Desde la mirada de la educación en patrimonio cultural que transmite, documenta, promociona y enriquece, hablaré del municipio Alto Orinoco, estado Amazonas y sus elementos asociados, declarados Bien de Interés Cultural por el Instituto del Patrimonio Cultural (IPC), según Providencia Administrativa N° 003/05 del 20-02-2005, Gaceta Oficial N° 38.234 del 22-07-2005. Toda vez, como Portadora Patrimonial de la Nación (Gaceta Oficial N° 43.127 del 14-05-2025).
Allá donde el mapa parece desdibujarse en el verde infinito, se erige La Esmeralda, o Cadawakudiña, como la llaman con reverencia los cantos ye’kuana. Capital del Alto Orinoco, esta tierra es un cofre que guarda intacta, la memoria ancestral de los pueblos originarios del Amazonas. A la orilla de un río que es padre y camino, unos cuatrocientos habitantes tejen la vida cotidiana en una comunión de lenguas y saberes: los yeral resguardan el silencio en La Lomita, los arahuacos custodian la brisa en La Costa, y los ye’kuana trazan sus propios senderos junto a la presencia sutil de criollos y yanomamis de paso.
En este rincón distante, el tiempo transcurre a otra velocidad, los días transcurren en lancha rápida o voladora, lo que equivale a dos o tres días en bongo o curiara, según la carga que lleve y el motor que utilice; o en el rugido lejano de las avionetas que logran vencer el aislamiento. Su geografía urbana desafía a la selva con calles ordenadas y techos bajos, donde conviven la histórica escuela Fermín Toro, remanso salesiano desde 1963, el bilingüismo de la escuela Carlos Maldonado y el Centro Humboldt, que interroga científicamente los secretos del entorno. Todo bajo la mirada de la capilla María Auxiliadora, que aguarda al borde de la pista de aterrizaje como un faro de fe entre la espesura.
Al margen de esta quietud duerme el Puerto Real de La Esmeralda, más que un muelle de mil doscientos metros, es un espejo de agua donde se abrazan tres mundos. Está el puerto yekuana, celosamente guardado por sus navegantes; el puerto arahuaco, bullicioso epicentro de motores, combustible y palafitos; y el área militar que vigila el pulso fluvial del estado. Asomarse a sus orillas es presenciar un cuadro vivo; yanomamis pescando en la corriente, trueques interétnicos de mercancías lejanas y, cuando la sequía se lleva el agua, una inmensa explanada de arena que se ofrece como playa y refugio.
El puerto no es solo un punto de llegada, es el corazón palpitante donde el Amazonas intercambia sus suspiros, caminar por estas riberas exige desprenderse de las certezas del mapamundi occidental y aprender a leer la tierra con los ojos del mito. Mucho antes de que la tinta de los imperios rayara los mapas, estas comarcas ya tenían su propio geógrafo divino: Kuyujani. Cuenta la tradición ye’kuana que este ser de poder infinito partió desde el sagrado Ye´kuanajüdü con una misión sagrada encomendada por Wanodi: demarcar los límites de la tierra ancestral. Su travesía mística e imperecedera dibujó las venas de la región; bajó por el indómito Orinoco, cruzó hacia el Atabapo, desafió el estruendo de Atures y el Cataniapo, hasta alcanzar las cabeceras del cerro Anaicha. Fue allí donde el gran diluvio Tunamü intentó ahogar el mundo, obligando a Kuyujani y a su gente a refugiarse en las alturas de la roca para salvar la semilla de su pueblo. Pasada la tormenta, el héroe reanudó la marcha junto a sus hermanas Kaddesawa, Kuyunu y Wadimena, atravesando el cerro Washadijüdü, las nacientes del Ventuari y el lomo de la Sierra Parima, cerrando un círculo eterno de pertenencia que devolvió sus pasos al origen.
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El viaje en el tiempo
Adentrarse en las calles y los muelles de La Esmeralda es, inevitablemente, interrogar al tiempo; es la clave para descifrar el eco de sus pasos que se encuentra en una obra imprescindible de Juan Francisco Haro: Ilustrados, misioneros, poblamiento y educación en las comarcas del Alto Orinoco y Río Negro de Venezuela (1750-1891). Este libro, nacido en las aulas doctorales de Málaga y arropado por la Gobernación de Amazonas en 2003, no es una simple cronología; es un viaje cartográfico y humano al corazón de un territorio que vio nacer sus fronteras bajo el arbitrio de un rey.
A través de sus páginas, la historia de estas comarcas se despliega como un lienzo donde la pluma del autor rescata el impacto de la llegada hispánica sobre las almas y culturas de los pueblos originarios. El relato nos transporta a aquel 13 de enero de 1750, cuando el Tratado de Límites del rey Fernando VI pretendió encauzar los límites entre imperios sobre las aguas indómitas del sur, y avanza en un río de acontecimientos hasta 1861, cuando el general José Antonio Páez diluyó la Provincia de Amazonas para convertirla en un distrito de la lejana Guayana.
Haro nos lleva de la mano por un laberinto de siglos; nos muestra el nacimiento del Alto Orinoco y Río Negro integrados a la Guayana española bajo la mirada vigilante de la Iglesia. Nos relata la fundación de San Fernando de Atabapo y el instante en que la sotana misionera debió subordinarse a la autoridad del uniforme militar. Late también en esta obra el pulso de las voluntades férreas, como el polémico gobierno de Manuel Centurión, quien entre 1766 y 1776 insistió en poblar la Villa de La Esmeralda tras el colapso de Atabapo, desafiando el aislamiento con terquedad colonial.
El ocaso del imperio español se narra entre el establecimiento de los franciscanos y los vientos de revolución que llegaron en la figura de Hipólito Cuevas, encarcelando a los leales a la Corona. Y es en el epílogo de este viaje donde el libro nos confronta con el alba republicana; los esfuerzos de hombres como Pedro Joaquim Ayres y nuestro Francisco Michelena y Rojas, quienes intentaron buscar el remedio a los dolores heredados de la colonia, allí donde la economía precaria y el fantasma de la servidumbre indígena se negaban a abandonar la espesura de la selva.
La biblioteca del río
Quien se detiene a contemplar la inmensidad del Alto Orinoco intuye que cada rincón esconde un secreto, un murmullo que el tiempo se resiste a borrar. Por fortuna, la memoria de estas tierras ha encontrado guardianes, hombres y mujeres que navegaron el río no con intenciones de conquista, sino con la humilde devoción de quien rescata un tesoro. Sus legados reposan hoy en páginas que son, en sí mismas, monumentos a la identidad.
Asomarse al Amazonas es, por ejemplo, descubrirlo a través del lente de Karl Weidmann, en 1958 siguiendo las huellas decimonónicas de Humboldt y Bonpland, Weidmann capturó la luz y el alma de la región en un compendio visual donde sus mejores fotografías dialogan con el entorno. Sus imágenes no son simples retratos; son ventanas abiertas a un mundo suspendido en el tiempo. Esa misma inmensidad humana fue la que persiguió la Fundación La Salle en una obra monumental de cuatro tomos, Los Aborígenes en Venezuela. Bajo la mirada de Walter Coppens y un ejército de antropólogos, este esfuerzo de décadas logró tejer una cartografía viva de nuestras culturas originarias, desde los cumanagotos hasta los yanomami, obsequiándonos un espejo imprescindible para reconocernos en el rostro del otro.
Pero la selva no solo se mira, también se escucha, penetrar en el misterio de sus voces fue la tarea de un cuarto de siglo del antropólogo Jacques Lizot, quien con el amparo de Unicef nos entregó su Introducción a la lengua yanomami. Más que un tratado gramatical, su obra es un puente de palabras descriptivas y libres, una herramienta concebida para que los maestros de las escuelas bilingües protejan la vibrante riqueza oral de los cuatro subgrupos que habitan la espesura, evitando que el olvido silencie sus cantos ancestrales.
Al final del estante, como un testimonio de amor que tardó cincuenta años en madurar, está la vida indígena en el Orinoco. Este compendio, custodiado por la Fundación Cisneros, recoge la mirada y los objetos recolectados por Edgardo González Niño durante medio siglo de comunión con la selva. Con la sensible pluma de Lelia Delgado, el libro, que llegó a deslumbrar en las salas del Museo de las Culturas del Mundo en Frankfurt, se despliega ante nosotros como un glosario de cosmogonías, ceremonias y modos de subsistencia de los pueblos piaroa, ye’kuana y yanomami. Cada una de estas obras es un muelle en el mapa de nuestra sensibilidad, no son solo libros; son los trazos con los que Venezuela insiste en recordar quién es, allá donde el Orinoco se vuelve poesía.
El fuego, el tejido y el shabono
Pero el verdadero espíritu del Alto Orinoco no solo habita en los libros; respira en la tradición oral que los abuelos siguen susurrando al abrigo de la noche. En la memoria ye’kuana, por ejemplo, aún resuena el eco de Yuudashi, el antiguo dueño del fuego sagrado (wantödiyu). Cuenta el mito que, arrastrado por las intrigas de Makanishaawa, Yuudashi desató un incendio colosal sobre Tundeke para calcinar el pueblo de Kuyujani; una tragedia de cenizas y llamas donde los sobrevivientes debieron hallar refugio en las entrañas de la cueva Waduma Moitwö, dejando grabado aquel instante en el alma de su pueblo.
De ese mismo suelo bendito brota la delicadeza de sus manos, la mitología recuerda que fue Yanidimiyama quien tejió la primera wapa, abriendo el camino para esos diseños geométricos y sagrados conocidos como wanadi, motai o kujöjö, nacidos de la fibra misma del kueakue. Desde entonces, el arte de la cestería es un diálogo con la naturaleza, el manade nace para cernir la harina de yuca, el sebucán para exprimir la masa, la wuva para que las mujeres carguen los frutos del conuco, y el catumane para transportar la vida misma sobre la espalda.
Más allá, mimetizados con el verdor eterno, habitan los yanomami, una de las culturas más antiguas y numerosas del Amazonas, cuyo nombre significa, con hermosa sencillez, “ser humano” u “hombre que tiene una casa”. Compartidos entre el sur de Venezuela y el norte de Brasil, los yanomami no son hijos del remo ni de la navegación; son los caminantes de la selva. Cruzan los ríos caudalosos sobre puentes colgantes y pasarelas tejidas, internándose durante semanas en la espesura para cazar dantas, lapas y báquiros, pescar pavones en los riachuelos y recolectar desde miel silvestre hasta los frutos del seje y el pijiguao.

Su universo social se concentra en el shabono, esa imponente vivienda comunal y circular donde los techos de paja se abren en el centro para regalarle una plaza abierta al cielo. Allí, mientras el algodón se transforma en chinchorros y las cortezas de yagrumo se vuelven tensores para sus arcos, los yanomami cultivan el plátano, la yuca y el tabaco. Es la vida en su estado más puro, una existencia donde cada hombre y cada mujer es un hilo invisible pero indestructible en el gran tejido del Amazonas.
Asomarse a estas realidades desde la distancia, a través de la palabra escrita y el testimonio salvado, nos confronta con el verdadero valor de lo imperecedero. Al final del día, es historia que nos define, es vida que palpita en la memoria de los pueblos y es naturaleza que ruge con su belleza indómita; un legado sagrado que tenemos el deber de presentar e inculcar a las nuevas generaciones para que no olviden de dónde venimos. Custodiar ese cofre de saberes es el único camino para asegurar que el porvenir no sea un territorio desierto, sino un suelo fértil donde sigan brotando nuestras raíces más profundas. ¡Visitemos, preservemos y salvaguardemos, estos elementos y sitios Declarados Bien de Interés Cultural!
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Danfny Esther Velásquez Sosa (1960, Santa Ana, Nueva Esparta) danfnyescritora@gmail.com: Escritora, locutora, maestra pueblo en la Radiodifusión Sonora, productora nacional independiente, cronista comunal, abogada y científica social (doctora en Ciencias de La Educación y en Patrimonio Cultural). Actualmente es la directora interinstitucional de Radio América: R. A. «La Onda de la Alegría» 90.9 FM, Patrimonio Cultural Inmaterial de la Nación (G. O. N° 42.670, del 13-07-2023).
Su trayectoria incluye un TSU en Producción de Medios de Comunicación Social (Alternativa, Popular y Comunitaria), una licenciatura en Pedagogía Alternativa, sub-área Registro del Patrimonio Cultural, y un posdoctorado en Corrientes Filosóficas para la Investigación.
Ciudad Valencia/RM













