Municipio Santa Rita

Desde la mirada de la educación en patrimonio cultural que transmite, documenta, promociona y enriquece, hablaré del municipio Santa Rita, estado Zulia y sus elementos asociados, declarados Bien de Interés Cultural por el Instituto del Patrimonio Cultural (IPC), según Providencia Administrativa N° 003/05 del 20-02-2005, Gaceta Oficial N° 38.234 del 22-07-2005. Toda vez, como Portadora Patrimonial de la Nación (Gaceta Oficial N° 43.127 del 14-05-2025).

 

La capitalidad y el surgimiento de una autonomía

Para comprender el presente de Santa Rita, es necesario volver la mirada a 1884, año en que nació el Distrito Bolívar. En aquel mapa fundacional de la Costa Oriental, Santa Rita se alzó como el centro del poder civil, albergando la capital de una demarcación que incluía a las hoy potentes Cabimas y Lagunillas. Bajo la presidencia de Bonifacio Meléndez en su primer Consejo Municipal, se sentaron las bases de un liderazgo regional que, más de un siglo después, evolucionaría hacia su propia independencia. Fue el 26 de junio de 1989 cuando la Asamblea Legislativa del Estado Zulia selló este destino, creando el Municipio Autónomo Santa Rita. Lo que comenzó con las parroquias Santa Rita y Pedro Lucas Urribarrí, se expandió en 1995 con la integración de José Cenobio Urribarrí y El Mene, conformando así el cuerpo geográfico y humano de una entidad que sabe honrar su pasado mientras gestiona su propio futuro.

 

El municipio Santa Rita, entre la fe de Casia y el salitre del lago

Allá en el horizonte de la Costa Oriental del Lago se encuentra un rincón donde el tiempo parece dialogar con las olas. Su historia no es solo un registro de fechas, sino un tapiz tejido con la devoción y el esfuerzo de quienes llegaron a estas tierras cuando aún eran un archipiélago de sectores dispersos. Fue un 22 de mayo de 1790 cuando el brigadier Joaquín Primo de Rivera le otorgó su acta de nacimiento oficial, pero la esencia del pueblo ya latía con una identidad dual. Es un caso singular de fe compartida: los colonizadores trajeron en su equipaje la esperanza de Santa Rita de Casia, quien terminó bautizando la geografía, mientras que el obispo Hernández Milanés, en 1806, confió el espíritu de la parroquia a la Virgen del Rosario de Aránzazu. Así, entre dos patronas y una misma devoción, creció este puerto de sueños.

 

Mayo y octubre, el sentir de un pueblo en la calle

La identidad de Santa Rita alcanza su máxima expresión cuando el calendario marca sus fechas sagradas. Cada 22 de mayo, el municipio se desprende de la cotidianidad para vestirse de gala en honor a su fundación de 1790. La avenida Pedro Lucas Urribarrí y la plaza Bolívar se transforman en un escenario de luz y sonido, donde el desfile de comparsas y carrozas multicolores refleja el vigor de una comunidad unida. Es un día donde las escuelas y asociaciones civiles no solo desfilan, sino que reafirman su pertenencia a esta tierra generosa, culminando en una fiesta de creatividad que premia el ingenio local. Pero si mayo es el mes del orgullo civil, octubre es el mes del alma. La devoción a Nuestra Señora de Aránzazu, cuya advocación vasca echó raíces aquí mucho antes de la fundación oficial, convierte cada 7 de octubre en un encuentro espiritual ineludible. En este mes, que tiene un significado tan hondo para el gentilicio zuliano, la fe se hace camino en las procesiones hacia Los Andes, Caño y La Aurora. Entre cantos, danzas y el aroma a incienso que se mezcla con la brisa del lago, los santarritenses renuevan un pacto de amor con su patrona que ha superado el paso de los siglos.

Municipio Santa Rita

Caminar por el casco histórico es encontrarse con una retícula de calles que nacen desde la plaza, como si el orden ortogonal intentara contener la nostalgia de sus viviendas de adobe y bahareque. Sus fachadas, de proporciones alargadas y techos de caña brava cubiertos por la tradicional teja criolla, son el último refugio de una arquitectura que se niega a morir. En este escenario de ventanas de doble hoja y patios internos, emerge con orgullo el Balcón de Lola, testigo silente de una época donde la vida transcurría al ritmo del puerto. Santa Rita no es solo una capital; es el nudo vital que, a través de la avenida Pedro Lucas Urribarrí, abraza a pueblos hermanos como Palmarejo, Barrancas y El Mene. Si bien su origen está ligado a la pesca y la ganadería, el siglo pasado la transformó bajo la sombra del gigante petrolero. Hoy, entre sus muelles pesqueros y su zona industrial, el municipio se proyecta como un bastión que, aunque moderno en su producción de químicos y servicios, sigue mirando al Lago de Maracaibo para recordar quién es.

 

El Gamelotal, murmullo de los ancestros

La historia de Santa Rita no comienza con las crónicas coloniales, sus raíces se hunden en el silencio de la tierra, en un lugar donde el pasado reclama su voz: el Cementerio Indígena El Gamelotal. Ubicado en la hacienda El Esfuerzo, este yacimiento arqueológico, descubierto en 1998, es el testimonio silente de quienes habitaron estas riberas mucho antes de que se trazaran los mapas modernos. Entre los años 900 y 1400 de nuestra era, la etnia arawaca ya rendía culto a sus muertos en estas tierras, dejando tras de sí un legado de centenares de restos óseos y vasijas que hoy reposan en el Museo Arqueológico de Mérida.

Lo que hace de El Gamelotal un sitio de excepcional valor es la delicadeza de sus ritos. Los hallazgos revelan enterramientos secundarios en urnas de arcilla, cuyas formas y decoraciones dialogan en un lenguaje estético compartido con los yacimientos de El Dabajuro en Falcón y Bachaquero en el Zulia. Estas piezas, más que simples artefactos, son fragmentos de una cosmogonía que nos recuerda que Santa Rita ha sido, por más de un milenio, un territorio de encuentro y trascendencia. Al contemplar el presente del municipio, es imposible ignorar que bajo nuestros pies late la memoria de un pueblo que ya sabía de la brisa del lago y del valor de la tierra.

 

Puerto Escondido, el corazón del bahareque y la tertulia

En el trayecto que une a Santa Rita con El Mene, la geografía se detiene en un rincón que, lejos de estar oculto, se expande con el orgullo de sus raíces: Puerto Escondido, lo que nació entre los sectores de La Cotiza y Olaya es hoy un caserío vibrante donde la arquitectura no es solo construcción, sino memoria viva. Aquí, el bahareque sigue siendo el protagonista; esa mezcla de arcilla y paja que, bajo el sol zuliano, se convierte en muros que han visto pasar generaciones. Estas casas de techos a dos aguas, sostenidas por varas de mangle y caña brava, son mucho más que viviendas, son templos de la tertulia. Bajo su sombra, la comunidad aún se reúne para intercambiar historias, manteniendo vivo ese tejido social que solo los pueblos con alma conservan.

Municipio Santa Rita

La fe también ha sabido reconstruirse en estas tierras. Aunque la antigua iglesia de San José sucumbió al paso del tiempo en 1997, el espíritu devoto de Puerto Escondido no se desmoronó. A pocos metros de aquel lugar, hoy se alza la Capilla de San Benito, vestida de un azul y blanco que espeja el cielo y el lago. Frente a su monumento, la pequeña estructura se vuelve inmensa cada día feriado, cuando el eco de los tambores y la devoción al «Santo Negro» de Palermo congregan a fieles que llegan desde Cabimas y otros rincones de la Costa Oriental. Puerto Escondido es, además, un punto de encuentro para el esparcimiento gracias a su Complejo Turístico de Desarrollo Endógeno. Este parque no es solo un pulmón recreativo, sino el puente donde las familias de los municipios vecinos se encuentran para redescubrir que, en esta orilla del lago, la tradición y el futuro caminan de la mano.

 

El Coquivacoa, un gigante entre palafitos y riberas

Hablar de Santa Rita es, irremediablemente, rendir tributo al Lago de Maracaibo. Este coloso de 13.820 km², que Alonso de Ojeda avistó aquel agosto de 1499, no es solo la masa de agua más extensa de Latinoamérica, sino el pulso vital de nuestra identidad. Para el municipio, el Lago no es una frontera, sino un abrazo de 16 kilómetros de ribera que baña sectores emblemáticos como Belén de Barrancas, Palmarejo y El Rocío. Es en estas aguas donde el ingenio humano se eleva sobre el oleaje a través de los palafitos, esas viviendas ancestrales que parecen caminar sobre estacas y que mantienen viva la estampa de pueblos como Ceuta o San Timoteo en la memoria colectiva de la Costa Oriental.

Sin embargo, el lago es también un cuerpo de contrastes, mientras sus profundidades guardan la riqueza petrolera que ha movido los cimientos de la nación, su superficie sostiene el esfuerzo diario de nuestros pescadores, quienes de madrugada lanzan sus redes en busca de la corvina, el sábalo y el preciado cangrejo. Sobre su silueta se erige el Puente General Rafael Urdaneta, esa arteria de concreto de casi nueve kilómetros, que une mundos y que nos recuerda la importancia estratégica de esta vía lacustre para el comercio y la hermandad zuliana. Hoy, aunque el lago enfrenta los embates de la contaminación y el desgaste de la industria, su presencia sigue siendo el faro espiritual de Santa Rita. Proteger sus aguas y valorar sus playas es, en última instancia, resguardar nuestra propia historia. Porque mientras el Catatumbo siga alimentando su cauce y el sol se oculte tras el puente, el lago continuará siendo el espejo donde el gentilicio santarritense se reconoce y se proyecta hacia el futuro.

 

Galopes de antaño, el hipismo en la tierra de Rita

Hubo un tiempo en que el aire de Santa Rita no solo olía a lago y salitre, sino también a la emoción vibrante del hipismo. La historia nos cuenta que en este suelo nació la pasión por los equinos que marcaría al occidente venezolano. Fue en 1928 cuando un grupo de  visionarios, hombres como José Gómez, Manuel Belloso y Pablo Andrade, transformaron un terreno entre Bella Vista y la avenida Santa Rita en el primer hipódromo legal del Zulia. Con apenas una pista de 600 metros y tribunas improvisadas, lograron encender una chispa que desbordó cualquier previsión.

Aquella efervescencia fue tal que obligó a la creación del recordado Hipódromo Santa María, un coloso que dio prestigio a la zona hasta que un misterioso incendio en 1936 detuvo los relojes y los galopes. Sin embargo, el espíritu hípico santarritense se negó a morir, refugiándose temporalmente en la mítica «recta del Quirúrgico» hasta su renacimiento triunfal en 1947. Recordar estos episodios no es solo hablar de apuestas o carreras; es evocar una Santa Rita que se vestía de gala, que atraía a propios y visitantes, y que demostraba su capacidad para liderar los grandes espectáculos del estado. Estos hipódromos fueron, en su momento, el corazón de una vida social elegante y apasionada que hoy forma parte del orgullo de nuestro patrimonio.

Santa Rita es, en esencia, un mosaico donde el pasado prehispánico de El Gamelotal, la elegancia de los antiguos galopes hípicos y la fe inquebrantable en la Virgen de Aránzazu se funden en un solo abrazo. Visitarla es reconocer que, a orillas del Lago, vive un pueblo que custodia su herencia con la misma fuerza con la que sus pescadores lanzan la red, con esperanza, con trabajo y con la mirada siempre puesta en el horizonte. ¡Visitemos, preservemos y salvaguardemos, estos elementos y sitios Declarados Bien de Interés Cultural!

 

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Danfny Velásquez-columna Patrimonio Cultural de Venezuela

Danfny Esther Velásquez Sosa (1960, Santa Ana, Nueva Esparta) danfnyescritora@gmail.comEscritora, locutora, maestra pueblo en la Radiodifusión Sonora, productora nacional independiente, cronista comunal, abogada y científica social (doctora en Ciencias de La Educación y en Patrimonio Cultural). Actualmente es la directora interinstitucional de Radio América: R. A. «La Onda de la Alegría» 90.9 FM, Patrimonio Cultural Inmaterial de la Nación (G. O. N° 42.670, del 13-07-2023).

Su trayectoria incluye un TSU en Producción de Medios de Comunicación Social (Alternativa, Popular y Comunitaria), una licenciatura en Pedagogía Alternativa, sub-área Registro del Patrimonio Cultural, y un posdoctorado en Corrientes Filosóficas para la Investigación.

 

Ciudad Valencia/RM