El examen:
El examen reproduce el gran ojo que vigila, el del sistema judicial, el que realiza una pesquisa en las moralidades tambaleantes, el ojo que se internaliza en las familias y usurpa la mirada de los padres que luego será la mirada de los hijos, el examen hace posible la sanción y la corrección; pero no proviene de una bondad del sistema, sino de la cualidad que este tiene para alimentarse y desplegar sus fuerzas en toda la red de lo social.
El examen responde así a una funcionalidad política que permite establecer la verdad de las ciencias humanas, ciencias que a su vez responde a todo un arsenal moral y ético que finaliza en el dominio de los cuerpos y sus objetivaciones.
El examen adquiere sus formas dependiendo desde cuál teoría cognoscitiva se aplique. Es alomorfo, es decir, adquiere cualquier forma; la flexibilidad, sin embargo, no deja de ser un intento de indagar en la psique del ser humano. Desde cualquier posición el examen no dejará de tener la dirección que el siglo diecinueve le dio en los albores del capitalismo: una pesquisa esquematizada para dominar lo que se desliza fuera del dominio, lo que queda al margen. Claro, lo anterior no es una verdad absoluta, se puede examinar sin ejercer violencia y considerando los contextos en los que se desenvuelven los estudiantes.
Desde el punto de vista del conductismo, al docente no le interesarían las motivaciones subjetivas que impidieron que tal o cual alumno no respondiera satisfactoriamente las preguntas, el examen es un testimonio “objetivo” de lo que se escribió, no de lo que intentó decir, no de lo que se sospecha pueda ser los indicios de una certeza no plasmada.
Obedece a la filosofía de las estadísticas: borrar las condiciones reales en que ocurren los hechos para volverlos números, datos. Si un niño tiene un padre traficante o consumidor, si abusan de él poniéndolo a trabajar en la calle, si su madre es prostituta o está todo el día fuera del hogar buscando la sal del pan, no importa en lo absoluto. Las respuestas escritas nos dicen que él o ella no estudiaron, no adquirieron las destrezas, no aprendieron los objetivos, no afinaron la memoria.
Algo tan insustancial como las intenciones y las actitudes queda reducido a una hoja de papel que pretende taponar la cruel realidad socio-cultural de nuestras familias. El conductismo se basa en un esquema básico de preguntas y respuestas, estímulos y acciones visibles y contables; lo recorre todo su cuerpo es la inmaculada concepción del positivismo. Lo positivo es el hecho, lo ocurrido y fijado en las pruebas que lo registran en un tiempo y en un espacio.
La prueba de los hechos indaga una memoria para cerrar un círculo tautológico donde el modelo se afirma a sí mismo. Los alumnos utilizan la repetición exhaustiva de un texto para comprobar lo que ya forma parte de una memoria histórica. Pero la utilizan de la peor manera posible. La indiferencia hacia el lenguaje les hace imposible reconocer a lo histórico en el peso de los significantes, el lenguaje y la lengua contienen la memoria del pasado de un país, de una región, de una localidad; allí están vivos.
La memoria solo le permite salir airoso o no de la situación de saberse examinado, es decir, descubierto. En el caso de que algunos alumnos salgan bien en los exámenes casi siempre obedece a que la memoria misma fue utilizada como una vestimenta para no decirse.
El legado histórico de la desnudez por el examen ha cambiado al encubrimiento por el examen. Los nervios de otros, obviamente, no dependen solo en aprobar o no una materia, sino en que hay algo de confesión de una forma de ser que la escuela ha obviado y no ha ayudado a formar.
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Trabajo de investigación I
Arribamos a una de las evaluaciones que en la escuela básica y en el liceo suele ser de una perversidad impresionante. Un amuleto para docentes ganados por la desidia. Una evaluación que les permite perder el tiempo mientras bruñen el reflejo de una eficiencia pedagógica: máscaras, máscaras.
El trabajo de investigación debería ser la culminación de una preparación consuetudinaria, sistemática, sostenida en el tiempo en torno a un proceso de conocimiento basado en el funcionamiento espontáneo de la psique humana: lo nuevo se busca con base en lo viejo o lo anterior.
Los niños y las niñas traen un bagaje cultural determinado que la escuela debe aprovechar para potenciar, no para romper y desmantelar la investigación que ya se había puesto en práctica. Todo sigue dependiendo del uso del lenguaje. La superstición o el pensamiento mágico están a flor de idea en el pensamiento de los educandos, es la plataforma de otro conocimiento, una continuidad, no una ruptura.
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Arnaldo Jiménez nació en La Guaira en 1963 y reside en Puerto Cabello desde 1973. Poeta, narrador y ensayista. Es Licenciado en Educación, mención Ciencias Sociales por la Universidad de Carabobo (UC). Maestro de aula desde el 1991. Actualmente, es miembro del equipo de redacción de la Revista Internacional de Poesía y Teoría Poética: “Poesía” del Departamento de Literatura de la Dirección de Cultura de la UC, así como de la revista de narrativa Zona Tórrida de la UC.
Entre otros reconocimientos ha recibido el Primer Premio en el Concurso Nacional de Cuentos Fantasmas y Aparecidos Clásicos de la Llanura (2002), Premio Nacional de las Artes Mayores (2005), Premio Nacional de Poesía Rafael María Baralt (2012), Premio Nacional de Poesía Stefania Mosca (2013), Premio Nacional de Poesía Bienal Vicente Gerbasi, (2014), Premio Nacional de Poesía Rafael Zárraga (2015).
Ha publicado:
En poesía: Zumos (2002). Tramos de lluvia (2007). Caballo de escoba (2011). Salitre (2013). Álbum de mar (2014). Resurrecciones (2015). Truenan alcanfores (2016). Ráfagas de espejos (2016). El color del sol dentro del agua (2021). El gato y la madeja (2021). Álbum de mar (2da edición, 2021. Ensayo y aforismo: La raíz en las ramas (2007). La honda superficie de los espejos (2007). Breve tratado sobre las linternas (2016). Cáliz de intemperie (2009) Trazos y Borrones (2012).
En narrativa: Chismarangá (2005) El nombre del frío, ilustrado por Coralia López Gómez (Editorial Vilatana CB, Cataluña, España, 2007). Orejada (2012). El silencio del mar (2012). El viento y los vasos (2012). La roza de los tiempos (2012). El muñequito aislado y otros cuentos, con ilustraciones de Deisa Tremarias (2015). Clavos y duendes (2016). Maletín de pequeños objetos (Colombia, 2019). La rana y el espejo (Perú. 2020). El Ruido y otros cuentos de misterio (2021). El libro de los volcanes (2021). 20 Juguetes para Emma (2021). Un circo para Sarah (2021). El viento y los vasos (2da edición, 2021). Vuelta en Retorno (Novela, 2021).
(Tomado de eldienteroto.org)
Ciudad Valencia













