Amigas y amigos, constructores de sueños, forjadores de esperanzas: Las líneas que siguen son una síntesis del debate sostenido con mis estudiantes de la asignatura Desarrollo Histórico Social de Venezuela en la Facultad de Educación de la Universidad de Carabobo. En el año 2006 se desató una polémica en la opinión pública y entre historiadores respecto al decreto que emitió el gobierno del Presidente Hugo Chávez para incorporar una octava estrella a la Bandera Nacional, en cumplimiento del decreto emitido por el Libertador Simón Bolívar en 1817 tras la liberación de la provincia de Guayana.

Posteriormente se trasladó la conmemoración del Tricolor Patrio del día 12 de marzo al 3 de agosto. Se insistió entonces, y aún no cesa en repetirse, que tales acciones hacen parte de un proyecto que pretende cambiar la Historia para crear una narrativa historiográfica que se corresponda mejor con la concepción político-ideológica del gobierno. Al respecto es bueno hacer las siguientes consideraciones.

 

Ni siquiera Dios puede cambiar el pasado

Uno de los primeros aspectos que deben clarificarse es la distinción entre hecho histórico y el relato historiográfico. El primero está referido al acontecimiento, al suceso ocurrido en un tiempo y lugar determinado (utilizo deliberadamente estos conceptos como sinónimos aunque la discusión especializada pueda establecer diferencias entre ellos). El hecho histórico es material, objetivo, concreto. No depende de la voluntad u opinión del historiador.

El relato historiográfico, en cambio, es la reconstrucción (la ordenación y explicación de los hechos) realizada por el historiador para dar cuenta de un acontecimiento. La historiografía es la forma en que los historiadores estudian y explican los hechos del pasado. El relato historiográfico está orientado por la recopilación y ordenación que de los hechos realiza el historiador con base en las fuentes a las que puede tener acceso, a lo cual incorpora un elemento subjetivo: su particular manera de verlos y comprenderlos.

En esto tendrán mucha influencia sus posiciones ideológicas, las teorías en las que se apoye, los conceptos que utilice. No es un trabajo arbitrario ni caprichoso, por el contrario, requiere rigurosidad conceptual y metodológica. Pero siempre está guiado por la subjetividad del historiador.

Los hechos históricos NO CAMBIAN, cambia la forma de analizarlos, de entenderlos y de contarlos. Es imposible (a menos que se mienta) escribir una historia distinta a lo ocurrido, por ejemplo: afirmar que los realistas ganaron en Carabobo el 24 de junio de 1821 o negar que el 27 de febrero de 1989 ocurrió una explosión social. Decía el pensador griego Agatón: “Ni siquiera Dios puede cambiar el pasado”. Visto de esta forma, si el pasado como hecho histórico es inmodificable ¿por qué existen tantos debates en torno a hechos del pasado? Porque el pasado es un referente al que solo podemos acercarnos desde las inquietudes, motivaciones e intereses del presente, y sobre el que podemos tener aproximaciones y explicaciones parciales, dependiendo de las fuentes que se utilicen y los análisis que se realicen.

El acontecimiento no cambia, cambian las explicaciones. Pongamos otro ejemplo: durante mucho tiempo la enseñanza de la historia realizada bajo la perspectiva eurocéntrica y promovida por el sistema educativo, señalaba que el 12 de octubre de 1492 se produjo “el descubrimiento de América”. Esa fue la narrativa contada por el conquistador y transmitida como verdad absoluta.

Pero el mismo acontecimiento puede ser estudiado desde una perspectiva distinta: lo ocurrido a partir del 12 de octubre de 1492 fue un proceso de invasión, genocidio y saqueo de los territorios y habitantes del llamado Nuevo Mundo. Es el mismo hecho mirado desde un ángulo distinto. El hecho histórico concreto no cambia: en esa fecha arribaron a estas tierras habitantes del mundo europeo. La valoración y análisis de ese proceso que marcó la historia de ambos continentes es parte del debate historiográfico, pero no modifica el hecho histórico en sí mismo.

 

Reinterpretar un hecho

En la polémica respecto al presunto cambio de la historia tiene mucho peso el siguiente aspecto: lo que muchas personas consideran hechos históricos en muchos casos han sido construcciones historiográficas. Así, durante mucho tiempo se consideró que el 12 de marzo era el Día de la Bandera porque en esa fecha Francisco de Miranda izó por primera vez el tricolor en el barco Leander durante la primera invasión a Venezuela. El dato existe, fue plasmado por el héroe caraqueño en su diario de viajes. Es un hecho comprobable. No hay dudas de su ocurrencia.

Pero la adopción de esa fecha como efeméride para conmemorar el tricolor patrio no es un hecho histórico, sino una construcción historiográfica. Fue durante los gobiernos de Antonio Guzmán Blanco que se promovió el culto a Bolívar, se hizo exaltación de la gesta emancipadora y se construyó toda una simbología patria para tratar de crear vínculos de identidad nacional. Así, pasaron a ser símbolos de la nación: la bandera de siete estrellas, la canción Gloria al Bravo Pueblo como himno nacional, el escudo del caballo con el cuello mirando hacia atrás, el bolívar de plata como moneda nacional, entre otros símbolos.

Todos estos aspectos fueron decisiones adoptadas durante el guzmancismo y gobiernos posteriores, no fueron hechos históricos en sí mismos. Visto así, ¿la incorporación de una octava estrella al Pabellón Nacional es una adulteración de la Historia? ¿No tenía Venezuela diez provincias en el año 1811, siete de las cuales declararon la independencia el 5 de julio y, posteriormente, en 1817, una de las tres provincias rebeldes, Guayana, fue liberada e incorporada su estrella a la bandera por decreto del Jefe Supremo Simón Bolívar? Ese es el hecho real, objetivo, el dato bruto, puro.

¿Haber tomado en su momento la bandera de siete estrellas como símbolo patrio es una verdad absoluta, un hecho material inmodificable o una decisión ejecutiva orientada bajo un criterio historiográfico? El 12 de marzo era celebrada la efeméride de la bandera nacional pues en ese día, en 1806, Miranda izó el tricolor por primera vez en el barco Leander dejando testimonio del acto en su diario personal, aspecto que otorga mayor autenticidad al hecho.

 

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¿Acaso no izó también la bandera el 3 de agosto del mismo año, ya en Tierra Firme, durante el desembarco de la expedición libertadora por la Vela de Coro? ¿No resulta más propicio conmemorar el día de la bandera en agosto por haberse izado, por primera vez, el tricolor en tierras venezolanas? ¿Es el 12 de marzo, fecha en la que se conmemoraba el día de la bandera, una verdad histórica o un criterio historiográfico?

Lo que ocurrió con esa decisión fue la reinterpretación de un hecho histórico y no un cambio de la Historia, puesto que ambos sucesos ocurrieron realmente y están suficientemente documentados. Decidir en qué fecha y por qué se conmemora un acontecimiento como este es un criterio historiográfico y administrativo que no produce adulteración del hecho histórico.

Los hechos del pasado siempre estarán sujetos a revisión, análisis y reinterpretación. Esa es la razón de ser de la Historia como ciencia. Los hechos históricos no encierran verdades absolutas, siempre podrán ser estudiados y analizados bajo nuevos enfoques y perspectivas. Algo, en esa dirección, había adelantado el famoso pensador alemán Friedrich Nietzsche, quien afirmó que en historia: “no existen hechos, solo interpretaciones”.

 

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"La Campaña de Oriente de 1813", por Ángel Omar García

Ángel Omar García González (1969): Licenciado en Educación, mención Ciencias Sociales, y Magister en Historia de Venezuela, ambos por la Universidad de Carabobo, institución donde se desempeña como profesor en el Departamento de Ciencias Sociales de la Facultad de Educación. En 2021 fue galardonado con el Premio Nacional de Periodismo Alternativo por la Columna Historia Insurgente del Semanario Kikirikí. Ganador del Concurso de Ensayo Histórico Bicentenario Batalla de Carabobo, convocado por el Centro de Estudios Simón Bolívar en 2021, con la obra “Cuatro etapas de una batalla”. Es coautor de los libros “Carabobo en Tiempos de la Junta Revolucionaria 1945-1948” y “La Venezuela Perenne. Ensayos sobre aportes de venezolanos en dos siglos”.

 

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