrar este tipo de frases: “Nadie es tan pobre que no tenga nada que dar”, “Hay ricos tan pobres que solo tienen dinero”. “Quien no vive para servir no sirve para vivir”

En conclusión, en medio del dolor y grandes dificultades y amenazas contra nuestra soberanía, el tejido social y la recomposición que todos aspiramos como país tiene una de sus bases principales en la solidaridad. Es tiempo de recuperar nuestra humanidad, como nos dijera el presbítero y periodista Numa Molina: “A nosotros nos va a salvar es la solidaridad”

 

 

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Ciudad Valencia / Ismael Noé