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Mientras estoy comprando unos bagres | Carmen Pacheco

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Es diciembre y es ese olor de «huele a Navidad», como reza el estribillo de una gaita zuliana, lo que lleva a la gente a vagar por las tiendas buscando cosas buenas y económicas. La música Navideña que suena por los altavoces impulsa a comprar incluso lo que no necesitas. Lo sé bien porque yo soy así…

Tuve que aguardar a que un carrito quedara libre en el supermercado para hacer mis compras. El cafetín estaba abarrotado de gente que pedía empanadas, café o un plato típico de diciembre.

 

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Con frecuencia ando despacio por los pasillos con el objetivo de ver qué necesito. Solía hacer una lista de lo que iba a comprar, pero incluso eso se me olvida. Como no estoy en la edad de discutir con alguien tan obstinado como yo, o sea yo, prefiero deleitarme mirando los estantes y aguardar a que los productos me llamen.

Pasé por la sección de proteínas y opté por algunos muslos, pechuga y, evidentemente, carne roja; y aunque no es recomendable consumirla en grandes cantidades, el cuerpo la necesita.

Cuando me dirigía hacia donde estaban los quesos, oí un «aleteo de gaviotas» y me volví para observar la inusual actividad en la zona de pescados. Lo admito, soy curiosa; di la vuelta al carrito y me encaminé hacia esa zona. A medida que me acercaba, yo me iba diciendo: «Carmen, tienes que comprar pescado; ya sabes, para una dieta balanceada, el aceite omega y todo lo demás»…

Unas señoras competían por un pez al que llamaban «Cristal».
—Buen día, ¿qué sucede, por qué tanto alboroto? —pregunté yo—
—Yo fui la primera en llegar y esa señora quiere llevarse mi pescado.
Vi que había suficiente en la vitrina para todas.
—¿Y qué pescado desea usted? —le volví a preguntar.
Y me lo indica con el dedo: «Ese, el cristal».
—¿Es realmente delicioso?
—No lo sé, el chico me dijo que estaba «sabrosísimo».

Estuve muy cerca de sucumbir a la locura de las señoras y me pregunté: “¿Conoces ese pescado, lo has probado, sabes si tiene muchas espinas?»… Reflexioné y decidí irme por unos parguitos bien gorditos que sobresalían del manto de hielo: «¡Más vale malo conocido que bueno por conocer!».

Pero me fijé en que había un bagre de tamaño considerable en la esquina opuesta de la vitrina y opté por dejar que las gaviotas continuaran con su disputa de cristales. Me acerqué, como quién no quiere la cosa hacia donde me aguardaba ese pescado delicioso. Lo observé, pero no con la mirada de una chef o una cocinera, sino con la de alguien que busca algo para escribir. Él estaba allí, inmóvil, helado e inerte, con la expresión de quien quiere alejarse de todo y de todos porque ya conoce su destino.

Le tomé varias fotografías tratando de capturar su mejor perfil, ese donde no pareciera tan bravo. Le envié la foto al «Pepe Grillo» y me sugirió que tomara también una foto «apaisada». Él pensó que habría tres o más bagres en la vitrina… ¿y quién soy yo para contradecirlo?

En esa circunstancia recurrí al otro joven de la pescadería y le expliqué que necesitaba tomarle fotos a varios bagres. Me miró extrañado y yo pensé en que me han mirado así, en varias ocasiones, desde que estoy con estas crónicas.

Opté por impresionarlo, por «chapearlo», como se diría, y le dije: “Soy cronista y escribo sobre cosas que me llaman la atención de repente; tus pescados me inspiraron a redactar una crónica». Aunque tenía él la nariz arrugada y los ojos entrecerrados, me sonrió y se fue a la parte de atrás para buscar más bagres. Se presentó con uno: «Es un poco más pequeño», me dijo apenado.

“Dos es compañía, tres son multitud”, le contesté satisfecha. Le señalé dónde colocarlos y  por fin pude tomar varias fotografías (aunque por ahí se coleó un carite de ojos saltones, como con miedo e incredulidad). El joven sabía que no le compraría ambos bagres, pero aun así se convirtió en mi cómplice para conseguir una buena foto para esta crónica.

Le agradecí y, cuando ya me retiraba, lo vi llevar el bagre pequeño de manera sigilosa a su lugar, como para que nadie se diera cuenta de nuestro acuerdo. En su rostro brilló una sonrisa de complicidad.

Me marché levemente aturdida y feliz porque había conseguido la foto para esta crónica. El escalofrío del asombro y la diversión aún me recorrían la espalda. Pensé en lo rápido que nos entendimos. Fue como si nos leyéramos la mente.

 

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Carmen Beatriz Pacheco (Caracas, 1951) es cronista, dibujante y aficionada al haikú y al microrrelato. Ha participado en el Taller de Lectura y Escritura Creativa del Museo de Arte Valencia (MUVA) con el Prof. Ramón Núñez. También formó parte del grupo CEINFOLEIM, dirigido por el escritor José Luis Troconis Barazarte.

Integra el Laboratorio Narrativo Zuaas en cuyo libro colectivo «Relatos de lluvia (historias que caen del cielo)» (2025) interviene con tres relatos breves. También integra la Escuela Virtual «Historias en Yo Mayor» de la Fundación FahrenHeit 451 (Colombia).

 

Ciudad Valencia / RN