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La canción del pirata: respuestas a Pedro Téllez | Luis Alberto Angulo

Pedro Téllez y... con L. A. Angulo

Pedro Téllez es un escritor que cultiva con acierto el ensayo literario, el ejercicio narrativo y la poesía. Por formación y vocación es un analista en sentido literal; un culto e incansable lector de pensamiento crítico que me ha permitido mantener con él un permanente intercambio sobre grandes problemas de la cultura y un diálogo con mi propia obra. Estas son muchas de mis respuestas a la indagación que hace alrededor de mi trabajo. Lo agradezco.

 

DEL MISMO AUTOR: COLOQUIO DEL LIBRO Y LA IA

 

Nací en Barinitas (1950), una población asentada sobre la meseta del Moromoy, en el pie de monte andino del estado Barinas; en este pueblo nacieron también Luis Alberto Angulo Urdaneta, mi padre; el padre de éste, Jesús María Angulo Castellanos; y el padre de aquel, Pedro Angulo Uza, el antecesor más lejano del que tengo referencia por la línea de Barinitas.

Los hermanos poetas Alfredo y Enriqueta Arvelo Larriva, contemporáneos de mi abuelo y nacidos allí, literariamente han sido los mayores referentes para las generaciones de poetas que en esa zona les han sucedido. A mí me impregnaron primero sus respectivas leyendas que sus obras, tengo que decirlo. Sin embargo, el poemario “Sones y canciones” de Alfredo Arvelo, amigo de mi abuelo Chuy, lo leí en su casa y lo tuve muchos años pero lo he perdido. Mi mamá recitaba un soneto de Alfredo, El galante milagro, y papá “Los motivos del lobo”, de Rubén Darío. La poesía de Enriqueta Arvelo la conocí de verdad en los setenta por las antologías de Reynaldo Pérez y Alfredo Silva Estrada, respectivamente, fue un deslumbramiento.

Culturalmente, cuando yo era un niño, el pueblo aún era llanero y andino, después se tornó casi totalmente andino. Muchas veces vi pasar por la calle a pequeños arreos de ganado que llevaban al matadero. Recuerdo entre esos arrieros a los Superlano, a Juan Lucena, a Molina, a Pérez Luzardo y a otros, conduciéndolos por la calle hasta El matadero. La gran metáfora coplera de Dámaso Figeredo: “la soga que se revienta corriendo mismo se empata”, la vi allí en esa calle aún de tierra frente a la casa de los abuelos, un novillo alzado que llevaban amarrado con cuerdas de cuero la reventó y uno de los Superlano corriendo tras del animal unió las cuerdas de nuevo y lo controlaron. Creo que lo enlazaron con otra soga de nailon.

No, no tuve una infancia campesina como refiere el poeta Juan Calzadilla en el prólogo afectuoso de La sombra de una mano, una compilación publicada por Monte Ávila en 2005; sin embargo, estuve rodeado culturalmente de campesinos y llaneros desde niño, y mi infancia y adolescencia están impregnadas de riachuelos, potreros, y del paisaje rural.

Oír cada día el cruce de hablas de andinos y llaneros fue la impronta y el origen del tono de mi poesía.

De Perucho, un tío poeta y pedagogo a quien no conocí, “heredé” un libro de poemas conjuntos de Garcilaso y Jorge Manrique; junto a la “Canción del pirata” de Espronceda y luego el Florentino y el diablo de Arvelo Torrealba, fueron las lecturas que mejor me nutrieron. Tuve mucha suerte que ellos conformen el primer contacto serio como lector.

En la escuela primaria comencé a participar en eventos culturales recitando poemas de Andrés Eloy Blanco, Ernesto Luis Rodríguez y otros poetas de expresión popular. Leí Rimas y Desde mi celda de Gustavo Adolfo Bécquer y todo lo que conseguí de Rubén Darío a quien mi padre admiraba. Sin embargo a mí nunca me gustó La marcha triunfal, y esos poemas de cisnes, descubrí temprano al otro. Los poemas amorosos de Neruda también llegaron en esa época.

Leía mucho, de manera incansable pero sólo empecé a escribir poemas de manera permanente en 1966 cuando me enamoré de una muchacha que llegó al pueblo. Tenía dieciséis años y estuve unos meses becado en el colegio de los salesianos, el Liceo San José, en Los Teques; allí en la biblioteca conocí la poesía de César Vallejo y Vicente Huidobro en una monografía en esténcil para quinto año. Esa lectura me cambió de manera permanente.

Una circunstancia vital determinó mi radicalidad con respeto a eso de asumirme como poeta. Mi generación fue politizada por acontecimientos culturales mundiales como el Mayo francés, la guerrilla sudamericana, los movimientos jipíes y underground.

En 1967 fui postulado como candidato a la presidencia del centro de estudiantes del Liceo Ramon Florencio O’Leary, el más importante del estado Barinas, por el PRIN, el MIR y el PCV, la izquierda de la época, en las elecciones participaron casi mil estudiantes y nuestra plancha ganó ampliamente. Entonces cometí el error de incorporarme al MIR en aquel momento cuando mi apoyo original venía de un movimiento moderado como el PRIN y me quedé sin apoyo real para mi gestión. Mi padre me sacó del liceo entre otras cosas por el mal rendimiento académico que tenía y claro también para protegerme del peligro que me asechaba. Eso fue el comienzo de la “derrota” que alcanzó su grado supremo con el asesinato del Che Guevara ese mismo año.

Fue por esos días que vislumbré con claridad lo que quería hacer de mi vida y supe que mi camino no era otro que el de la poesía sin más nada, pero desde luego, sin nada menos y por ahí me impulsé como si fuera un llamado místico.

Entonces leí bien a Ramos Sucre y a Vallejo, dos voces tan diferentes que juntas me ubicaron en la escritura.

En 1972 me radiqué en Valencia en donde ya había vivido antes un año y es una ciudad que empecé a conocer en los sesentas pues allí vivía mi abuela materna con sus hijos y una nieta.

Antes viví un tiempo en San Felipe con mi padre, que trabajaba en el Central azucarero Río Yaracuy. Allí me encontré con Gabriel Jiménez Emán, a quien ya había conocido en un taller literario en la ULA en Mérida, y entonces me publicó unos poemas en “Talud”, la revista que dirigía.

En San Felipe conocí a Juan Ángel Mogollón, a Lázaro Álvarez, Rafael Garrido, Vladimir Puche, David Figueroa,  los hermanos Barreto, Marcos Pérez, Silva, Estanga, Marín, bueno, a todos los jóvenes que escribían y también a algunos mayores como a Rodríguez Cardenas, poeta de la negritud, al narrador Zarraga y a don Elisio Jiménez Sierra, padre de Gabriel y del ensayista Ennio Jiménez.

La primera persona con gran autoridad que leyó mi trabajo fue Orlando Araujo.

Leyó en Barinitas unos cuadernos y el libro “Contrapunto barinés”, que mi padre se empeñó en registrar con mi nombre. Me escribió de puño y letra una carta preciosa que conservo y que me alentó de manera rotunda a la escritura de la poesía.

La canción del pirata de Espronceda fue uno de los primeros poemas que leí y degusté desde niño. Me veo leyéndolo montado en la hamaca de mi abuelo Chuy en Barinitas y sintiendo en su vaivén el movimiento del bergantín referido por el poeta español; también imaginaba el mar que solo  conocía por el cine y las olas inmensas sobre las que me elevaba en medio de la guerra con otros barcos a los que con intrepidez siempre vencía.

Piratas y corsarios cruzando aquella infinita sabana de agua y ganándole la partida a las coronas europeas de hace más de medio milenio me hacían identificarme con aquellos legendarios hombres de mar cuyo valor desafiaba todos los peligros.

La lectura de La isla del tesoro acrecentó mi admiración por aquellos rudos individuos de gallarda bravura e intrepidez que  cruzaban los mares. En mi imaginario romántico e infantil nunca pensé que en mi vejez vería de verdad a los piratas reales destrozando el país con sus cañoneras cibernéticas.

 

Una conversa con Pedro Téllez

TÉLLEZ: Quisiera comenzar por un lugar esencia, el origen. En ese texto autobiográfico que compartes, hay una frase que me parece una clave poética y vital: “Oír cada día el cruce de hablas de andinos y llaneros fue la impronta y el origen del tono de mi poesía.” ¿Podrías ahondar en cómo ese “cruce de hablas” –más que un dato geográfico– se convirtió en una estrategia del lenguaje, en una musicalidad propia que late en libros como Coplas de la edad ligera?

ANGULO: Es una pregunta central, Pedro. Ese cruce no era solo lingüístico, era un ritmo vital, una manera de ver el mundo. El andino, más contenido, con ese dejo montañés que arrastra y modula; el llanero, más abierto, directo, con un fraseo que viene de la inmensidad de la sabana. En mi pueblo, en la calle, se mezclaban. Eso me dio una conciencia temprana de que el lenguaje no es fijo, es un territorio en disputa y en fusión. Ese tono se vuelve juego, una ligereza aparente que carga con la dualidad. No es el dialecto lo que me interesa, sino la cadencia que nace del conflicto y la armonía entre dos pulsos. Es la voz de quien está en la frontera, y desde ahí nombra.

TÉLLEZ: Esa frontera parece extenderse a otra dualidad fundacional en tu formación: la de los poetas Arvelo Larriva, Alfredo y Enriqueta. Dices que primero te impregnó su leyenda, luego su obra. En el caso de Enriqueta, mencionas un “deslumbramiento” en los setenta. ¿Qué hallaste en ella, tan distinta en registro a su hermano, que resonó en tu propia búsqueda?

ANGULO: Alfredo era el poeta famoso, el amigo mítico del abuelo, una voz familiar y terrenal. Enriqueta fue el descubrimiento de una potencia extraña y desgarrada. Cuando llegué mejor a su poesía a través de las antologías dé Reynaldo Pérez y Silva Estrada, encontré una voz que no hacía concesiones, a una intensidad visionaria. Ahí había despojamiento y una fuerza lírica que me sacudió. Me mostró que se podía ser radical desde lo local, pero trascendiéndolo hacia una condición humana universal y áspera. Ella, junto con Vallejo y Ramos Sucre que descubrí después, me enseñaron que el tono debía ser único, irreductible.

TÉLLEZ: Hablas de “radicalidad” al asumirte como poeta, una decisión que enlazas con el clima político y cultural de fines de los sesenta. Sin embargo, tu poesía no es panfletaria. ¿Cómo se procesa esa radicalidad vital – la derrota política, la muerte del Che – en una poética que, al menos en superficie, parece más afincada en lo íntimo y lo lingüístico?

ANGULO: Fue una radicalización de la mirada, no del discurso. La derrota política fue profunda, me dejó claro que los cambios de cartel no salvan al mundo. Entonces, la única trinchera verdadera, la única resistencia perdurable que vi, fue el lenguaje. No el lenguaje como adorno, sino como exploración de lo real. Cuando digo que “el decir es un hacer”, hablo en serio. La poesía es un acto, un compromiso con la verdad de la percepción. La muerte del Che fue el fin de un sueño épico externo; mi respuesta fue iniciar una épica interna, minúscula y rigurosa, la de nombrar el mundo desde mis propias ruinas y asombros. Lo político está en la honradez de la mirada, no en la consigna.

TÉLLEZ: Esa épica interna tiene un momento de iluminación clara con la lectura de Vallejo y Huidobro en Los Teques. Dos extremos: la carne doliente y la construcción cósmica. ¿Cómo se amalgamaron en tu voz?

ANGULO: Fue un choque, una colisión suprema. Vallejo me permite ir al hueso, a la sintaxis quebrada por el dolor y la compasión. Huidobro me abrió la puerta a un universo autónomo, creado con las leyes de la imaginación. De algún modo, en mi poesía conviven el hombre que sufre en la historia (Vallejo) y el demiurgo que ordena un mundo verbal (Huidobro). El decir también es una reflexión sobre el poder creador y limitado de la palabra. Es el decir que quiere abarcarlo todo, sabiendo que siempre se queda corto, que siempre hay un “desierto del desierto”.

TÉLLEZ: “Desierto del desierto / heme oasis de mí.” Parece la conclusión de esa búsqueda. La conciencia del vacío (el desierto) pero también la afirmación de que la única fuente (el oasis) es el yo que escribe. ¿Es una poética del auto-reconocimiento solitario?

ANGULO: Sí, pero una soledad habitada por voces. El “desierto del desierto” es el grado cero, el silencio previo a la palabra, la aridez de lo real antes de ser nombrado. Y el “oasis de mi” no es un ego inflado, Pedro. Es la conciencia de que la herramienta, el único instrumento para transitar ese desierto y quizás fundar un significado – aunque sea provisional – es la subjetividad, la memoria, el cuerpo propio. Es un oasis precario, hecho de lenguaje, que se evapora y se reconstruye en cada poema. Es ahí donde confluyen el niño que oía a los arrieros, el  militante derrotado, el lector  niño de Espronceda y el joven poeta naciente.

TÉLLEZ: Hablemos de ese niño y de Espronceda. La anécdota de leer “La canción del pirata” en la hamaca del abuelo es impactante. Ahora dices: “en mi vejez vería de verdad a los piratas reales destrozando países con sus cañoneras cibernéticas.” Hay un ciclo que se cierra: del pirata romántico, símbolo de libertad, al pirata depredador actual. ¿Tu poesía ha tenido que aprender a nombrar también esta nueva y más brutal piratería?

ANGULO: Absolutamente. El pirata de la infancia era la figura del rebelde, del aventurero que se enfrenta a los imperios. El pirata hoy es la personificación de la rapacidad sin código, del saqueo institucionalizado. Mi poesía no puede ser ingenua ante eso. No creo que deba volverse explícitamente satírica o narrativa de denuncia, pero su tono se ha cargado de esa conciencia. La “edad ligera” de las coplas tiene ahora el contrapeso de una gravedad histórica. El decir poético, en este contexto, es también un acto de vigilancia, de no dejar que el lenguaje sea usurpado por los nuevos corsarios que vacían las palabras. Es defender el oasis del decir en medio de un desierto que ahora es, también, político y moral.

TÉLLEZ: Después de este recorrido por el origen, las influencias, las derrotas y las epifanías, ¿hacia dónde apunta la brújula de tu escritura ahora? ¿Cuál es el “desierto” que exploras en este momento?

ANGULO: La brújula, curiosamente, apunta hacia atrás y hacia adelante a la vez. Hacia atrás, en el sentido de una depuración mayor, de buscar la esencia de ese tono que se gestó en Barinitas. Hacia adelante, en la necesidad de que la poesía dialogue con este tiempo vertiginoso y cínico sin perder su integridad. El desierto de hoy es más vasto y más ruidoso. Mi exploración sigue siendo la misma: encontrar, en el cruce de todas las hablas que me habitan, una palabra precisa, resistente y – ojalá – luminosa. Como aquella soga de nailon o cuero de los arrieros: que pueda atar lo que se ha roto, que pueda sujetar al animal alzado de la realidad, aunque sea por un instante. Ese sigue siendo el oficio.

TÉLLEZ: Volvamos al inicio, a esa infancia impregnada de voces, de potreros y de una estampa que me parece un poema en sí misma: la imagen de los arrieros —los Superlano, Juan Lucena, Molina, Pérez Luzardo— llevando su arreo por la calle de tierra. Y en particular, esa metáfora de la canta de Dámaso Figueredo que tú viste encarnarse: “la soga que se revienta corriendo mismo se empata”. Me parece que ahí, en ese instante del novillo alzado, la cuerda de cuero que se rompe y la nueva soga de nailon que lo sujeta, hay algo más que una anécdota. ¿Podrías compartir con nosotros cómo esa imagen del “amarrar lo que se ha roto” ha resonado en tu concepción del acto poético? ¿Es acaso esa la tarea última del poeta: empatar la soga rota entre el mundo y la palabra?

ANGULO: Pedro, esa escena es, quizás, una lección poética. Ver al arriero correr tras el animal, recoger los cabos sueltos y unirlos de nuevo, es la metáfora exacta de lo que hacemos. El mundo se alza, se revienta, escapa. La percepción, la emoción, la memoria, son como esa soga que se parte. El poeta corre detrás, agarra los extremos —lo que queda de la experiencia, el jirón de realidad— y los empata. Pero no con el mismo material, porque la vida no se repite; se empata con otro hilo, con el nailon de la palabra nueva, del ritmo inédito, de la imagen que antes no existía. El poema es ese nudo provisional, esa unión frágil y resistente que por un momento detiene la fuga, que da una forma pasajera al caos. No es una restauración, es una reparación con materiales distintos. Y así, poema a poema, vamos remendando el lazo roto con la realidad. Por eso digo que el oficio sigue siendo el mismo: atar lo que se ha roto, sujetar al animal alzado de lo real, aunque sea por un instante. Es un acto de fe en la unión posible, pero sin ingenuidad, sabiendo que la soga puede volver a reventar.

 

Otras interrogantes

TÉLLEZ: Me interesan también tus opiniones sobre el budismo, la música rock, la política, el poeta y el petróleo. Tus amigos pintores (Emiro Lobo, Zavaleta). El departamento de literatura de la Dirección de Cultura de la UC: las Revistas “Poesía” y “Zona Tórrida.

¿La poesía del decir es tu ARS poética?  Cuál es la relación con Ernesto Cardenal? Algo de tu generación. De la siguiente y la anterior ¿Casasola?…

ANGULO: Son demasiadas preguntas importantes que ahondan el acontecer de gran parte de mi vida. No sabría cómo comenzar, iré respondiendo sin orden las que pueda.

 

El budismo:

El budismo creo que siempre me interesó. Un poema de Andrés Eloy Blanco y una novela de Herman Hesse, leídos en mi primera juventud, me imagino, son las referencias más antiguas que recuerdo. Nací entre una cultura católica, bien expresada por mi madre, mi papá era un libre pensador pero buen lector de la Biblia y de temas espirituales. El filósofo que más tocó mis dudas religiosas de adolescencia fue Bertrand Russell con sus libros “Ciencia y religión” y “Por qué no soy cristiano”.  En aquel tiempo leí un poco a Sartre y a Unamuno, por cierto. Intentaba entusiasmarme con las tesis de Jacques Maritain pero no lo logré. Sin embargo, el lenguaje de un filósofo como Soren Kiergegard estimuló el interés por el decir filosófico vinculado a la poesía.

El temprano fallecimiento de mi madre generó la necesidad de una búsqueda religiosa que suponía superada y me replanteó el problema del sufrimiento. Mis lecturas del I Ching, del Taoísmo y de Chuang Tzu, de la poesía china, creo que ellas me ofrecieron y facilitaron hasta cierto punto, una apertura para “entender” la experiencia de la vacuidad.

 

La música rock

No he sido especialmente del rock, en todo caso soy de tendencia jazzística. La referencia que haces sé que la origina uno de mis poemarios con ese título, incluido en mi libro Antípodas. Allí la voz poética es la de un muchacho, una figura inspirada en mi hijo entonces adolescente, quien, por cierto, fue rockero desde niño y me llevó a repensar mi relación con esa expresión musical vinculándola a la indagación respecto al lenguaje propia del poeta y las voces que lo determinan.

 

El Chavismo

Cuando Chávez irrumpió en la política nacional yo no estaba vinculado a ese proyecto, tenía mis reservas, pero los hechos que generó su acción, y su responsabilidad de asumirla, como a la mayoría de mis connacionales, ganó respeto; su viraje a la lucha política pacífica y legal me convenció de sus intenciones. El país vivía una debacle terrible y su acción política le dio de nuevo sentido al país. Lo acompañé sin solicitar prebendas y por el solo gusto de ver la incorporación popular a esa gesta. La generación revolucionaria de los 60 no logró en su momento entusiasmar a las masas en su proyecto político, con Chávez el pueblo exigió a intelectuales y artistas que lo acompañaran. La elección en mi caso fue obvia desde mi modesta condición de poeta.

Venezuela ha podido desarrollar en esa perspectiva un proyecto de país más allá del “patrioterismo” que con grandes dificultades lo ha posicionado geopolíticamente. Aquí sí se produjo una nueva revolución que aún no ha sido estudiada completamente porque es muy difícil hacerlo y los acontecimientos producen un dinamismo increíble.

 

El petróleo

Desde la revista Zona Tórrida me planteé la posibilidad de mostrar un registro de nuestra literatura con el tema petrolero, pero solo logré sacar un número. Al jubilarme nombraron otro director y el proyecto feneció. Posteriormente sacamos “El corazón de Venezuela, patria y poesía” una compilación poética en torno a la idea de país cuya primera edición fue publicada con el apoyo de PDVSA por la colaboración de Hugo Fonseca Arellano. Casi de inmediato este libro fue reeditado por la Presidencia de la República, motivando la campaña de reelección presidencial de Chávez con ese nombre: El corazón de Venezuela que también es el de su principal empresa.

El tema petrolero es fundamental para entender el país, es evidente.

 

Revista Poesía

En 1984 concursé y gané con Antípodas la IV edición del Premio Internacional de la revista Poesía que antes obtuvieron Jim Seguel, Eli Galindo…  A partir de eso Reynaldo Pérez me incorporó a la redacción de la revista, luego fui jefe de redacción. Cuando Adhely Rivero fue nombrado jefe del Departamento de Literatura y director de Poesía, luego de la jubilación de Reynaldo Pérez, fundamos el Encuentro Internacional de Poesía como contribución de esa nueva gestión, el equipo gestor lo formábamos Adhely Rivero, Enrique Mujica y yo que hice la propuesta. De las buenas experiencias allí fue un taller de poesía que coordinamos Enrique y yo.

 

Amigos pintores

Aquí me topé con Emiro Lobo a quien conocí en Barinitas en 1966 junto a Mario Guacaran que venían de Mérida. Con ambos hice una gran amistad. Poetas y pintores pegan bien. También en Valencia hice amistad con Rubén Colombo y con Vladimir Zavaleta.

 

El decir

Creo que cada poema genera su propio arte poético. Un día me puse a leerme a mí mismo y me di cuenta de que mis textos tenían todos algo en común más allá de lo que llaman un estilo. Que eran textos en que en la imagen recaía sobre ellos mismos y cuya pulsión fundamental era la necesidad de decir sin evadir la parte estética. Contrastaban, a mi manera de ver con un tipo de texto que yo sentía no expresaban nada, nada decían y solo eran artilugios de palabras, ejercicios retóricos, entonces se me ocurrió utilizar una categoría que en una ocasión le había oído decir a Enrique Mujica al hablar de un tipo de poesía. Entendí que yo era un poeta del decir, no porque lo había decidido sino que lenguaje mismo así lo había confirmado. Observé pues que había una línea de continuidad en esa poesía mía a la que llamé poesía del decir y fui asociándola a otras expresiones afines, de autores de diferentes épocas e incluso de diversas tendencias. Los poetas del decir pertenecen a una gran familia, muy numerosa y antiquísima. No es pues un estilo o una moda literaria. Sin ninguna duda, Ernesto Cardenal es uno de los grandes poetas del decir. Las formulaciones que él hace del exteriorismo, facilitan la comprensión de lo que queremos señalar.

 

Generación

Yo empiezo mi actividad de escritura a finales de la década del 60. Los poetas que son más afines son Víctor Valera Mora y Lydda Franco Farías. En esa época escribí un poema que se llamó “Y, primera en última o testamentario de estos días”, eran unos poemas largos de los que sólo publiqué parte de uno de ellos en el primer número de la revista ICAM de Barinas fundada y dirigida por Alberto José Pérez. Por supuesto, no soy un poeta de la generación del 60, pero en estricto sentido tampoco del setenta como lo son quienes publicaron libros a inicios de la década como Pérez So, Hernández o el mismo Oliveros. Creo estar ubicado en una generación intermedia entre la del sesenta y la de los ochenta que a mi modo de ver se inicia con la muerte de Gelindo Casasola.

 

Ars poética

Si tengo algún arte poética seguramente es esa, la del decir. Hice una selección de mis poemas con esos rasgos: “Antología del decir”, que me ha permitido ver la búsqueda constante de una poética, no en términos de formulaciones  teóricas sino desde la propia estructura del poema, una reiteración del poema revelando lo que dijimos antes: Creo que cada poema genera su propia arte poética.

 

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LAAR-Luis Alberto Angulo-columna Sábado

Luis Alberto Angulo [Rivas], nació en Barinitas, estado Barinas en 1950. Desde 1972 reside en Valencia (Carabobo). Poeta y articulista.

Bibliografía directa: Antología de la casa sola, Una niebla que no borra, Antípodas, Fusión poética, La sombra de una mano, Antología del decir, Coplas de la edad ligera. 

Premios: “IV Concurso Internacional de la revista Poesía (UC)”, así como de los certámenes nacionales de poesía “Francisco Lazo Martí” y “Rómulo Gallegos”.

Antólogo de: San Juan de la Cruz, Miguel Hernández, Enriqueta Arvelo Larriva, Ana Enriqueta Terán, Gelindo Casasola, Ernesto Cardenal; “Rostro y poesía, poetas de la Universidad de Carabobo”, “El corazón de Venezuela, patria y poesía”.

Coautor con Luis Alberto Angulo Urdaneta de “Viento barinés”; con Luis Ernesto Gómez de “Poetas venezolanos en solidaridad con Palestina, Irak y Líbano”; con Nereida Asuaje de “Lubio Cardozo, Del lugar de la palabra”.

Textos suyos aparecen incluidos en las antologías: “Jóvenes Poetas de Aragua, Carabobo y Miranda” (Fundarte 1978), de José Napoleón Oropeza; “Poetas de Venezuela (Revista Poesía UC), de Reynaldo Pérez Só, y “Barinas, cien años de poesía” (1995), de Leonardo Gustavo Ruiz.

Ha sido invitado en varias ocasiones al Festival mundial de Poesía de Venezuela y a la Feria Internacional del libro de Venezuela (Filven).

 

Ciudad Valencia / RN