En el siglo XVIII, cercano el nacimiento de  Simón Rodríguez y mucho antes de que ocurra el de Andrés Bello, en Europa y en Venezuela han acontecido algunos hechos que inevitablemente influirán en la personalidad y obra de nuestros dos maestros, entre otros: la presencia de la Compañía Guipuzcoana, las proyecciones (contradictorias muchas veces) del “Despotismo Ilustrado”, la fundación de la Universidad Real y Pontificia de Caracas ( y la evolución en ella de los estudios de ciencia y filosofía), la declinación de los Jesuitas y de la Inquisición, el sorprendente fenómeno musical de la Escuela de Chacao y la fundación de la estética como rama de la filosofía.

En 1733 arriban a La Guaira las primeras naves de la Compañía Guipuzcoana, que va a iniciar un comercio monopólico con esta provincia, inicialmente benéfico para el enriquecimiento de los mantuanos, quienes se conocerán como “grandes cacaos”. En estos primeros buques de la Guipuzcoana arriba un cargamento de libros, cuyos títulos y autores aún son desconocidos, pero que inauguran un nuevo tráfico bibliográfico.

Posteriormente, los grandes comerciantes y terratenientes locales, ya enriquecidos, ven una traba para su crecimiento en el monopolio ejercido por la Compañía Guipuzcoana. Como reacción, en 1749 se produce la insurrección del canario Juan Francisco de León, que va a acampar entre sus paisanos, por los alrededores de la plaza Candelaria, de Caracas, provocando la huida del gobernador de la provincia hacia La Guaira; por lo cual, el Cabildo, por primera vez, asume el gobierno frente al vacío político existente, con incalculable proyección en el futuro independiente de la provincia de Venezuela. Una nueva rebelión de Juan Francisco de León, en 1751, fracasa; es hecho prisionero y muere en tal condición; su casa, en La Candelaria, fue demolida y su solar fue sembrado con sal, para que allí no germinase planta alguna.

 

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Por los lados de El Tocuyo se había enarbolado, con insolencia, la palabra “patria”, dentro del levantamiento contra la Guipuzcoana, y un hijo del mismo Juan Francisco de León, que no retornó de la prisión a esta provincia sino en la vejez, había hablado, en un documento de 1751, de la “obligación de defender nuestra patria”.

Como observamos, ya una institución política (el ayuntamiento) había asumido la autoridad y representación de la Provincia de Venezuela y el término “patria” resurge, para proyectar nuestro imaginario en sentido autónomo. Enrique Bernardo Núñez advierte que mucho antes se usó, entre nosotros, la palabra patria: “Los señores del Cabildo se titularán a sí mismos ¢ Padres de la Patria”, en una nota asienta: “Esta expresión ¢Padres de la Patria¢ o ¢Padres de la República¢, se encuentra mucho antes de la Independencia en las actas del Cabildo de Caracas. V. Actas de 1º. de enero de 1715, 10 de mayo de 1776 y 18 de enero y 8 de junio de 1782.También se lee en la de 28 de enero de 1799”.

En medio del sismo político provocado por Juan Francisco de León, nace, entre sus paisanos canarios, en 1750, Francisco de Miranda. Este último es hijo de un rico comerciante canario, don Sebastián de Miranda, a quien, en un litigio, reconocido como propio del estilo barroco de nuestra provincia, los mantuanos le niegan el uso del título de capitán y de bastón conferidos por el Capitán General Solano, en 1764, por lo cual las aguas siguen corriendo bajo el molino del descontento y el resentimiento de los canarios.

En este año de 1764, el adolescente Francisco de Miranda ingresa a un curso de Artes (“denominación escolástica tradicional de los estudios de filosofía”) en la Pontificia y Real Universidad de Caracas y no resulta difícil imaginarse el conflicto que representaba para este adolescente de catorce años, entre jóvenes de edad similar, la afrenta social sufrida por su padre. Padre e hijo parecen coincidir en el afán de reivindicación de su linaje, que, por circunstancias de la historia, desembocará en la pasión independentista de Francisco de Miranda.

El curso de la monarquía española influye decisivamente en los acontecimientos de las colonias de ultramar. En 1759 había muerto Fernando VI y Carlos III había accedido a la corona de España, profundizando la política del “Despotismo ilustrado” de su antecesor. Este último se rodeó de intelectuales como Jovellanos y Campomanes, con una nueva visión de la sociedad, la economía, la educación, la ciencia y la tecnología. Por ello, no resulta extraño que una Real Cédula de Carlos III, en 1770, ratificara los derechos de don Sebastián de Miranda, en el pleito contra los mantuanos.

 

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Juan Medina Figueredo

Juan Medina Figueredo (Aragua de Barcelona, 1947): Polígrafo de raza, ha incursionado en la poesía, el ensayo literario y el análisis socio-político. Su rebeldía política y cultural no es panfletaria sino solidaria, al punto de estar bien aliñada por su bondadosa personalidad. No se le puede reclamar nada, pues sus convicciones ideológicas y su quehacer escritural apuntan a una conciencia ética y espiritual inconmovible.

Entre sus libros contamos “Reverberaciones” (1995, poesía); los ensayos “La Terredad de Orfeo” (dedicada al poeta Montejo) y el libro comuna que es “Siglo XXI, educación y revolución” (2010) con su estructura en redes que comunica la crónica y el ensayo; el volumen de cuentos “La Visita del Ángel” (2010) y la novela “Por un leve temblor” (2014). Con estos dos últimos ganó el premio de narrativa de Fundarte y una mención de publicación del mismo sello editorial, respectivamente. Que nosotros sepamos, caso único en este certamen literario.

Su poesía ha sido publicada en dos colecciones poéticas importantes como “El Corazón de Venezuela. Patria y Poesía” y “Rostro y Poesía” de la Universidad de Carabobo. Su periplo literario apuesta por un decir directo y no mediatizado por los discursos académicos autorizados. (Reseña de José Carlos de Nóbrega)

 

Ciudad Valencia/RM