María A. Rendón-columna-Don Juan
María Alejandra Rendón, autora de la columna Nos (Otras)

¡Todos los derechos, menos el de cansarse!

La carga mental es un término ampliamente utilizado para valorar los niveles de salud laboral, sin embargo, puede ser trasladado a cualquier otro contexto. Está relacionado con las tensiones inducidas por el medio hacia determinada persona y más específicamente al cúmulo de exigencias que emanan de los distintos espacios en los cuales nos desenvolvemos y que amenazan la estabilidad psicológica.

A través de algunos estudios recientes se ha demostrado que la carga mental, a pesar de que no es un hecho que experimenten solo las mujeres, sí son éstas las que lo padecen en mayor cuantía; estamos hablando de un 71%  frente a un 12% de los hombres que llega a experimentarlo.

Es un hecho que la familia, tal y como la conocemos, se ha venido transformando en las últimas décadas y también la repartición de responsabilidades dentro de la misma, no obstante, en la mayoría de estas, la logística, planificación, coordinación y toma de decisiones diarias recaen en las mujeres de manera muy particular, y esta situación se ve intensificada con la maternidad.

Debido a la concepción que se tiene del carácter casi exclusivo de la crianza por parte de las mujeres, es posible que en esa labor se sumen un conjunto de tareas ineludibles, rutinarias y agotadoras, lo cual se acentúa en los casos de las familias monoparentales, cuya cifra en nuestro país supera el 40%.

El trabajo del hogar, la crianza exclusiva, el seguimiento escolar, la alimentación, el cuido, ordenamiento y planificación de la mayoría de los asuntos relacionados con el hogar inciden de manera profunda en los niveles de estrés y, lo más importante, se consideran “tareas de ellas” o “labores femeninas”, cuando no son más que tareas feminizadas; aquellas que surgen de la división sexual y social del trabajo.

Estamos hablando de tareas no remuneradas que son asumidas de manera “natural”, debido a la forma diferenciada en la que cada persona, de acuerdo a su sexo, desarrolla un rol de género dentro de la sociedad. En resumen, se nace mujer y la sociedad exige que se cumpla cabalmente con ese papel y también cuestiona el hecho de delegar en otro, u otra, parte de esas tareas inherentes a su género.

Por esta razón, desde que nacemos, somos familiarizadas con las tareas que desarrollaremos en la vida; existe un condicionamiento gradual y sostenido para garantizar que las mujeres, incluso, se sientan a gusto en el esmero excesivo, en la explotación ilimitada que el sistema ejerce sobre ellas sin remunerar o valorar en la dimensión correcta; de hecho, se asumen como labores femeninas aquellas que “requieren menor esfuerzo” y están vinculadas a la protección o cuido del resto y al esfuerzo invisible que existe detrás del trabajo remunerado.

El patriarcado nos ha convencido de que, aun cuando participemos activamente y con éxito en el mercado laboral, no estamos eximidas de aquellas tareas que nos convierten en “buenas mujeres” o “mujeres abnegadas”. El 60% de mujeres que están insertas en la dinámica laboral asume, la mayoría de veces, todas las demás tareas de cuido y mantenimiento de sus casas, así como la mayoría de los compromisos relacionados con la crianza. Su rol de proveedoras no las separa en ningún momento de esas “obligaciones”.

La sociedad suele ser extremadamente punitiva con las mujeres que se distancian del rol de madre-esposa ideal, o con aquellas que no cumplen cabalmente con ese estereotipo. En otras palabras, el hecho de compartir la carga económica del hogar no las libera del resto de las tareas. Y la negociación en cuanto a la ejecución compartida de esas labores, en una apuesta a la equidad, no siempre se hace de manera justa; la desventaja que campea es enorme, por no decir que abismal.

La carga mental, en tanto, es afectada por el género. La lista de tareas y preocupaciones constantes que ocupan la mente de las mujeres es interminable y, además, diferenciada. La carga mental se incrementa cuando existen compromisos profesionales o académicos y, también, adquiere matices en relación a la posición de clases. Estamos hablando de la triple carga (trabajo/crianza/hogar) que está afectando enormemente la salud física y mental de las mujeres, además porque el margen de falibilidad es realmente estrecho; la sociedad ejerce una presión distinta y constante hacia estas, vigila su accionar, por lo que cualquier descuido, atraerá las más vehementes críticas.

Por poner un ejemplo, las mujeres a lo largo de la vida han sido responsabilizadas hasta de la apariencia del resto de la familia, principalmente el marido. El mal aspecto de la casa, o el bajo rendimiento de los hijos e hijas en la escuela, raras veces señalará al hombre o a ambos como responsables, cualquier afectación de salud relacionada con la dieta o hábitos también será, en buena parte o de manera exclusiva, su responsabilidad. La sociedad penaliza a las mujeres que no satisfacen el ideal estereotipado, y las mujeres harán lo posible por dibujarse y construirse en esos parámetros en procura de aceptación y porque, después de todo, consideran que es su deber, dado que así se les ha enseñado.

A pesar de que estamos siendo testigos de enormes avances para construir una equidad sustantiva en el ámbito laboral y doméstico, estas transformaciones no siguen un  recorrido paralelo y el margen de desigualdad en el espacio personal incide en la salud y calidad de vida de las mujeres.

La introducción de la perspectiva de género en la práctica psicológica, y en muchos ámbitos relacionados a la salud, ha permitido poner en relieve las asimetrías propias contenidas en el sistema de género y su conexión directa en cómo las afectaciones son asimiladas. La mayoría de mujeres no es consciente del todo de la carga mental que las afecta, aunque tengan síntomas visibles de la misma: cansancio mental y físico, ansiedad, depresión, stress, desequilibrios hormonales, trastornos de sueño, sensación de culpa, agotamiento, fatiga  crónica, etc. Desde esta perspectiva se pretende problematizar en torno al reparto desigual de las labores de cuido y crianza en el hogar, unidas al desenvolvimiento profesional o laboral y su impacto en la subjetividad femenina.

La OMS (1993) define la Salud Mental como “un estado de bienestar en el cual el individuo es consciente de sus propias capacidades, puede afrontar las tensiones normales de la vida, puede trabajar de forma productiva y fructífera y es capaz de hacer una contribución a su comunidad”. También insiste es que “es un estado de bienestar físico, metal y social y “no solamente la ausencia de enfermedades”; es decir, un estado de bienestar subjetivo  en el que existe conformidad ante los resultados de un proceso que exige una vinculación que no sobrepase en límite de las capacidades físicas y mentales. Lo peligroso de la carga mental excesiva de las mujeres es lo normalizada que está y, por lo tanto, su presencia permanente a lo largo de nuestra vida.

Emocionalmente, la carga mental genera malestar cotidiano o altos niveles de auto-exigencia. Las labores de cuido hacia los demás miembros de la familia y todo lo que eso implica son inversamente proporcionales a las tareas de auto-cuidado. Los niveles de frustración, irritabilidad  y sensación constante de inconformidad o confusión hacen que la calidad de vida de las mujeres y su potencial de crecimiento sean truncados.

En el espacio familiar, por lo general, la administración de las tareas no se discuten, muchas de ellas son asumidas por las mujeres sin objeción; por el simple hecho de ser mujeres.  Siendo que los hombres son seres igualmente funcionales y anatómicamente dotados para ejercer las tareas del hogar, lo que les separa de ellas (con excepciones) es un componente socio-cultural que ha costado remover. Las mujeres terminan ejerciendo tareas básicas que cualquier hombre adulto o hijos e hijas adolescentes pudieran facialmente ejecutar,  a no ser por el mandato social sexista que estandariza los roles a cumplir en el ámbito doméstico y que termina convirtiendo a las mujeres de la familia en una servidumbre no remunerada y que ejerce esa “función” de por vida.

Muchas veces las responsabilidades contenidas en el espacio familiar son incompatibles con el desenvolvimiento laboral, el cual demanda crecimiento, mayor rendimiento y eficacia. Este escenario produce enormes tensiones, porque es ahí cuando la carga mental sobrepasa, sin que las mujeres nos demos cuenta o lo confesemos, y entremos en un escenario inmanejable sin ser auxiliadas.

La carga mental es el depósito constante de múltiples tareas a desarrollar y que tácitamente nos corresponden. Por ejemplo, es habitual que las mujeres lleven la agenda familiar, apoyen en la tareas escolares, administren los alimentos e insumos, lleven el control del pago de servicios, la agenda de vacunación de los hijos e hijas, asistan a los compromisos escolares, participen en las instancias de organización vecinal, laven, planchen, ordenen, garanticen (la mayoría de veces) la comida preparada, inscriban a los hijos, sean su soporte emocional, hagan seguimiento constante a las rutinas de cada cual y se ocupen de su cabal cumplimiento, atiendan las mascotas, cuiden de plantas y mantengan la higiene de los espacios comunes, lleven un plan de ahorros, acompañen en actividades extraescolares, cuiden en caso de enfermedad de algún miembro de la familia y un largo etcétera que pronostica y llega a concretar estados de extremo peligro mental.

Marta Giménez, doctora en psicología, afirma: “La carga mental  en el ámbito doméstico se comprende mejor si analizamos la relación entre los géneros y la influencia en la salud emocional”. De acuerdo a ello es necesario reflexionar sobre la necesaria y urgente construcción de equidad en los espacios públicos y privados. Las reglas del espacio doméstico han sido, desde hace siglos, réplicas exactas de las reglas asumidas desde el consenso masculino para el dominio del espacio público. La familia es el espacio en el que se erige y multiplica la lógica patriarcal basada en la inequidad, en la desigualdad y la explotación.

 

LEE TAMBIÉN: “¡ESO SÍ ESTÁ RICO!”

 

La pobreza es un factor que influye en el desenvolvimiento de las mujeres. La precariedad y el padecimiento tienen, la mayoría de veces, rostro de mujer; fenómeno que se define como feminización de la pobreza.  En la mujer pobre recae, con mayor rigor, toda la carga, incluyendo la mental, porque está obligada a un reajuste permanente de su cotidianidad en relación a sus concretas limitaciones, por lo tanto experimenta mayores niveles de auto exigencia en función de satisfacer el ideal de mujer o de madre-esposa con mayores restricciones  y vicisitudes. De manera que la vulnerabilidad mental y psíquica es una realidad manifiesta.

Escapar de la carga mental no es tarea fácil, ni mucho menos se supera haciendo que las mujeres se hagan cargo de la misma, no se trata de relajarse tampoco con ofertas temporales o paliativas. El tema de fondo esta ceñido a la violencia estructural y orden desigual que lo sostiene y que, desde hace siglos, ha venido confeccionando un modelo estereotipado de mujer en el que le han sido confiscadas sus libertades individuales.

La superación de la carga mental, como producto de las profundas asimetrías, amerita un cuestionamiento en la forma como ha sido concebida la familia como expresión sintetizada de todas las demás relaciones de poder. La explotación de las mujeres en el espacio doméstico es una realidad silenciada u oculta bajo el velo de lo privado; espacio al cual se traslada la lógica patriarcal que defiende y reafirma el poder masculino y, por tanto, respalda sus privilegios.

La única manera de liberar a las mujeres de la carga mental es superando las fórmulas desiguales  y construyendo consensos que promulguen y sostengan una práctica equitativa en todos los espacios de decisión tanto públicos como privados. Es decir, distribuir de manera justa las responsabilidades y apostar por el bienestar mental colectivo sin distinción del género.

 

***

 

María Alejandra Rendón Infante (Carabobo, 1986) es docente, poeta, ensayista, actriz y promotora cultural. Licenciada en Educación, mención lengua y literatura, egresada de la Universidad de Carabobo, y Magister en Literatura Venezolana egresada de la misma casa de estudios. Forma parte del Frente Revolucionario Artístico Patria o Muerte (Frapom) y es fundadora del Colectivo Literario Letra Franca y de la Red Nacional de Escritores Socialistas de Venezuela.

PREMIOS

Bienal Nacional de Poesía Orlando Araujo en agosto de 2016 y el Premio Nacional de Literatura Stefania Mosca 2019 en poesía.

PUBLICACIONES

Sótanos (2005), Otros altares (2007), Aunque no diga lo correcto (2017), Antología sin descanso (2018), Razón doméstica (2018) y En defensa propia (2020).

 

Ciudad Valencia