Desde la mirada de la educación en patrimonio cultural que transmite, documenta, promociona y enriquece, hablaré del municipio Rómulo Gallegos, estado Apure y sus elementos asociados, declarados Bien de Interés Cultural por el Instituto del Patrimonio Cultural (IPC), según Providencia Administrativa N° 003/05 del 20-02-2005, Gaceta Oficial N° 38.234 del 22-07-2005. Toda vez, como Portadora Patrimonial de la Nación (Gaceta Oficial N° 43.127 del 14-05-2025).
En el vasto latido de los llanos venezolanos, donde el horizonte se confunde con el cielo y el estero guarda la memoria de leyendas y coplas, se levanta con altivez el municipio Rómulo Gallegos. Su capital, la entrañable y musical Elorza, no es solo un punto en el mapa: es el altar donde la venezolanidad cobra ritmo de pasaje y el arpa dialoga con el viento. Recorrer sus tierras es adentrarse en la poesía viva de un pueblo que canta su historia con el orgullo de quien abraza sus raíces más profundas.
El latido de Rómulo Gallegos
Hablar de Elorza es asomarse al ventanal de la patria buena, fundada en 1774 por la mano paciente del padre Justo de Granada a orillas del majestuoso río Arauca, esta tierra nació entre brisas de sabana y desafíos de frontera. Aquella incipiente Aldea Azero, recordada también en el murmullo popular como el Paso del Viento, albergaba apenas unas veinte casas alineadas con humildad frente a la corriente fluvial. Cosas entrañables de nuestra historia: la casa de don Miguel Borjas, uno de sus fundadores principales, tenía el misterio y la gracia de compartir su espacio entre la soberanía de Venezuela y las tierras hermanas de Colombia, abrazando en su mismo techo dos patrias.
El tiempo, que es testarudo y sabio, esculpió el nombre definitivo de Elorza en honor al comandante José Andrés Elorza, valiente héroe de nuestra independencia. Y aunque el fuego intentó en dos ocasiones borrar sus huellas reduciendo a cenizas sus antiguas estructuras, el pueblo resurgió siempre con la fuerza indomable de sus esteros. Hoy, caminar por sus calles es transitar por un mapa vivo de la música criolla. Por iniciativa del inolvidable gobernador Benicio Altuna de Torrealba, calles y avenidas llevan con orgullo los nombres de quienes han hecho latir el corazón musical de nuestra patria: Teo Galíndez, el Pollito de Orichuna, Pedro Sosa Caro, Cristina Maica, Reina Lucero, el inmortal Simón Díaz, Alfredo Parra, Pedro Thelmo Ojeda, Rumy Olivo, Víctor Veliz, Mayra Tovar, Jorge Guerrero, Omar Moreno, El Cubiro, Francisco Montoya, Cristóbal Jiménez, José Archila, Dámaso Figueredo, Ignacio Indio Figueredo, Domingo García, Armando Martínez, Norman Guevara, José Gregorio Rabago y Carlos Guevara. Sus avenidas principales resguardan también la memoria de gigantes como José Alí Nieves, El Carrao de Palmarito, Reinaldo Armas, Eneas Perdomo y el entrañable Paseo Alma Llanera.
MÁS DE LA MISMA AUTORA: MUNICIPIO PÁEZ: ESTADO APURE
Plazas, templos y la arquitectura de los años dorados
En el corazón de este pueblo florece la Plaza del Folklore, edificada en la segunda mitad del siglo XX como un templo al aire libre donde la cultura llanera encuentra su sitio de honor. Su arpa monumental en el pedestal central dialoga con corredores de concreto y áreas verdes que cobijan la tertulia diaria de lugareños y visitantes. Muy cerca, la histórica Plaza Bolívar de Elorza, vecina inseparable de la iglesia San José, nos regala la elegancia de su fuente de tres circuitos sostenidos por ángeles y querubines, flanqueada por bancos de medialuna y un busto del Libertador esculpido por Fernando Castillo, un refugio de paz donde la historia republicana se funde con la sombra fresca de los árboles.

La fe y la devoción de este pueblo se cobijan bajo el techo de la Iglesia San José de Elorza. Testigo silencioso de los siglos, este templo de muros de ladrillo rojo y torres imponentes guarda en su interior campanas de bronce que resuenan desde 1847. Aunque el barro batido y la palma original cedieron paso al concreto tras embates del tiempo y desplomes inevitables, la devoción jamás se quebró; hoy se alza firme como el espíritu de su feligresía, que cada marzo se congrega para celebrar con fervor las fiestas patronales más criollas de nuestro mapa.
Las construcciones de Elorza guardan secretos de baúl antiguo, las casas de antaño, levantadas entre las décadas de los veinte y treinta, conservan la impronta de una época en la que el bahareque y la guasdua cedieron ante el adobe, los ladrillos rojos y los techos de zinc a dos aguas. Aunque muchas de estas joyas sufren hoy los achaques del olvido y la intemperie, sus fachadas rectangulares y aleros cortos nos susurran historias de familias fundadoras.
Entre ellas destaca la legendaria Casa Pavo Real, de la familia Puerta, con sus imponentes paredes de tierra amarilla y anchos portones; la casa de la profesora Leida de Parra, testimonio vivo de la arquitectura tradicional; y la entrañable Casa La Eugeniera, réplica amorosa construida en 1965 y bautizada en honor a don Eugenio y María Guerrero. Sus puertas de madera azul, traídas en el histórico barco Amparo desde Ciudad Bolívar allá por 1940, conservan intacta una aldaba de bronce que parece llamar todavía a los viajeros cansados de la sabana.
No menos fascinante es la Casa de la familia Puerta, una edificación comercial del siglo XIX donde la memoria popular asegura que su fundadora, María Puerta, resguardaba sus riquezas en el ala sur, ganándose el poético apodo de «el patio que brilla». Y en el rincón urbano donde antaño funcionó el único cine del pueblo, la antigua casa de don Pedro Andrade y su esposa Ana, con sus puertas de madera de corazón de cedro y zaguanes tradicionales, sigue albergando la calidez humana que caracteriza al gentilicio elorzano.
Caminos de hierro, aguas altivas y sabanas infinitas
El desarrollo y la comunicación del municipio tienen hitos entrañables, como el histórico Puente Don Lauro Carrillo sobre el río Arauca, erigido entre 1987 y 1989 por la empresa VAN-DAM. Bautizado en honor al canoero mayor, esta monumental estructura de hierro vino a desposar las dos orillas que antes se unían únicamente con el esfuerzo paciente de las chalanas. Asimismo, la memoria de los cielos elorzanos revive en la rústica pista de aterrizaje promovida en 1943 por el comandante Efraín Cárdenas y los terrenos donados por don Manuel Fuentes, un espacio que hoy descansa en desuso pero que guarda el eco de las primeras aeronaves que rompieron el silencio de la sabana.
Siguiendo el compás del viento apureño llegamos a la histórica población de La Trinidad de Arichuna, declarada patrimonio histórico por haber acogido en 1816 la instalación temporal de una junta de gobierno patriota. Organizada en doce cuadras conocidas como carreras y surcada por las avenidas Bolívar y Pedro Camejo, Arichuna es tierra de hidalguía. Sobre el caño homónimo se alza el sólido puente de concreto armado, una obra vital de veinte metros de longitud que desafía las crecidas invernales y garantiza el pulso cotidiano de la comunidad.
Y si de vastedad y riqueza productiva hablamos, es imperativo alzar la mirada hacia el Hato San Felipe. Con sus ciento veinticinco mil hectáreas de sabanas fértiles, sin cercas ni ataduras artificiales, situado a pocos kilómetros de la zona, San Felipe ha sido refugio de cimarroneras, cuna de la Laguna del Término y eterno protagonista en los documentos sobre los límites soberanos de la patria. Propiedad en otros tiempos de la familia Uncein y más tarde adquirido por ilustres elorzanos como don Carlucho Calzadilla, don José María Vásquez, los Guerrero y don Ricardo Borjas, hoy subsiste como un vecindario fraterno donde las familias conviven al ritmo de la naturaleza virgen.
El agua en Apure no es solo paisaje; es sangre, camino y sustento. El Río Arauca, nacido en las faldas de la cordillera de Pamplona y el páramo de Almorzadero, recorre altivo la frontera hermanando a Colombia y Venezuela. En su curso fluvial, surcado por islas de ensueño como Guárico, Caña Avileña —donde nace el río Orichuna—, la habitada isla Macanillar con sus sector La Capilla, la espesa e inhabitable isla Guayabo y la indómita isla Parrilla, se teje la economía y el folclor de los ribereños.
Hermano de estas aguas es el Río Caribe, que nace en La Boca del Garzón y serpentea a lo largo de sesenta kilómetros hasta fundirse con el Capanaparo. Sus aguas cristalinas, hogar de peces y caimanes custodiados por frondosos bosques de galería, han sido desde tiempos remotos la ruta sagrada hacia comunidades indígenas cuibas y pumé. Aunque hoy sufre las heridas silenciosas de la pesca y cacería desmedida, un llamado de alerta urgente para la salvaguarda patrimonial, su belleza sigue siendo un canto a la vida silvestre. Para proteger su tránsito invernal, los productores y la alcaldía levantaron en 2001 el puente del río Caribe, una estructura de hierro de setenta y cuatro metros que garantiza el paso y regala postales de pesca deportiva y contemplación natural.
A pocos pasos, el Caño El Viento extiende sus ocho kilómetros de manantiales y bosques de galería, susurrando el antiguo seudónimo con el que muchos conocían a Elorza. Y abrazando el paisaje urbano encontramos la hermosa Playa del Zamuro y el Parque El Mereyal o Francisco de Miranda, inaugurado en junio de 1972, donde los grandes árboles, las canchas y los espacios de recreación infantil brindan frescor y alegría a las familias bajo la sombra protectora de la flora llanera.
Museos al aire libre, mitos y el ingenio de la sabana
El municipio Rómulo Gallegos es también un museo al aire libre donde la literatura, la historia y la mitología popular se dan la mano. ¿Cómo no emocionarse ante la Plaza Doña Bárbara? Rindiendo homenaje al inmortal personaje creado por el escritor Rómulo Gallegos, esta plaza exhibe la figura de la célebre «devoradora de hombres» sobre un montículo circular rodeado de arbustos y un monumento de ladrillos rojos. Para el habitante de la sabana, este espacio trasciende el simple esparcimiento: es la certeza íntima de que la ficción literaria y el mito llanero caminan de la mano por los esteros.
Muy cerca, la Plaza de La República, erigida a mediados de los años sesenta, conmemora los ciento cuarenta y ocho años de la designación de José Antonio Páez como comandante en jefe de los ejércitos de Apure en 1816. En su centro, un venerado árbol de tamarindo plantado en 1963 atesora a sus pies tierras sagradas traídas de los campos de batalla donde triunfaron los Bravos de Apure: Chire, Mata de la Miel, Mucurita, El Yagual, Las Queseras del Medio y Carabobo. Cada raíz de ese árbol es la memoria viva de la lanza llanera.
La pluralidad y la fuerza identitaria quedan esculpidas en la Plaza del Mestizaje Las Américas, inaugurada en marzo de 2002 con una obra escultórica en bronce creada por Wascar Jaspe. Tres figuras de pie, con las piernas separadas y una lanza apuntando al infinito, representan la fusión sagrada de las razas negra, indígena y blanca que forjó el alma de este municipio.
Adentrándonos en la arqueología y la historia profunda, el Yacimiento cerámico de los guaiqueríes revela los secretos de los antiguos pobladores que enterraban sus alimentos en vasijas de arcilla con dibujos geométricos en blanco y negro para preservarlos, un tesoro silencioso descubierto tras las grandes inundaciones de los años ochenta. Asimismo, el Monumento a la batalla del Caño El Congrio recuerda las refriegas de principios del siglo XX y la memoria de patriotas como Francisco Farfán, en una zona de maderas duras y paisajes indomables.
Para el descanso del caminante, El Rincón del Veguero, levantado sobre terrenos donados en 1990 por Delfina Fuentes, ofrece una tarima cultural que celebra la música y la tradición en cada festividad.
Y para cerrar este recorrido por el alma de nuestra gente, es obligado detenerse ante un objeto tan sencillo como profundamente ingenioso: la jamuga. Esta silla artesanal, tejida con bajeros de topocho cosidos con aguja especial, hilo de guaral en punto de carapacho, un cuero de ganado curtido y una gurrupera para proteger al burro de carga, es el testimonio fiel del ingenio campesino. Utilizada cotidianamente en los conucos y hatos para transportar leña y frutos sin maltratar al animal, la jamuga resume la filosofía del llanero: la perfecta armonía entre el trabajo diario, el respeto por la naturaleza y la autosuficiencia creadora.
Elorza y su municipio son, en definitiva, un poema interminable escrito sobre la sabana, donde cada caudal, cada plaza y cada copla defienden con dignidad el sagrado derecho de seguir siendo la tierra donde el alma de Venezuela canta con orgullo su verdad. ¡Visitemos, preservemos y salvaguardemos, estos elementos y sitios Declarados Bien de Interés Cultural!
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Danfny Esther Velásquez Sosa (1960, Santa Ana, Nueva Esparta) danfnyescritora@gmail.com: Escritora, locutora, maestra pueblo en la Radiodifusión Sonora, productora nacional independiente, cronista comunal, abogada y científica social (doctora en Ciencias de La Educación y en Patrimonio Cultural). Actualmente es la directora interinstitucional de Radio América: R. A. «La Onda de la Alegría» 90.9 FM, Patrimonio Cultural Inmaterial de la Nación (G. O. N° 42.670, del 13-07-2023).
Su trayectoria incluye un TSU en Producción de Medios de Comunicación Social (Alternativa, Popular y Comunitaria), una licenciatura en Pedagogía Alternativa, sub-área Registro del Patrimonio Cultural, y un posdoctorado en Corrientes Filosóficas para la Investigación.
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