«Elogio a la Necedad bordeando los extremos» por José Carlos De Nóbrega

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Dios trino y liberador nos libre de la confortabilidad del pensamiento a la hora de comprender nuestro mundo Hoy. Ni teorías conspirativas ni eternos retornos que nos consuelen y suman en las tinieblas.

«La conjura de los necios» (John Kennedy Toole) no es la reescritura de «Gargantúa y Pantagruel» (Rabelais). Leemos en el XXI el «Elogio de la Locura» (1509), no porque esta coyuntura repita cíclicamente el momento de transición que vivió Erasmo (1469-1536), sino por la aparente ausencia o, peor todavía, el silencio auto-inducido de posibles satíricos o cultivadores de Comedias que evidencien nuestro despropósito ciivilizatorio.

El enculillarse pareciera una de las libertades añadidas en tiempos de Pandemia Covid-19 y de banalización de todos los discursos a merced de esta Guerra Fría de tres o cuatro países potencia.

Desde el inicio de su Elogio estulto, Erasmo tiende una trampa cazabobos a todos sus lectores: La diversión se hace juego satírico harto peligroso, pues a los poderes fácticos de todos los tiempos no les cae en gracia para nada.

La alocución de esta deidad llamada Locura, Necedad o Estulticia, más que impostura y Egotismo hiperbólico, es una requisitoria serena y relativista al Poder envilecido que esteriliza el ímpetu del cambio social.

Este libro burlón no estriba en un ejercicio caprichoso del ocio de tan sesudo humanista. Heredero de Aristófanes, Horacio y Juvenal, este apacible y brillante holandés nos obsequia una Sátira ejemplar no sólo de su tiempo histórico, sino del contingente devenir de Occidente.

Puente de puentes, prefigura las comedias de Moliere y Shakespeare, amén de la lengua alambre de púas de Swift, Ionesco y Beckett.

Erasmo de Rotterdam fue faro y figura de una posible reforma católica desde el humanismo renacentista, hasta que el tremendismo cismático de Lutero y la respuesta de Loyola sacudieron a Europa.

Impresiona más un egregio alemán (torturado por sí mismo) tirándole tinteros y flatulencias al Diablo, que el ingenio y los modos conciliadores de su coetáneo y colega agustino expresándose en latín perfecto. La extraña y prometedora estrella de Erasmo fue apocada por el extremismo, primero el de Savonarola y luego los de Lutero y Calvino.

Su amigo Tomás Moro a quien dedicó el «Elogio de la Locura», murió decapitado por orden de Enrique VIII, un año antes de su deceso en Basilea, el 6/7/1535. Por fortuna, al borde de la Segunda Guerra Mundial casi cuatro siglos después, unos cuantos amigos suyos lectores lo reivindicaron con entusiasmo: Agustín Renaudet, Marcel Bataillon y Lucien Fevbre, historiadores sabios y preparados para reescribir «la historia de ese gran movimiento de espíritus y conciencias, de esa fecundación del pensamiento moderno por el pensamiento antiguo» (Fevbre) que fue el Renacimiento europeo.

Erasmo, en síntesis, nos sigue convocando en un diálogo de diálogos que no cesa. Por ejemplo, Fevbre leyó y comentó «Erasmo y España» de Bataillon (publicado por el F.C.E. de México en 1950) en instancias múltiples: como historiador de Felipe II, como exégeta de Rabelais y como biógrafo de Lutero.

Soy otro de sus lectores más necios,  esta vez en el siglo XXI. Y lo ratifico en mi condición de paciente psiquiátrico y de salmista compulsivo. El Elogio que nos vindica alienados como entes de papel extraídos del cuento «El alienista» de Machado de Assis, nos hechizó en su discurso opiáceo e inverso que trastoca la comedia de ser hombre.

Nuestro muy entrañable Erasmo ha engendrado sin aparente móvil literario, a la Diosa Necedad dándole una voz propia, egótica, extrema y hasta misógina, lo cual escandalizaría al feminismo bien amado de los siglos XX y XXI. Es un proyecto de escritura que sabe contradecirse al igual que los de Graham Greene, Chesterton, Unamuno y Papini.

Pluma rectora en tinta plácida que nos mueve a un cristianismo primitivo, personal y liberador de Catacumbas originarias, que triza el boato y la beatería del sectarismo religioso institucionalizado. Reescritura creativa de las poéticas y paradójicas parábolas de Cristo.

El Elogio es un disparate susceptible de ser imitado en este siglo de transición hacia no sé qué carrizo desencaminado. Forja su hoguera de las vanidades con más gracia virulenta que los sermones de Savonarola en Florencia y de Antonio Conselheiro en la Guerra de Canudos en Brasil. Oficio por oficio, este paredón de fusilamiento acribilla.

Hoy con sorna magistral el despropósito conservador y necio de Papas antipáticos como Pío XII y Juan Pablo II; el sacerdocio abyecto, charlatán y pederasta que hizo renunciar a Benedicto XVI, Amén de vindicar a Juan XXIII, Paulo VI y el jesuita Francisco I quien pide perdón muy condolido por las víctimas de los excesos criminales y colonialistas de la muy falible Iglesia Católica y el Estado canadiense, ello entre el XIX y el XX.

Asimismo, me saca del sube y baja depresivo, cuando embiste con elegancia salvaje a los reinos y principados de este mundo.

Tenemos el ejemplo patético de la Comunidad Europea, polo lánguido manipulado por el Imperio gringo, sin que importe la muerte de los desplazados africanos ni latinoamericanos, ni mucho menos el bienestar de sus propios ciudadanos en Europa y USA.

Resulta entonces que Erasmo prefiguró también la majadería libertaria del Quijote y de Bolívar, sin perder de vista a Cristo, su Dios tutelar.

Se ríe de mí Pocaterra, pues hace no mucho tiempo que Panchito Mandefuá le contó a Jesús niño en sobremesa navideña, el haber sido único testigo de la desnudez del Emperador mientras se exhibía en cortejo por las calles de Valencia.

Además de polemista convulso y anarco teísta, me he dado cuenta que soy también un erasmista desvelado. No estoy de acuerdo con el catedrático Antonio Prieto. Si bien no hay evidencia que Cervantes leyera el Elogio, tenemos la Fe de que Alonso Quijano sí.

Algún día de estos, cuando reconsideremos el episodio del inventario de la Biblioteca del Quijote, mi predilecto, posiblemente nos llevaremos una gran y espeluznante sorpresa.

 

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José Carlos De Nóbrega es un ensayista y narrador venezolano (Caracas, 1964). Licenciado en Educación, mención Lengua y Literatura, de la Universidad de Carabobo (UC). Ha publicado los libros de ensayo Textos de la prisa y Sucre, una lectura posible, ambos en 1996, y Derivando a Valencia a la deriva (2006). Fue director de la revista La Tuna de Oro, editada por la UC. Forma parte de la redacción de la revista Poesía, auspiciada por la misma casa de estudios. En 2007 su blog Salmos compulsivos obtuvo el Premio Nacional del Libro a la mejor página web. En el año 2021 ganó el concurso de Ensayo de la VII Bienal Nacional de Literatura Félix Armando Núñez y el concurso de Crónica de la V Bienal Nacional de Literatura Antonio Crespo Meléndez, convocado por el Ministerio del Poder Popular para la Cultura, por intermedio del Centro Nacional del Libro (Cenal) y la Casa Nacional de las Letras Andrés Bello.

 

 

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