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El tesoro del cacique dorado | Armando José Sequera

El Dorado-oro

Al igual que todos los mitos, el de la región fabulosa de El Dorado también fue de creación colectiva y se elaboró mediante un conjunto de informaciones complementarias.

A partir de un testimonio anónimo, la imaginación de sucesivos conquistadores del Nuevo Mundo creó el espejismo de un pueblo maravilloso, donde el oro se hallaba al alcance de la mano y de la ambición.

En cuestión de algunos años, un relato oral a todas luces fantástico, proporcionado por un informante indígena, se transformó en la quimera más ansiada del mundo, en la meta de innumerables vidas, la mayoría de las cuales se perdió en la infructuosa búsqueda.

Y es que, tras los hallazgos en el continente americano de tesoros increíbles como los encontrados por Hernán Cortés en México, Francisco Pizarro en Perú y Gonzalo Jiménez de Quesada en la actual Colombia, ¿quién podía dudar de la existencia de otra región donde el oro se diera silvestre como la hierba?

 

DEL MISMO AUTOR: MACHISMO IDIOMÁTICO

 

EL DORADO-MUSEO DEL ORO

La primera información que se tuvo en Europa de un cuarto reino fabuloso, en el cual el oro era aún más abundante que en los tres precedentes, la proporcionó el militar y cronista español Gonzalo Fernández de Oviedo en 1541.

Fernández de Oviedo refirió que existía una ciudad del Nuevo Mundo, a la que llamó El Dorado, donde vivía un “gran señor o príncipe”, que se cubría con un polvo de oro tan fino como la sal. Dicho príncipe se embadurnaba cada mañana con una resina muy pegajosa, desde la planta de los pies hasta la cabeza, y luego se bañaba con polvo de oro. Según el mismo cronista español, este oro se desprendía de la piel del príncipe y se perdía, cuando por las noches él se lavaba en las aguas de un lago cercano.

A continuación, en su crónica, Fernández de Oviedo dejó caer el comentario que dio pie a la desaforada búsqueda de El Dorado: “Yo creo que si este príncipe hace esto debe tener unas minas de oro de gran calidad”.

Debido a que el relato de Fernández de Oviedo no precisaba la ubicación de dicha ciudad ni de sus minas de oro, otros cronistas y aventureros posteriores trataron de establecerla.

Así, Pedro Cieza de León afirmó categóricamente que, en lugar de una ciudad, El Dorado era en realidad un lago.

Juan de Castellanos, por su parte, apuntó que el Príncipe Dorado hacía sus ofrendas de oro y piedras preciosas en el centro de un lago. A ello agregó Gonzalo Jiménez de Quesada que el tal lago se hallaba en territorio muisca (hoy Colombia), porque los miembros de esta etnia acostumbraban lanzar ofrendas de todo tipo en los lagos cercanos.

 

 

Más adelante, Fray Pedro Simón dio ubicación y forma definitiva al mito, conectando la referida costumbre muisca de lanzar ofrendas a los lagos con un lago en particular, el Guatavita, ubicado a unos 50 kilómetros al noroeste de Bogotá.

Luego, Juan Rodríguez Fresle transformó este ritual –que, según los cronistas que le antecedieron, era más o menos cotidiano– en la ceremonia de investidura del Zipa de Bogotá, el jefe máximo de los muiscas.

Entre los cronistas de la época, solo Basilio Vicente de Oviedo ubicó a El Dorado fuera del territorio de los muiscas y lo situó cerca del Orinoco, junto al río Ariari, al sur del actual estado Apure.

Su texto, además, introdujo una variante en el mito cuando estableció que, anualmente, se sacrificaba a un joven cuyo cuerpo se abría a cuchillo y se le bañaba por dentro y por fuera con polvo de oro, antes de lanzarlo a las aguas, para ofrendarlo a los dioses.

Como corolario, Basilio Vicente de Oviedo añadió a su texto una información francamente inverosímil que, en lugar de disminuir el interés por El Dorado, lo aumentó aún más.

Según escribió, la zona donde se hallaba El Dorado era tan rica que, si se arrancaba la hierba, en la raíz de esta salían adheridos los terrones de oro.

Nadie, por supuesto, dio con esta fabulosa región, ciudad o tribu y, hasta nuestros días, El Dorado sigue siendo lo que siempre fue: un mito que representa, mejor que ningún otro, la siempre desmedida ambición humana de quienes han pretendido colonizar nuestro continente.

 

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la mansedumbre-Armando José Sequera-Carrusel de curiosidades-Guzmán Blanco

Armando José Sequera (Caracas, 1953) es un escritor y periodista venezolano. Autor de más de cien libros, todos publicados, gran parte de ellos para niños y jóvenes. Ha obtenido cerca de 30 premios literarios, ocho de ellos internacionales (entre otros, Premio Casa de las Américas, 1979; Diploma de Honor IBBY, 1995); Bienal Latinoamericana Canta Pirulero, 1996, y Premio Internacional de Microficción Narrativa “Garzón Céspedes”, 2012). Es asimismo Premio Nacional de Cultura, mención Literatura, 2026.

Es autor de las novelas La comedia urbana y Por culpa de la poesía. De los libros de cuentos Cuatro extremos de una sogaLa vida al gratén y Acto de amor de cara al público. De los libros para niños TeresaMi mamá es más bonita que la tuyaEvitarle malos pasos a la gente y Pequeña sirenita nocturna.

«Carrusel de Curiosidades se propone estimular la capacidad de asombro de sus lectores».

 

Ciudad Valencia/RN/Foto del autor Gerardo Rosales