Charles Dickens

En una calle de Londres que olía a hollín y a sopa rancia, nació un niño con los ojos llenos de invierno. Charles se llamaba, y desde que aprendió a leer supo que las palabras eran más calientes que las mantas y más nutritivas que el pan. Su padre, John, dilapidaba los chelines con la misma alegría con que los acreedores tocaban a la puerta. Cuando el dinero se esfumó como el vapor de las calderas, el pequeño Charles fue arrojado a una fábrica de betún, donde las ratas eran más numerosas que los juguetes y el tiempo se medía en ampollas.

Charles Dickens

Allí, entre frascos de grasa y el eco de su infancia rota, Charles Dickens aprendió que la pobreza no era una metáfora. Y cuando por fin escapó de aquel sótano, no lo hizo solo: lo acompañaban los fantasmas de los niños harapientos, de los viejos sin fuego, de las madres que cocinaban con lágrimas. Esos espectros, que otros llamaban miseria, se le aparecían en sueños y en páginas, y él los exorcizaba escribiendo.

Dicen que una noche de 1843, mientras el invierno se apretaba como un puño sobre los tejados de Londres, Dickens caminaba por las calles con el corazón lleno de deudas y el alma encendida por la indignación. Había visitado escuelas para niños pobres, leído informes que olían a desesperanza y sentido en la piel el frío de los que no tienen hogar. Pensó en escribir un panfleto, pero los panfletos mueren pronto. Entonces decidió invocar una historia.

 

LEER MÁS DEL MISMO AUTOR: EXPERIMENTO CORTACIANO * 

 

Así nació A Christmas Carol, que en nuestras tierras se conoce como Cuento de Navidad. No fue un cuento, sino un conjuro. En él, un viejo avaro llamado Ebenezer Scrooge, que bien pudo ser un banquero de la City o un cacique de ultramar, es visitado por cuatro fantasmas: uno que arrastra cadenas, otro que huele a infancia, otro que sangra presente y otro que no tiene rostro. Le muestran lo que fue, lo que es y lo que será si no aprende a mirar con los ojos del corazón.

Dickens escribió la historia en seis semanas, con la urgencia de quien necesita pagar las cuentas y salvar el alma del mundo. La publicó el 19 de diciembre de 1843, y desde entonces, cada diciembre, los fantasmas regresan. No importa si hay nieve o calor, si se vive en Londres o en Valencia, Venezuela: basta con abrir el libro para que el reloj dé las doce y el espíritu de la Navidad se siente a la mesa.

El cuento no solo cambió a Scrooge. Cambió la Navidad. Antes de Dickens, era una fiesta de iglesia y silencio. Después de él, fue una celebración de abrazos, villancicos, árboles y redención. No inventó la Navidad, pero la rescató del olvido y la vistió con palabras que aún brillan como luces en la penumbra.

Charles Dickens murió en 1870, pero no descansa. Cada vez que alguien dice “¡Feliz Navidad!” con el corazón limpio, él sonríe desde su tumba. Porque su cuento no termina nunca. Porque en cada niño que ríe, en cada anciano que perdona, en cada alma que se redime, hay un poco de aquel niño que trabajaba entre ratas y soñaba con un mundo más justo.

Y así, en esta ciudad nuestra que también conoce el frío sin invierno y la pobreza sin Dickens, el Cuento de Navidad sigue siendo un espejo. Un espejo donde podemos vernos, si tenemos el valor de mirar.

Ciudad en Verso y Prosa

JLTB

 

Microcuento de Navidad

En el centro de Valencia donde los semáforos parpadean como luciérnagas cansadas y los aguinaldos se mezclan con el humo de las empanadas, vivía don Ezequiel Escarrá, un prestamista tan seco de alma como de sonrisa. Dormía abrazado a sus billetes y les ladraba a los niños que pedían hallacas en la acera.

Una Nochebuena, mientras el cielo se llenaba de fuegos artificiales y promesas incumplidas, se le apareció el fantasma de su compadre Jacinto, con cadenas hechas de recibos impagos y tarjetas de crédito vencidas. Le advirtió: “Te visitarán tres sombras: la Navidad que fuiste, la que eres y la que no verás si no cambias”.

La primera lo llevó a su infancia en El Tocuyo, donde su madre le tejía camisas con hilos de esperanza. La segunda le mostró a su secretaria llorando por no tener para el pan de jamón. La tercera, un velorio sin dolientes, con un cura que olvidó su nombre.

Al amanecer, Ezequiel salió a la calle con una sonrisa nueva y un saco de pernil, pan y juguetes. Los niños lo miraron como si fuera un milagro. Y quizás lo era. Porque en Venezuela, hasta los fantasmas saben que la Navidad es sagrada.

 

Villancico para un conjuro (Ritual de Navidad)

En la casa sin techo del viento

una vela canta con voz de arepa,

y el niño que fuimos, tú, yo, Dickens,

se arropa con papel de periódico

y sueña un pesebre sin deudas.

Un tambor de latón suena en la esquina,

y el fantasma del hambre baila con la abuela

que fríe esperanza en el aceite prestado.

Pero hay luz.

Hay siempre una luz que no se apaga.

Y tú y yo, nosotros,

que escribimos con la tinta de los que no tienen,

encendemos esta Navidad

como quien sopla el hollín del mundo

y deja solo la llama.

 

No queremos guerra.

Porque somos buenos.

Porque no la merecemos.

Porque aún sabemos cantar.

 

José Luis Troconis Barazarte

Feliz navidad …

Firma Charles Dickens

Firma de Charles Dickens

 

 

* Ebenezer Scrooge (primera foto)

Técnica mixta digital, ilustración, calco en mesa de luz, colores y texturas crayones digitales en tableta grafica con Photoshop

José Luis Troconis Barazarte

2025

***

TE INVITAMOS A LEER Y COMPARTIR: 

Mientras estoy comprando unos bagres | Carmen Pacheco

***

 

José Luis Troconis Barazarte 1

José Luis Troconis Barazarte es artista, narrador, docente y sembrador de lenguajes. Licenciado y Magíster en Artes Visuales y Escénicas por Strayer College (Washington D.C.), doctor en Historia del Arte por Bircham International University y la Universidad de Salamanca (España), ha hecho de la interdisciplina su firma y de la cultura su morada.

Fue director de Cultura de la Universidad Arturo Michelena y coordinador cultural de la Alianza Francesa de Valencia. Fundó y dirige CEINFOLEIM, un espacio de creación y formación artística donde enseña siete idiomas, música y literatura creativa. Desde allí impulsa movimientos como Cacao Tekisuto, centrados en el mestizaje simbólico y la maduración lenta del arte.

Ha sido premiado en certámenes de relato breve en España, ganador de la Bienal Internacional de Literatura Vicente Gerbasi (2017) y ha publicado los libros Empáticos y Cartas a la Soledad (2025). Su obra circula en más de 30 antologías digitales. 

Interprete de lengua de señas, diseñador digital, guionista, director coral y fundador de FUNDÁCRO, su travesía creativa se nutre de la danza, el relato, la música y como médico de la sanación. 

 

Escribe como quien borda, con barro en los pies

cielo en la lengua, fuego en la voz,

con oído de calle y pulso de viento. 

Poeta que escucha lo que otros callan 

y traduce silencios en tinta viva.

(Reseña de Antonio V. Díaz B.)

 

Ciudad Valencia/RM