Desde la mirada de la educación en patrimonio cultural que transmite, documenta, promociona y enriquece, hablaré del municipio Biruaca, estado Apure y sus elementos asociados, declarados Bien de Interés Cultural por el Instituto del Patrimonio Cultural (IPC), según Providencia Administrativa N° 003/05 del 20-02-2005, Gaceta Oficial N° 38.234 del 22-07-2005. Toda vez, como Portadora Patrimonial de la Nación (Gaceta Oficial N° 43.127 del 14-05-2025).
Adentrarse en el municipio Biruaca es cruzar el umbral hacia el alma más genuina del estado Apure, donde cada rincón vibra al compás de la tradición, la fe y la resistencia de un pueblo que ha hecho de su identidad un bastión de soberanía cultural. Hay geografías que no se miden únicamente en kilómetros cuadrados, sino en la intensidad de su memoria, en el verde inabarcable de sus sabanas y en el rumor constante de sus caños que guardan la historia a flor de agua.
En el corazón de los llanos apureños, donde el horizonte se diluye entre la inmensidad de la sabana y el rumor del viento, se extiende la Plaza Bolívar de Biruaca como un santuario vivo de diez mil metros cuadrados. Este vasto confín de verdor, donde cohabita una generosa diversidad de árboles y plantas ornamentales que brindan refugio y sombra, acoge el pulso cotidiano de su gente a través de un mobiliario urbano que invita al sosiego. Sus caminerías, diseñadas como arterias de encuentro, conducen los pasos del caminante hacia su epicentro histórico: un conjunto monumental esculpido en piedra artificial y concebido por el artista Alighieri Filiberto González, inaugurado el 24 de julio de 1983 para conmemorar el bicentenario del natalicio del Libertador.
Sobre un pedestal en forma de pirámide truncada, cuyas caras guardan en relieve el escudo nacional, las fechas memorables y la enseña patria, se eleva un globo terráqueo con los continentes marcados, abrazado por una cadena que se rompe y se separa justamente sobre el territorio de Venezuela. En este mundo desafiante se posa la imagen pedestre de Bolívar en edad madura: firme en su avance con la pierna y el brazo derecho portando la espada desenvainada, la mirada al frente, el uniforme militar con casaca, charreteras y botas, y una capa que desciende por su espalda. Es la materialización poética de un ideal americano donde la libertad, forjada desde nuestras raíces, trasciende las fronteras para abrazar al mundo entero.
El chapuzón bautismal de la curva de Chupulún
Hace muchos ayeres, la ruta que enlazaba San Fernando con las tierras de Biruaca era apenas una cinta asfáltica de una sola vía que ponía a prueba la pericia de cualquier viajero. Al llegar justo a la entrada del pueblo, el camino se abría hacia la izquierda en una circunvalación que evitaba el casco urbano rumbo a Achaguas; sin embargo, para los despistados o para quienes transitaban en sentido contrario, la geometría del camino guardaba una trampa acuática. Quienes venían de regreso no encontraban una señal clara y seguían de largo cruzando la carretera, terminando irremediablemente en el fondo de una laguna contigua que, por pura ironía popular, adoptó un nombre inconfundible.
El bautizo de aquel cuerpo de agua no provino de decreto oficial alguno, sino del sonido preciso que emitía la física al chocar con la imprudencia: «chupulún» era la onomatopeya exacta de la estrepitosa zambullida con la que los vehículos y sus atónitos conductores inauguraban un baño involuntario. Hoy en día, la vieja laguna y la circunvalación siguen allí, mudos testigos de aquellas anécdotas, pero la modernidad se impuso con una vía intercomunal y señalización oportuna que cortó de tajo la racha de chapuzones, dejando atrás el peligro para convertirlo en leyenda de carretera y memoria viva del pueblo.
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Fe, coplas y contrapunteo: El latido decembrino de las fiestas patronales
Bajo el cielo encendido de diciembre, cuando el año comienza a despedirse entre brisas frescas y destellos de fe, las calles y la Plaza Bolívar de Biruaca se transforman en el gran teatro de la alegría llanera. Las fiestas patronales en honor a la Inmaculada Concepción funden la devoción religiosa con el jolgorio navideño, convirtiendo todo el mes en un espacio vivo de encuentro donde resuenan los juegos tradicionales, los desafíos de gallos, las carreras de caballos y burros, y el batir incansable de las faldas al compás del joropo.
En el corazón mismo de esta celebración late el prestigioso Festival Biruaca de Oro, una iniciativa cumbre impulsada por glorias de la canta criolla como Vitico Castillo, Armando Martínez, Reynaldo Armas y Daniel Blanco. Durante dos días consecutivos de la primera semana de diciembre, este encuentro binacional convoca a los mejores exponentes de la sabana venezolana y colombiana para medir sus talentos en el exigente arte del contrapunteo; pareja a pareja, los copleros desafían el ingenio y la memoria hasta que, entre aplausos y puntuaciones, se consagra a los grandes vencedores de esta fiesta mayor de la poesía y la música de a caballo.
Del telar al acorde del arpa: Tesoros y oficios que sustentan el alma llanera
Bajo el sol de la sabana, la vida cotidiana de Biruaca se teje con las manos y se sostiene con la memoria del trabajo y el juego. En los portales y talleres se alza el noble oficio de la alpargata, ese calzado hecho de nailon o pabilo con suela de cuero o caucho, cuya capella tejida con paciencia milimétrica en un telar triangular de madera y adornada con letras y colores, se adapta al clima, de cuero y pabilo para el verano y de nailon y caucho para desafiar las aguas del invierno. Muy cerca de ese ingenio artesanal, la infancia del llano galopa sobre sencillos corceles de vara y cabuya, donde una rama seca y un perfil de madera bastan para que los niños comiencen a ensayar el destino ineludible de todo buen jinete.

Esa misma tierra guarda tesoros de la naturaleza y testimonios de su esfuerzo productivo. En una sobria caja de madera con tapa de vidrio se resguarda una didáctica colección de más de cien piezas minerales, reuniendo desde amatistas, rubíes y zafiros hasta cuarzos y azabaches donados por sabedores del país; un testimonio geológico que dialoga con la historia industrial de la empresa Indumaca, cuyos titanes de acero con más de cuatro décadas de servicio, la sierra principal, el puente grúa con polipasto, la sierra de cinta y el rodillo transportador que da forma a las rolas, siguen siendo fuente de empleo y memoria del trabajo maderero local. Y para coronar este vasto crisol de identidad, el arpa de treinta y dos cuerdas alza su caja sonora y su diapasón triangular para templar el alma de la fiesta llanera, convirtiendo cada golpe de cuerda en la banda sonora perpetua de este rincón apureño.
Espejos de agua, memoria fluvial y baluartes de la resistencia
Bajo la sombra protectora de samanes, guasitos y recaros, las aguas de la laguna de Merecure, con sus cuatro metros de profundidad y sus orillas tapizadas de paja de agua, forman un vibrante foco de vida e investigación piscícola donde convergen cachamas, pavonas, corocoras y el caudal que le tributan el río Apure y el propio caño de Biruaca. Este río, que atraviesa de lado a lado el municipio, destaca no solo por su antigua vocación como arteria de comunicación fluvial, sino por lucir en sus riberas de gamelote la delicada flor de bora, ese emblema indiscutible del estado Apure que corona el paisaje ribereño.
Los anales de Biruaca guardan la huella indeleble de los enfrentamientos que forjaron la nación, comenzando por Boca de Guerra, donde la sabana y los árboles de mango y samán recuerdan todavía la concentración y retirada de tropas durante la batalla del 20 de mayo de 1926. Muy cerca de allí, los parajes de La Enea y El Zenón, este último ubicado al sur del caño de Biruaca como escenario de un combate definitivo posterior a 1860 se alzan como antiguos campos de honor y sabanas memorables donde se libraron episodios cruciales de las guerras civiles de nuestra historia política.
Entre la memoria eterna y los caminos del agua viva
Entre el monte y los esteros de la localidad, el Cementerio El Indio se funde con el misterio y la devoción popular a través de tres históricas tumbas ocultas entre la vegetación. El sitio, que según los vestigios albergó un camposanto originario, resguarda la tumba de la vecina anónima y el venerado santuario del ánima de Palo de Agua, remodelado en 1946 en gratitud por favores concedidos desde los tiempos de la Guerra Federal, mientras que en paralelo, la moderna Intercomunal Los Centauros, inaugurada a finales de los ochenta, enlaza con sus siete kilómetros de vía el crecimiento urbano, comercial y castrense hacia San Fernando.
El pintoresco caserío de La Cruz de Agua debe su nombre y su mística a ese fenómeno irrepetible donde la convergencia de los caños Capote y El Negro dibuja una cruz protectora sobre el mapa fluvial. Considerado por los pobladores como un refugio de paz y resguardo divino, este rincón combina la tradición de sabrosas carnes asadas con cachapa y dulces artesanales, muy cerca de las modernas instalaciones de la Estación de Piscicultura San Fernando, un complejo de mampostería y laboratorios dedicado a la reproducción, filtrado y cría de alevines para impulsar la soberanía alimentaria de la región.
El maestro de la libertad y el tesoro escultórico de la fe
Alzándose con sobriedad en medio de una coqueta plazoleta circular de diez metros de diámetro, la imponente figura de Simón Rodríguez rinde tributo permanente al gran educador de América. La escultura pedestre de cuerpo entero, moldeada a la usanza civil de su época con una altura de 1,70 metros y un pergamino firmemente sostenido en su mano derecha, materializa la presencia del epónimo de la Universidad Nacional Experimental Simón Rodríguez. Su mirada al frente y la placa conmemorativa que detalla su nacimiento en Caracas y su paso a la inmortalidad en Motote consagran al sabio maestro como vigía eterno de la conciencia llanera.
Mientras que el templo Inmaculada Concepción, resguarda un valioso acervo escultórico en yeso policromado que se conserva en óptimas condiciones, configurando un museo de fe viva. Entre las piezas más notables destaca la Inmaculada Concepción, donde la Virgen, de tez blanca y cabello castaño, reposa sobre una base de nubes flanqueada por cuatro querubines, con las manos unidas en oración. A su lado, la nave central acoge la figura del Divino Niño con la mirada al cielo y túnica rosada, así como un solemne Cristo Crucificado de factura clásica y un imponente Sagrado Corazón de aproximadamente dos metros y medio que impone su presencia con túnica blanca y capa vinotinto. La devoción popular también se materializa en una tierna representación de la Divina Pastora, una pastorcilla de sombrero claro con un niño en el regazo rodeada de ovejas, una conmovedora Dolorosa ataviada en hábito negro y rojo que evoca el luto colectivo y la venerada imagen del Nazareno, que con sus setenta centímetros de altura, túnica morada y cruz de palma, encarna el fervor del Miércoles Santo como epicentro de los milagros y la memoria de la comunidad.
Del fogón a la sabana: Aromas y sabores que esculpen el alma llanera
Bajo el sol de la sabana, los fogones de leña y los hornos de barro destilan aromas que son pura identidad, allí nacen las doradas roscas de maíz cariaco, donde la canela, el anís y el dulce de panela se abrazan en una cocción breve de quince minutos que sella una tradición ancestral; muy cerca de allí, en el caserío Las Mangas, la memoria dulce cobra vida gracias a las manos de Petra Villanueva, quien durante décadas ha perfeccionado un delicado manjar de ocumo sancochado a fuego lento con leche, vainilla y un toque de leche condensada que es el delirio de propios y visitantes.
A lo largo de la carretera que une a Biruaca con Achaguas, la geografía se vuelve un festín para el viajero. En el sector Payarita, una entrañable empresa comunitaria ha transformado la venta improvisada a la orilla del camino en una parada obligatoria y un bastión de la dulcería artesanal; mientras tanto, en el horizonte cotidiano de la mesa llanera, los sabores del agua y de la tierra se funden en una singular tortilla de huevos de gallina y de baba, sazonada con finos aliños, onoto y pimienta, donde el arte de Rosita Meléndez y las mujeres de la comunidad perpetúa un desayuno inigualable.
Robarle los secretos a la naturaleza exige audacia y respeto, como bien lo saben los llaneros que desafían el peligro de los ríos para recolectar los nutritivos huevos de baba durante las bajadas de agua, cuando estos reptiles resguardan su legado en la arena; una valentía que se emparenta con la antigua faena de cazar y salar el chigüire con anticipación, transformándolo en esos codiciados «salones» que, colgados al sol y hechos cuero, honran la tradición. El pan de horno, por su parte, corona las tardes llaneras con su consistencia harinosa, seca y compacta, infaltable junto al cafecito mañanero. Desde San Juan de Payara hasta los poblados de Payarita y La Morita I, la rosquilla exige una alquimia exacta de maíz pilado o cariaco, papelón, manteca y especias donde un solo gramo falso quiebra la masa; una maestría compartida con las familias que, como los Arvelo, guardan celosamente el secreto de este monumento de la panadería tradicional de nuestro municipio.
Finalmente, el alma blanca y cremosa del llano reposa en sus quesos, verdaderas joyas de la ganadería regional. Desde el tradicional queso llanero prensado pacientemente en cinchos de madera tras cortar la leche fresca con cuajo, hasta la robusta producción de queso de búfala en las sabanas de La Guanota y la delicada magia del queso de mano, estirado a punto de hebra hasta coronarse con su clásico ombligo, cada pieza es el testimonio viviente de unas tierras donde la leche y el trabajo son honrados. Llegar a la mesa de una familia llanera es tener presente la cultura culinaria y la gastronomía popular, a través de un exquisito trozo de queso llanero, bien sea natural, frito o asado.
El latido silvestre: Sinfonía y color en la sabana de Biruaca
Bajo el cielo inmenso de Apure, la sabana late con un desborde de vida que desafía cualquier descripción fría. Allí, entre los esteros y los espejos de agua de los caños, el rabipelado y el majestuoso chigüire comparten la llanura con el sigiloso tapir, tejiendo una red de existencia indomable donde la naturaleza respira al ritmo del viento y del sol. El aire mismo se vuelve melodía gracias a un coro alado que ha inspirado los más hondos sentires del llano. Desde el lamento negro y blanco del carrao que presagia las lluvias, hasta el amarillo radiante del turpial y la estampa elegante de la garza blanca que corona los atardeceres, cada ave es un verso vivo; mientras el alcaraván vigila la noche con su melancólica mirada, el pato güiriri y el gallito azul pintan de colores las lagunas. Y en las aguas profundas donde se refleja el manglar, la antigua memoria de la tierra se encarna en la silenciosa baba, en la culebra de agua que surca el fango y en la pequeña tortuga galápago. Son guardianes ancestrales de un paisaje mítico que, envuelto en leyendas de presagios y cantos, convierte a este rincón apureño en un santuario silvestre donde la vida es pura naturaleza viva. ¡Visitemos, preservemos y salvaguardemos estos elementos y sitios Declarados Bien de Interés Cultural!
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Danfny Esther Velásquez Sosa (1960, Santa Ana, Nueva Esparta) danfnyescritora@gmail.com: Escritora, locutora, maestra pueblo en la Radiodifusión Sonora, productora nacional independiente, cronista comunal, abogada y científica social (doctora en Ciencias de La Educación y en Patrimonio Cultural). Actualmente es la directora interinstitucional de Radio América: R. A. «La Onda de la Alegría» 90.9 FM, Patrimonio Cultural Inmaterial de la Nación (G. O. N° 42.670, del 13-07-2023).
Su trayectoria incluye un TSU en Producción de Medios de Comunicación Social (Alternativa, Popular y Comunitaria), una licenciatura en Pedagogía Alternativa, sub-área Registro del Patrimonio Cultural, y un posdoctorado en Corrientes Filosóficas para la Investigación.
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