San Fernando de Atabapo

Desde la mirada de la educación en patrimonio cultural que transmite, documenta, promociona y enriquece, hablaré del municipio San Fernando de Atabapo, estado Amazonas y sus elementos asociados, declarados Bien de Interés Cultural por el Instituto del Patrimonio Cultural (IPC), según Providencia Administrativa N° 003/05 del 20-02-2005, Gaceta Oficial N° 38.234 del 22-07-2005. Toda vez, como Portadora Patrimonial de la Nación (Gaceta Oficial N° 43.127 del 14-05-2025).

Para adentrarnos en la mística y el corazón fluvial centenario del Amazonas, es imperativo detener la mirada en San Fernando de Atabapo, capital del municipio homónimo, el cual ostenta el orgullo de ser el primer centro poblado no indígena de la región, fundado en 1758 por José Solano. Su suelo respira gesta heroica, a finales de 1817, el capitán patriota Hipólito Cuebas remontó los raudales de Maipures al frente de 80 hombres, sellando la independencia de estas tierras frente a la corona española. Este hito civilizatorio permitió que el 28 de julio de 1822, amparada en la Constitución de la República de Venezuela, se instalara aquí la primera municipalidad del territorio, bajo el nombre de Cantón de Río Negro.

Para 1864, cuando la Constitución Nacional creó el Territorio Federal Amazonas, San Fernando de Atabapo ya era una ciudad centenaria y fue designada legítimamente como su capital; dignidad que custodió con celo hasta 1928, año en que la jefatura territorial se mudó a Puerto Ayacucho. Geográficamente, Atabapo es un prodigio de la naturaleza, reposa en la confluencia majestuosa de los ríos Atabapo y Orinoco, justo donde el río Guaviare, proveniente de Colombia, desagua su caudal de aguas terrosas. Hacia el sur, el eje Atabapo-Temi abre el camino hacia el Guainía y el Río Negro, colindando con los límites de Colombia y Brasil. Esta ubicación estratégica la consagra hoy más que nunca, como el principal eje de intercambio cultural y comercial de la vasta región Ventuari-Manapiare y el Alto Orinoco.

Llegar a este epicentro de historia es una travesía en sí misma, se encuentra a tan solo 50 minutos por vía aérea desde Puerto Ayacucho, o en viaje de tres horas en las tradicionales voladoras, que parten desde el puerto de Samariapo. Su dinamismo fronterizo es tal, que en estas embarcaciones se alcanza la localidad colombiana de Manaven en apenas cinco minutos, y el Puerto Inírida en cuarenta y cinco. Al desembarcar en su muelle sobre el Orinoco, San Fernando de Atabapo se revela sobre una topografía plana y un trazado urbano regular, donde sus calles y manzanas actúan como un sabio elemento ordenador del espacio. Allí, entre construcciones mayoritariamente aisladas de un solo piso que muestran el paso del tiempo y la modernidad, se encuentra el testimonio vivo de nuestra venezolanidad profunda.

 

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El ágora de Atabapo, donde la sombra del samán custodia la historia, Atabapo no es un simple espacio de tránsito; es un escenario vivo donde el tiempo parece haberse detenido para contar sus secretos. Al caminar por sus senderos, resguardados por jardineras y árboles de generosa sombra, el visitante se encuentra cara a cara con la memoria de la patria. Allí, junto a la figura pedestre del Libertador, descansa una silenciosa culebrina de metal, un cañón del siglo XIX, como un testigo mudo de las batallas que forjaron la soberanía de este suelo fluvial. Pero la plaza también cobija los pasajes más oscuros y luminosos del devenir local, un monumento conmemorativo señala el sitio exacto donde la justicia alcanzó al temido Tomás Funes, poniendo fin a una era de terror en el cauce del Amazonas. En contraste con esa memoria de pólvora y sangre, en el margen que mira hacia la calle Piar, se alza majestuoso el afamado Samán de Atabapo. Este árbol emblemático, cuya edad exacta se diluye en las brumas de la tradición oral, ya brindaba su fresca protección mucho antes de las primeras décadas del siglo XX. Se dice que fue sembrado en el corazón primigenio de la fundación, convirtiéndose en el principal sitio de reunión cívica, un símbolo de arraigo y en el alma verde de la comunidad.

A los costados de esta ágora, el poder civil y la fe se miran de frente, el edificio de la Alcaldía comparte el pulso cotidiano con la Capilla de San Fernando Rey, el principal templo católico de la localidad. Este santuario actual, erigido en los años sesenta, se levanta sobre las huellas de la primera iglesia colonial que rindió honores al rey Fernando VI poco después de 1753. Con su imponente torre campanario de líneas sencillas que se eleva al cielo, y sus muros que tamizan la luz del trópico a través de delicados calados, la capilla sigue siendo el refugio espiritual donde los habitantes de Atabapo resguardan su devoción secular.

El río Atabapo, un viaje de agua terrosa hacia el encuentro de los pueblos, es un vigía geográfico cuya línea de vaguada dibuja el límite fraterno con la República de Colombia. Este coloso nace cerca de la quietud de Guarinuma y va cobrando fuerza y temperamento al pasar frente a Caname y Pintao de Atabapo. En su avance hacia el norte, marcando los linderos occidentales del estado Amazonas, acaricia el puerto de Guasuriapana antes de protagonizar una de las coreografías fluviales más impresionantes del continente, se encuentra con el caudal del río Guaviare, que viene desde tierras colombianas, y juntos, se entregan al abrazo definitivo del Orinoco a la altura de San Fernando de Atabapo.

Más que un punto de atraque, el Puerto Real es el gran escenario del intercambio humano. Allí desembarcan los suministros que alimentan al poblado y se entrelazan los hilos del comercio interétnico, uniendo las voces de las comunidades originarias de las regiones más apartadas de nuestra geografía selvática. Pero el río también sabe de fiesta; cuando las aguas bajan y el sol de la sequía abraza la costa, este puerto se transforma en un balneario lleno de vida, donde propios y visitantes se congregan para celebrar la frescura y el misterio del agua. Y es ahí precisamente, donde un conjunto de pequeñas islas pétreas de color oscuro juega con las estaciones, se dejan ver majestuosas durante la sequía, cuando el río apacigua su corriente, y se sumergen silenciosas bajo el manto del invierno fluvial.

San Antonio, el suelo donde la arcilla y el tiempo guardan la memoria, es así como la historia de Atabapo, no solo se escribe sobre las corrientes de sus ríos, sino también en las entrañas de su suelo. En la margen izquierda del Orinoco, allí donde el bosque de galería se funde con extensas selvas húmedas y majestuosas palmeras, yace el yacimiento arqueológico de San Antonio; un portal al pasado prehispánico del Amazonas. En este rincón sagrado, la ciencia guiada por el Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas (IVIC), logró desenterrar los vestigios del Complejo Nericagua, una civilización antigua que habitó estas llanuras aluviales mucho antes de la llegada de los colonizadores. Hoy, sobre ese mismo suelo de herencia milenaria, florece un poblado integrado por los pueblos originarios Yeval y Baré, quienes desde hace décadas custodian el lugar, organizando sus hogares en montículos que abrazan una plaza central, emulando de alguna manera el orden de los antiguos.

La cerámica rescatada en San Antonio es poesía moldeada en barro; un testimonio de cómo los antiguos artesanos dialogaban con la naturaleza. Para dar resistencia a sus piezas, mezclaban la arcilla con caraipe, ceniza de corteza vegetal y con el místico cauixí, una delicada esponja de agua dulce extraída de los propios ríos, que trituraban con paciencia milenaria. De ese ritual nacían vasijas naviformes, modeladas con la hermosa silueta de pequeños barcos, y botellas ceremoniales. Cada pieza era un lienzo donde el rojo del engobe y el negro de las pinturas daban vida a rostros humanos, apéndices geométricos y figuras de animales de la selva, resguardados por asas tubulares y pintaderas cilíndricas. Son fragmentos de eternidad que demuestran que, en el Amazonas, el arte y la devoción por la tierra nunca dejaron de moldearse.

El tejido de lo sagrado, máscaras, cantos y canastos del Amazonas, es conocerlo al adentrarse en las comunidades que circundan San Fernando de Atabapo y descubrir que, en la selva, el arte no es un adorno, es el lenguaje con el que los seres humanos conversan con los espíritus. Cada fibra tejida, cada vasija moldeada y cada máscara pintada lleva en sí el latido de un cosmos vivo. En el silencio de la espesura, la cultura Curripaco o Wakuénai, custodia de una lengua que hoy pocos susurran, preserva sus danzas rituales con trajes que parecen brotar de la misma tierra. Sus danzas se ejecutan bajo mantos sagrados de fibras vegetales que caen como hilos desde la cabeza hasta los pies, obtenidos de la palma de cucurito. Sobre sus chamanes y capitanes reposa la corona kunin, un tejido plegado de hojas que se corona con plumas de gavilán para guiar el baile del yapururo. Esa misma mística de la transformación florece entre los Piaroa (Wo’thuja).

El warime

En la penumbra de la churuata sagrada, los hombres tejen con fibra de mamure el armazón de las máscaras para la ceremonia del Warime. Revestidas con la corteza del árbol marima y endurecidas con la resina oscura del peramán, estas piezas encarnan a los dueños de la selva. Según el ritual, la máscara alargará su trompa para llamar al espíritu del báquiro, se acortará para invocar al chácharo, o moldeará el rostro del mono Jichu. Cada una posee su propio llanto y su propio canto, adornada con el rojo encendido del onoto y plumas de guacamaya y tucán. El sonido rige la vida en el territorio, desde las flautas de hueso de venado que anuncian en la distancia la llegada de un visitante a la comunidad, hasta las vasijas de barro Worá que resuenan con dos soplos acústicos, la música es comunión. Incluso, la ternura se teje con tiras suaves de mamure y caracoles en su vientre, los piaroa elaboran sonajeros que calman el llanto de los niños con un arrullo que imita el murmullo de la selva. Mientras tanto, las mujeres lucen collares de algodón silvestre y mostacillas azules y blancas, y los jefes portan collares teñidos de onoto con dientes de báquiro, afirmando su estatus bajo dijes de garras de oso hormiguero y coronas de plumas de paují.

Esta devoción por las formas se traslada a la vida cotidiana de los pueblos Jivi y Ye’kuana. En sus manos, la cestería demuestra que la belleza es inseparable de la utilidad. Las cestas guapas de los jivi resguardan la harina de yuca con perfectas geometrías, y el katumare se ajusta a la espalda para cargar la cosecha desde el conuco. Por su parte, los ye’kuana plasman en sus petacas de bambú los perfiles del mono, las culebras sagradas y las gotas de lluvia, devolviéndole a la naturaleza lo que de ella han tomado. Su alfarería, como las ollas Hapoca moldeadas por enrollado y cocidas a fuego abierto, muestra líneas onduladas pintadas con carbón, donde el fuego sella el arte de alimentar a la familia.

La curiara, el útero de madera y el alma navegante del río, que para comprender el espíritu indomable de Atabapo, es necesario mirar el agua, y sobre ella, la silueta eterna de la curiara. Más que un medio de transporte o una plataforma para la pesca, la canoa es el cordón umbilical que une al ser humano con las arterias fluviales del Amazonas. Su versatilidad es tal que, nacida del saber ancestral, fue adoptada con gratitud por las poblaciones criollas para poder domar la corriente. Para el pueblo Ye’kuana, la vinculación con esta embarcación es una razón de ser; su propio nombre significa, literalmente, “gente de la curiara”. Ellos reviven en cada madera el mito originario de Manajuma, el hombre sabio que talló la primera canoa para vencer la distancia de las quebradas y los caños. Construir una aacuyada, como la llaman en su lengua, es un acto de comunión sagrada con la selva. Los hombres escogen troncos robustos de laurel, cedro o palo de cachicamo, golpeando la corteza para escuchar su eco y asegurar que no esté hueco; una tala que debe hacerse siempre en ausencia de luna para que los gusanos no devoren la madera, el proceso es un ritual de fuego y paciencia.

A partir de un solo tronco, los artesanos van quemando minuciosamente las entrañas del árbol, ensanchando y dilatando sus paredes calientes con cuñas de madera para que no se estrechen al enfriarse. Al final, pintada con trazos rojos y negros, la curiara cobra vida en forma de media luna. Su nobleza es tan infinita que jamás muere del todo, cuando cumple su ciclo en el agua, se convierte en el hogar donde las mujeres lavan la ropa, amasan la yuca rallada o fermentan las bebidas sagradas de los rituales, hasta que el tiempo decide devolverla silenciosa a la naturaleza.

En este mismo cauce, los hombres Piaroa perpetúan su propio arte como constructores exclusivos. Con hacha y machete abren el corazón del árbol, vertiendo brasas encendidas para ahuecar su alma y sellando el fondo con resinas vegetales que garantizan la flotabilidad. Algunas canoas nacen simétricas para ser impulsadas por el rítmico golpe del canalete; otras, más robustas, se cortan de forma transversal en la popa para recibir los motores fuera de borda que desafían las grandes distancias del Orinoco. Desde la pequeña jera de los Jivi, hecha de cachicamo, hasta la tradicional curiaca de los pescadores locales que desliza su silueta de dos plazas por el puerto, la curiara sigue siendo el testimonio vivo de un pueblo que no camina la tierra, navega su historia.

Al despedirnos de San Fernando de Atabapo, queda en el pecho el eco de sus flautas de hueso, el misticismo de sus máscaras sagradas y el murmullo eterno de sus tres ríos. En este rincón centenario, el pasado prehispánico no yace enterrado en los yacimientos, sino que flota, palpita y avanza, corriente abajo, en el noble lomo de una curiara, el útero de madera donde la gente de la selva sigue navegando su propia inmortalidad. ¡Visitemos, preservemos y salvaguardemos, estos elementos y sitios Declarados Bien de Interés Cultural!

 

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Danfny Velásquez-columna Patrimonio Cultural de Venezuela

Danfny Esther Velásquez Sosa (1960, Santa Ana, Nueva Esparta) danfnyescritora@gmail.comEscritora, locutora, maestra pueblo en la Radiodifusión Sonora, productora nacional independiente, cronista comunal, abogada y científica social (doctora en Ciencias de La Educación y en Patrimonio Cultural). Actualmente es la directora interinstitucional de Radio América: R. A. «La Onda de la Alegría» 90.9 FM, Patrimonio Cultural Inmaterial de la Nación (G. O. N° 42.670, del 13-07-2023).

Su trayectoria incluye un TSU en Producción de Medios de Comunicación Social (Alternativa, Popular y Comunitaria), una licenciatura en Pedagogía Alternativa, sub-área Registro del Patrimonio Cultural, y un posdoctorado en Corrientes Filosóficas para la Investigación.

 

Ciudad Valencia/RM