«Los cines: mitos de la ciudad», por Douglas Morales

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«Sácala, llévala al cine, cómprale un ramo de flores» recomienda Oscar D’ León en su salsa «Detalles» y verdaderamente la experiencia de ir con la novia al cine resultaba excepcional, con el riesgo de luego no recordar la trama de la película.

Nuestros abuelos y padres centraron en las salas de cine unas de sus mayores atenciones.  Era todo un acontecimiento ir a la plaza Bolívar valenciana y escoger entre el cine «Teatro Centro», situado en el «Pasaje» del mismo nombre, el tradicional «Imperio» o, cerca, en la calle «Libertad», optar por el «Tropical» con películas subidas de tono en función de media noche, o el «Lid» apenas a unas cuadras.

Cada parroquia contaba con una o dos salas de cinematógrafo.  Quizás la que más llegó a ostentar fue la parroquia San José, con cines de series semanales como el «Díaz Moreno».  El familiar y un poco «santurrón» «El Viñedo» con programación férreamente dirigida por la Iglesia, con sus presentaciones siempre censura «A», especial para amoríos inocentes.

Era tanta la concurrencia que se ofrecían diversas funciones: «vermut, matinée, vespertina, noche y trasnoche» para los más atrevidos.

Quien desee respirar el ambiente prevaleciente en muchas de esas desaparecidas salas de entretenimiento basta con ver el genial  film «Cinema Paradiso» del no menos genial realizador italiano Guissepe Tornatore.

Con la llegada de los auto – cines la cosa cambió a tal punto que eran las cornetas de los vehículos los protestantes preferidos.

El cine como fenómeno creó la llamada época de la imagen y cumplió una importante función cultural y también de colonización mental como lo demostró el cinéfilo Rodofo Izaguirre en sus inmortales programas en Radio Nacional de Venezuela: «El cine: mitología de lo cotidiano».

La llegada de la televisión marcó el inicio del fin de nuestras tradicionales funciones de cine. Las nuevas salas o teatros repuntaron con la proliferación de los nuevos centros comerciales como el CCP «Avenida Bolívar» con su Cine «Alfa» o las múltiples salas del Sambil.  Incluso, en un intento por sobrevivir diferenciándose, el CC Patio Trigal con una interesante alianza con cineastas de la Universidad de Carabobo expusieron verdaderas joyas del cine, donde recuerdo a «Candilejas» del genio progresista Charles Chaplin.

Pero la suerte estaba echada, el arrasante esplendor de las viejas salas se derrumbaba para siempre, ni el cine «Camoruco» se salvó, contrario a las iniciativas remodelatorias municipales en Caracas que revivieron los teatros «Alameda» y «Rialto.

Solo queda a pie firme soportar la nostalgia de un tiempo irrecuperable.

Justo es finalizar diciendo que las actrices y actores del grupo cultural «Frapom» luchan para la conservación de las instalaciones del mencionado teatro «Imperio».  Buen viento y buena mar jóvenes.

 

DEL MISMO AUTOR: La gloria de la plaza La Glorieta

 

 

Ciudad Valencia / Douglas Morales Pulido