Municipio Rafael María Baralt

Desde la mirada de la educación en patrimonio cultural que transmite, documenta, promociona y enriquece, hablaré del municipio Baralt, estado Zulia y sus elementos asociados, declarados Bien de Interés Cultural por el Instituto del Patrimonio Cultural (IPC), según Providencia Administrativa N° 003/05 del 20-02-2005, Gaceta Oficial N° 38.234 del 22-07-2005. Toda vez, como Portadora Patrimonial de la Nación (Gaceta Oficial N° 43.127 del 14-05-2025).

El municipio Rafael María Baralt, no es solo un nombre en el mapa, es un organismo vivo que respira a través de sus seis parroquias: San Timoteo, General Urdaneta, Libertador, Manuel Guanipa Matos, Marcelino Briceño y Pueblo Nuevo. Es un territorio donde la vida se labra con la nobleza de la agricultura, el vigor de la ganadería y el ancestral llamado de la pesca. Pero, sobre todo, es un pueblo que celebra su existencia al ritmo sagrado del chimbánguele, invocando a San Benito en una danza de fe que funde el pasado con el presente. Los invito a recorrer este palimpsesto de agua y tierra, donde cada rincón cuenta una historia de esfuerzo y esperanza.

Municipio Rafael María Baralt

Hay territorios que no se miden en simples coordenadas, sino en la memoria de sus aguas y el temperamento de sus montañas. Hablar del municipio Baralt es desandar un camino de siglos que, allá por 1840, latía bajo el nombre del antiguo Cantón de Gibraltar. Imaginen por un momento aquel horizonte infinito: una vasta extensión que dormía entre el río Misoa al norte y el San Pedro al sur, custodiada por el abrazo silente de las serranías de Misoa, Siruma y Paují. Era un mundo donde la Diputación Provincial, desde el puerto de Maracaibo, trazaba mapas sobre una tierra que ya sabía a salitre y a promesa.

En el corazón de 1846, el mapa comenzó a cobrar rostro humano con la creación de la parroquia General Urdaneta. Allí, entre los palafitos que desafían la gravedad y el tiempo, nombres como San Timoteo, Guillén y Tomoporo empezaron a escribir una gramática propia sobre el espejo del Lago. No eran solo puntos geográficos; eran hogares suspendidos sobre el oleaje, donde el habitante aprendió a dialogar con el reflejo de las nubes y a construir una arquitectura del equilibrio que aún hoy susurra historias de resiliencia.

Ese devenir histórico, que en 1948 otorgó al municipio su fisonomía de distrito al desprenderse de las riberas de Sucre, no fue un simple decreto de tinta y papel; fue el bautismo de una identidad con nombre propio, bautizada con la impronta del ilustre Rafael María. Desde ese instante, el paisaje se pobló de una sonoridad casi mística: Mene Grande con su grito negro bajo la tierra, Los Barrosos evocando la fuerza del subsuelo, y Motatán del Lago uniendo dos mundos en una sola frase.

Recorrer Baralt es transitar tres cielos distintos. Primero, el Premontano, donde las cumbres de Siruma vigilan el horizonte como centinelas de piedra. Luego, el Piedemonte, esa sabana suave que se entrega a la Depresión, ese reino de áreas inundables donde el hombre se hizo agua para no dejar de ser. Y en medio de este relieve de contrastes, la vida fluye a través de sus arterias: ríos como el Machango, el Chiquito y el San Pedro, que riegan no solo la tierra, sino la fe de un pueblo.

Es allí donde el golpe seco del chimbánguele invoca la presencia de San Benito, y donde la gaita zuliana se eleva como un ruego hacia la Virgen del Valle y la Chinita, fundiendo la herencia ancestral con el ritmo de la sangre. Al final, Baralt no es solo una división política decretada en 1995; es un palimpsesto vivo donde el pasado colonial del Cantón de Gibraltar se abraza con el presente pujante de sus seis parroquias, recordándonos que el patrimonio es, ante todo, el hilo invisible que nos une a la raíz de nuestra propia historia.

El patrimonio del municipio Baralt no solo se respira en el viento que baja de la sierra o en el salitre del Lago; se resguarda con celo en el silencio sagrado de la Capilla San José de Ceuta. Entrar en este recinto es asistir a un diálogo de siglos donde las imágenes religiosas no son simples figuras, sino guardianes de la identidad. Allí, la colección de la capilla se despliega como un libro abierto de fe: vemos a San Benito, en posición pedestre con su túnica azul y capa negra, listo para salir en procesión y fundirse con el sudor y el baile de su pueblo; y junto a él, la Virgen de Coromoto, sedente y majestuosa, sosteniendo al Niño que con su esfera azul parece abrazar el mundo entero desde estas riberas.

Es un rincón místico donde la geografía se desdibuja para unir continentes. La presencia de Santa María de África, patrona de la Ceuta española, en su pieza plateada que evoca aquel abril de 2005, nos recuerda que somos hijos de un tránsito constante, de un mestizaje que no conoce fronteras. Es allí, entre el verde de San Judas Tadeo y el eco de las campanas que afuera anuncian a la Virgen del Carmen, donde entendemos que el municipio es un palimpsesto vivo. Es la certeza de que, mientras una campana repique el nombre de Ceuta y un chimbánguele invoque a San Benito, nuestra historia seguirá escribiéndose sobre el agua, con la tinta indeleble de la memoria y el corazón.

Pero la memoria de este suelo, no solo se escribe en los altares de incienso; se esculpe con la fuerza del concreto en el Monumento a los Caídos, allá donde el cementerio municipal custodia el sueño de los valientes. Al acercarse, el alma se sobrecoge ante esa figura femenina en relieve que, de cuclillas y en un gesto de eterno lamento, encarna a la Justicia llorando por sus mártires. Tras ella, el paisaje se abre en una alegoría poderosa: un cielo espléndido que abraza las torres de petróleo y la vegetación indomable, recordándonos que la riqueza de esta tierra se pagó con sangre y esperanza. Bajo su mirada, cinco cruces de cemento marcan el reposo de quienes, aquel fatídico 26 de junio de 1936, entregaron su aliento en aras de la libertad sindical.

Es un rincón de piedra que habla con voz de trueno. Allí, una placa detiene el tiempo para nombrar a los compañeros vilmente asesinados: Pedro Pérez, Jesús García, Jesús Oropeza, José Omar Pérez y José del Carmen Barboza. Sus nombres no son solo letras sobre una losa; son la columna vertebral de un pueblo que aprendió a reclamar su derecho frente al grito negro del subsuelo. Entre la cruz de concreto que se eleva al cielo y la humildad de las tumbas, Baralt nos enseña que el patrimonio también es el sacrificio, y que la verdadera arquitectura del municipio se sostiene sobre los hombros de estos trabajadores que prefirieron el martirio antes que el silencio. Es aquí donde la historia deja de ser pasado para convertirse en una lección viva de dignidad bajo el sol zuliano.

Municipio Rafael María Baralt

El despertar de un gigante entre surcos y torres, hay tierras que están marcadas por el destino para ser el corazón latente de una nación, y el municipio Baralt es, sin duda, el epicentro donde Venezuela aprendió a reconocer su propia fuerza. No es solo un mapa de pastizales y ganado, ni solo el rastro fértil de una agricultura generosa; es el suelo donde el subsuelo decidió hablar por primera vez. Fue aquí, bajo la mirada eterna del cerro La Estrella en Mene Grande, donde en 1917 el pozo Zumaque Uno rasgó el silencio de los siglos para bautizar la era comercial petrolera de nuestra patria. Desde ese estallido de azabache, Baralt dejó de ser un rincón lejano para convertirse en la proa de un país que miraba al futuro, viendo nacer en San Lorenzo la primera refinería que procesó el sueño de la modernidad venezolana.

 

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Pero la riqueza de esta tierra no se mide solo en barriles o cosechas, sino en la dignidad de quienes la trabajan. En 1925, cuando el eco de la primera huelga petrolera contra la Caribbean Company recorrió las calles, Baralt le recordó al mundo que su mayor patrimonio no es el crudo que fluye, sino el valor de sus hombres y mujeres. Es un territorio de hitos y de primeras veces, donde el salitre del Lago se funde con el sudor del obrero y el aroma del campo, trazando una geografía de progreso que aún hoy, entre el recuerdo de sus pozos y la vigencia de sus luchas, se alza como el pilar fundamental de nuestra identidad económica y social.

 

El vientre de cristal y azabache: La Cuenca que nos Define

No se puede entender a Baralt sin reconocerse primero en el espejo infinito de la Cuenca del Lago de Maracaibo, ese santuario donde la naturaleza decidió volcar todas sus gracias. Es un espacio de riquezas casi míticas, donde la tierra se entrega generosa a la agricultura y la ganadería, y donde la fauna, terrestre, lacustre y fluvial danza en un hábitat de contrastes perfectos. Pero es el Lago, ese coloso de agua dulce y salobre, el verdadero puente de cristal que nos enlaza con el Caribe; un camino náutico que desde siempre ha susurrado al mundo la promesa del comercio y la libertad de la navegación.

Sin embargo, el destino de esta cuenca guardaba un secreto aún más profundo en el silencio de su subsuelo. Durante milenios, se gestó el más preciado de los tesoros energéticos: El petróleo, ese oro negro que acumuló siglos de historia geológica. No es solo un recurso; es el pulso que ha privilegiado no solo a la región zuliana, sino al corazón mismo de la Nación. Nuestra situación geográfica no es un azar cartográfico; es un privilegio sagrado, una bendición de agua y asfalto que ha convertido a este territorio en el centinela del progreso venezolano y en el puerto donde todas las esperanzas del país encuentran, finalmente, su orilla.

Tomoporo de Agua

Caminar por el municipio Baralt, es también descifrar una gramática arquitectónica única en el mundo, donde el hogar ha sabido adaptarse tanto al oleaje como a la torre. En las entrañas del Lago emerge Tomoporo de Agua, un santuario de estacas de madera donde los antiguos indígenas desafiaron la plaga de los manglares para construir una vida sobre el espejo del agua. Es un paisaje de techos a dos aguas que, ya en los viajes de Alonso de Ojeda, deslumbraba por su colorido y esa dinámica social que parece flotar sobre el tiempo. Tomoporo no es solo un centro poblado; es la resistencia de una raíz que se niega a dejar de ser agua.

Pero tierra adentro, el paisaje se transforma en una sinfonía de orden y progreso con los campos petroleros, verdaderos museos vivos de nuestra era industrial. Allí se alza el Campo Siberia, con sus casas en forma de diamante custodiando el cerro La Estrella, y el Campo La Estrella, donde el Club Zumaque y su mirador aún susurran las historias de los hombres que perforaron el primer grito negro de la nación. Es una ruta de contrastes: desde la sencillez lineal del Campo Las 14, construido por la Caribbean Petroleum, hasta la homogeneidad perfecta de Bella Vista y Puerto Rico, con sus techos a cuatro aguas y porches que resguardan la memoria de las familias petroleras. Estas viviendas, más que estructuras, son el testimonio de una planificación que buscó separar mundos, pero que terminó fundiéndose en la identidad indisoluble de un pueblo que vive entre el brillo de sus techos y el murmullo de la historia.

 

El faro del saber: Universidad Nacional Experimental Rafael María Baralt

No podría este recorrido por el alma del municipio encontrar un puerto más glorioso que aquel que rinde tributo a la inteligencia y la pluma. La Universidad Nacional Experimental Rafael María Baralt (UNERMB), en su extensión de Mene Grande, se levanta como un faro de modernidad y pensamiento. En sus edificaciones modulares de concreto y cristal, protegidas por el verde de sus áreas comunes, el saber se organiza para transformar el futuro. Pero es en una de sus paredes, de cara a la calle y al pueblo, donde el patrimonio se hace voz y mirada: allí, el mural de Simón Bolívar y Rafael María Baralt vigila el horizonte, recordándonos con una frase lapidaria que «lo imposible es aquello que nadie ha conseguido hacer, hasta que alguien lo hace». Cabe agregar, Casa de Estudios que me honra, por ser una de sus profesoras (invitada).

Llevar el nombre de Baralt en estas riberas es aceptar un compromiso sagrado con la excelencia. En esos pasillos, el estruendo del Zumaque y el susurro de los palafitos se transforman en conciencia viva. Cerramos esta crónica con la certeza de que, mientras el pensamiento de este ilustre zuliano siga guiando el paso de los estudiantes, el municipio Baralt seguirá siendo la cuna de los sueños que desafían lo imposible. Porque al final, el patrimonio no es solo lo que heredamos del pasado, sino la fuerza con la que construimos el mañana, con el corazón anclado en la raíz y la mirada puesta en la inmensidad del saber. ¡Visitemos, preservemos y salvaguardemos, estos elementos y sitios Declarados Bien de Interés Cultural!

 

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Danfny Velásquez-columna Patrimonio Cultural de Venezuela

Danfny Esther Velásquez Sosa (1960, Santa Ana, Nueva Esparta) danfnyescritora@gmail.comEscritora, locutora, maestra pueblo en la Radiodifusión Sonora, productora nacional independiente, cronista comunal, abogada y científica social (doctora en Ciencias de La Educación y en Patrimonio Cultural). Actualmente es la directora interinstitucional de Radio América: R. A. «La Onda de la Alegría» 90.9 FM, Patrimonio Cultural Inmaterial de la Nación (G. O. N° 42.670, del 13-07-2023).

Su trayectoria incluye un TSU en Producción de Medios de Comunicación Social (Alternativa, Popular y Comunitaria), una licenciatura en Pedagogía Alternativa, sub-área Registro del Patrimonio Cultural, y un posdoctorado en Corrientes Filosóficas para la Investigación.

 

Ciudad Valencia/RM