Un cuento para la merienda: «El sueño y su eco» de Rosario Ferré

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¿Qué soñaste? Cuéntame tu sueño.

Mi madre aparece reflejada en el espejo, sobre la superficie del rectángulo. La luz atraviesa parejamente mi sueño y su mirada me hace concordar discordias.

De un tiempo acá me conformo con la superficie lisa y llana, absolutamente predecible de las cosas. He descubierto que es la única manera de dispensar el miedo, de hacerme a un lado para dejarlo pasar.

Soñaste algo aterrador. Puedo verlo en tus ojos.

Me miro en el espejo y me veo caminando de mano de mi madre.

Afuera está lloviendo a cántaros, exactamente igual al día en que el relámpago hendió en dos la palma real frente a la ventana de mi cuarto y vi el cuerpo increíblemente blanco de Doña Ana de Lanrós, nuestra primera Carmelita Descalza, incrustado en su centro.

Mamá me lleva afuera y me quedo sin respiración frente al chorro de agua que baja vertiginoso del techo, lo vomita el caño de hojalata por la esquina de la casa, es lo mejor para el pelo antes de recortarlo, lo deja sedoso y nuevo, como acabado de sacar de la caja de González Padín, dice Mamá.

Me seca entonces la cabeza con una toalla antes de coger de la mesa las largas tijeras de acero toledano, metiendo el índice y el pulgar por sus ojales.

Las domina desde la altura de su hombro, desde la curva carnosa del antebrazo; las mueve lentamente sobre mi nuca, como dos puñales de plata fría, y empieza delicadamente a recortarme.

Te veo pensativa. ¿Qué soñaste?

Mamá aparece reflejada en el espejo, sobre la superficie del rectángulo. Miro su reflejo en el espejo de mi cuarto y una imagen me asalta como un celaje.

Está de pie, parada detrás de mí, recortándome el pelo; pero también está junto a mí en el cementerio.

Puedo oler claramente los bancos carcomidos, los lirios deshechos, los manteles manchados de esperma de la capilla de la tumba de mi tío, a la que acudimos todas las tardes a rezar.

He pasado la mirada tantas veces por encima de la lápida, por sobre los manteles descosidos, sobre los bancos podridos de humedad, que siento que acabarán por gastarse a fuerza de deslizarles por encima los párpados.

De rato en rato me invaden unas ganas incontenibles de levantarme de donde estoy sentada, de hundir las manos en el espejo que nos refleja a ambas para tocarle a mamá los ojos, para ver si tengo que cerrar los míos.

¿En qué estás pensando Niña? Cuéntame.

El reflejo de sus ojos me ciega al contemplarla en el espejo. Punto de fuga: soñar con los ojos abiertos, puesto ya el pie en el estribo. Pronto tocarán al ángelus, sonará la campanilla del refectorio y mamá yo descenderemos de este escaparate que flota sobre el altar como un tiovivo antiguo.

Nos alejaremos entonces de allí, girando sobre idénticos tambores rojos, los pedales niquelados haciéndonos adelantar y retroceder con facilidad.

Vestidas de negro el viento embozará nuestras faldas alrededor de nuestras piernas al cabalgar hombro con hombro y perfil con perfil; hará crujir nuestras faldas veloces; nos bofeteará con tiras negras, con rachas, ráfagas.

Nos veo a las dos, gualtrapeantes caballeras talares atravesando los montes, galopeando difícil y siempre de sesgo, descorriendo los misterios gozosos y los dolorosos, o anulándolo todo sobre el anular.

Estás pálida, Hija. Dime qué te pasa.

Caminamos juntas por entre los panteones del cementerio, por entre ángeles aburados de yeso viejo, grisáceos y chorreados de limo negro por la espalda, por entre rosas de hierro forjado, coronas de espinas, cadenas, clavos.

Un bullir de agujas de pino, un perfume a geranios quebrados que derraman sangre seca invade mi olfato. Saltamos de tumba en tumba sobre las verjas de hierro.

Son bajas, hileras de lanzas negras interrumpidas aquí y allá por jarrones de alabastro repletos de azucenas hediondas a santidad y a pudridero.

Bajamos corriendo las escalinatas del panteón que hemos visitado muchas veces en sueños.

Cuatro columnas de granito negro, una lápida con aldaba de bronce, coronas de flores que arrastran una caligrafía escarchada en cintas que se desgranan por el suelo.

El eco de nuestros pasos se oye lejos, mullido por las agujas de pino. Vamos bajando lentamente, cada vez más lentamente, hasta llegar a la puerta cancel.

Mamá se me ha adelantado y me aguarda sentada junto a la boca de la cripta. Los pliegues de su falda negra se acumulan a sus pies en un embalse sombrío. Está inmóvil junto a la lápida. Me mira. Me mira como yo te miro.

¿Seré yo, hija? ¿Estás absolutamente segura de que no eres tú?

 

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Rosario Ferré (Puerto Rico)