Saetas para una travesía
Hay poemas que no buscan la confidencia sino el corte. Que no se escriben para ser compartidos sino para ser clavados. Las tres piezas de Más saetas de Amanaú —«Caridad», «El carrito viejo» y «Moneda»— pertenecen a esa estirpe: la del epigrama punzante, la copla que sentencia, la saeta que, como en el cante hondo, se lanza desde la oscuridad de un anonimato orgulloso hacia el blanco de una herida concreta.
Quien habla en estos textos no canta: dispara. Y al hacerlo construye, de paso, una autofiguración poética tan orgullosa de su desposesión como cargada de una ambición metafísica que merece un examen sin indulgencias.
«Caridad» se abre con una pregunta que es ya un desafío: “No termino de entender por qué me agredes en nombre de algo que no represento”. El poeta se sitúa de inmediato en el lugar de la víctima cuyo único delito es haber sido mal leída. Lo que sigue es una letanía de desprendimientos: no pertenece a gremio ni partido, no ha ejercido poder económico, político o social, carece de bienes de capital o fortuna. Es decir, se presenta como un sujeto vaciado de toda determinación social, como pura subjetividad sin atributos.
Y sin embargo, esa misma enumeración constituye una estrategia defensiva de enorme astucia retórica. Negar toda pertenencia es reclamar inmunidad: nadie puede exigirle coherencia gremial, responsabilidad partidaria ni solidaridad de clase, porque ha renunciado a ellas. Pero esa renuncia es ya una posición política —la del individuo que se piensa fuera de toda estructura—, y además es una posición que se ejerce desde un lugar de enunciación concreto: el del poeta leído por veinticinco mil personas, como sabremos en el tercer poema.
Cuando el yo confiesa “únicamente escribo” y que ha llamado a sus textos “poesía” sin falsa humildad ni pretensión, consuma un gesto de clausura: su palabra es poesía porque él la nombra así. No hay discusión estética posible; la autoridad es autoconferida y por tanto incontestable. El remate —“Como dicen el pueblo; ¿lo tuyo es envidia o caridad?”— es la puñalada definitiva. La pregunta es binaria y capciosa: si es caridad, es paternalismo hipócrita; si es envidia, es resentimiento. En ningún caso crítica legítima. El otro queda descalificado a priori. El poeta, en cambio, queda incontaminado, inocente por vaciamiento.
Si en «Caridad» el enemigo era un agresor genérico, en «El carrito viejo» adquiere rostro concreto: “¡eso no es poesía! / dijo uno”. La descalificación estética que antes se insinuaba ahora se enuncia abiertamente. Pero el dato revelador es lo que el poema enumera como objeto de envidia: “tu manera de hablar, tus amigos y familia; / les molesta el carrito antiguo y hasta tu manera de llegar a viejo”.
El “carrito viejo” es el símbolo de una ética: la austeridad que no se avergüenza, la autenticidad material que no se cambia por el prestigio. Es también, si se quiere, un fetiche de clase: el bien modesto que confiere superioridad moral frente al lujo del otro. Que envidien incluso “tu manera de llegar a viejo” revela que la batalla no es literaria sino existencial: lo que se envidia es una forma de estar en el mundo, una integridad que el otro no posee.
Frente a la sentencia “eso no es poesía”, el poeta no argumenta. No cita tradición, no explica poética, no se defiende. Simplemente “nada te importaba”, y entonces ocurre lo categorialmente violento: “falleció de ira”. La indiferencia es un arma letal. El otro se consume en su propia agresividad mientras el yo permanece intacto, blindado, más allá de toda necesidad de validación. Es la fantasía de omnipotencia del creador autosuficiente: ni siquiera tengo que responderte; tu rabia te matará sola.
Y entonces llega «Moneda», el poema que resignifica todo el tríptico con una imagen de densidad sobrecogedora. Los dos primeros textos podían leerse como desahogos vindicativos; este los convierte en testamento.
El dato con el que arranca es de un prosaísmo casi notarial: “cobra un cuarto de dólar por cada artículo semanal / que leen 25 mil personas”. La poesía, reducida a artículo tasado, vale veinticinco centavos. Es una cifra miserable que habla de la precarización del trabajo literario en el mercado cultural transnacional —el dólar como moneda, el público masivo y lejano—. Pero ese quarter no va al bolsillo del poeta: es “para el balsero”.
Aquí el análisis debe ser preciso y firme. El balsero no es solo el migrante que se lanza al mar en una embarcación precaria. En el horizonte simbólico del poema, ese balsero es fundamentalmente Caronte, el barquero del Hades, el psicopompo que exige un óbolo para transportar las almas a la otra orilla. La moneda en la boca del muerto, el pago por la travesía última. Quarter es óbolo; el artículo semanal, moneda de paso.
¿Qué transporta este Caronte? “los despojos del poeta”. La palabra despojos es ferozmente ambigua: son los restos mortales, pero también las ruinas de una obra, lo que queda después del expolio. El poeta se ha vaciado en sus textos y lo que resta —lo que él mismo es— son despojos que necesitan un balsero para cruzar.
El cierre es de una ironía trágica. La frase tuerce la Bienaventuranza evangélica —“Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la Tierra” (Mateo 5,5)— y la subvierte con una inversión de signo. Jesús promete la herencia del mundo a los pobres, a los mansos, a los que nada tienen. Pero este poeta no se proclama manso ni pobre: se dice rico. Y sin embargo su riqueza, tasada en un cuarto de dólar por artículo, solo alcanza para pagar su propio funeral.
La contradicción es deliberada y desgarradora. El poeta que en «Caridad» negaba toda posesión ahora reclama una riqueza que es puramente espiritual, estética, metafísica: la poesía misma como heredad cósmica. Pero esa riqueza inmensa coexiste con la moneda mínima, con el exilio, con la muerte, con la travesía marítima que es también tránsito hacia lo desconocido.
Leídos en conjunto, estos tres poemas configuran un artefacto de autofiguración tan astuto como vulnerable. El poeta se construye como desposeído y a la vez heredero del cosmos; como indiferente a la crítica y a la vez profundamente herido por ella; como ajeno al poder y a la vez capaz de matar con su indiferencia; como humilde y como megalómano sublime.
Las saetas se disparan contra el enemigo, pero la trayectoria del dardo no es solo centrífuga. Al final, como en «Moneda», el proyectil regresa al punto de partida: el poeta se ve a sí mismo reducido a despojos, pagándose su propio pasaje al otro lado con las monedas de una poesía que el mercado tasa en centavos y que él, en la soledad de su fe estética, declara riqueza bastante para heredar la Tierra.
Amanaú nos deja sin consuelo y sin victoria fácil. La envidia del otro es letal para el otro; pero la propia poesía, aquí, solo alcanza para pagarle a Caronte. Del otro lado del mar aguarda la Tierra prometida. O quizá solo el silencio.
DEL MISMO AUTOR: DEL UNIVERSO MÍSTICO DE ERNESTO CARDENAL
Caridad
No termino de entender por qué me agredes en nombre de algo que no represento.
No pertenezco a gremio
ni a partido alguno.
No he ejercido poder económico, político o social.
Carezco de “bienes de capital” o de “fortuna”.
Únicamente escribo
y sin falsa humildad
ni pretensión alguna
he llamado a mis textos
poesía.
¿Por qué ello te molesta
al igual que mis ideas
que no valoras como tales
y tampoco entiendes?
Como dice el pueblo; ¿lo tuyo es envidia o caridad?
El carrito viejo
Hay gente que envidia
tu manara de hablar, tus amigos y familia;
les molesta el carrito antiguo y hasta tu manera de llegar a viejo;
¡eso no es poesía!
dijo uno y al percatarse que nada te importaba
falleció de ira.
Moneda
Cobra un cuarto de dólar por cada artículo semanal
que leen 25 mil personas;
un “quarter” para el balsero
que llevará a la otra orilla los despojos del poeta
que dijo: “soy un hombre rico, heredaré la Tierra”.
2025
TE INTERESA:
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Luis Alberto Angulo [Rivas], nació en Barinitas, estado Barinas en 1950. Desde 1972 reside en Valencia (Carabobo). Poeta y articulista.
Bibliografía directa: Antología de la casa sola, Una niebla que no borra, Antípodas, Fusión poética, La sombra de una mano, Antología del decir, Coplas de la edad ligera.
Premios: “IV Concurso Internacional de la revista Poesía (UC)”, así como de los certámenes nacionales de poesía “Francisco Lazo Martí” y “Rómulo Gallegos”.
Antólogo de: San Juan de la Cruz, Miguel Hernández, Enriqueta Arvelo Larriva, Ana Enriqueta Terán, Gelindo Casasola, Ernesto Cardenal; “Rostro y poesía, poetas de la Universidad de Carabobo”, “El corazón de Venezuela, patria y poesía”.
Coautor con Luis Alberto Angulo Urdaneta de “Viento barinés”; con Luis Ernesto Gómez de “Poetas venezolanos en solidaridad con Palestina, Irak y Líbano”; con Nereida Asuaje de “Lubio Cardozo, Del lugar de la palabra”.
Textos suyos aparecen incluidos en las antologías: “Jóvenes Poetas de Aragua, Carabobo y Miranda” (Fundarte 1978), de José Napoleón Oropeza; “Poetas de Venezuela (Revista Poesía UC), de Reynaldo Pérez Só, y “Barinas, cien años de poesía” (1995), de Leonardo Gustavo Ruiz.
Ha sido invitado en varias ocasiones al Festival mundial de Poesía de Venezuela y a la Feria Internacional del libro de Venezuela (Filven).
Ciudad Valencia/RN/ Foto portada: Manuel Esquivel (La Prensa)












