Los Petroglifos de Inagoanagoa

El Grito de la Piedra ante el Olvido.

En la entrega anterior exploramos el entorno geográfico de la Fila Orégano y la destreza técnica de las comunidades de la serie Valencioide para esculpir las duras rocas de Alto Cabriales. Sin embargo, para los antiguos habitantes de Naguanagua, estas marcas no eran simples decoraciones ni hitos meramente geográficos. Eran un sistema complejo de símbolos, un código místico y científico que vinculaba la vida del valle con las fuerzas del cosmos.

En esta segunda parte, descifraremos la iconografía de los petroglifos, analizaremos el profundo significado de sus mitologías y expondremos la alarmante situación de abandono que hoy amenaza con borrar esta memoria ancestral.

 

Iconografía: Descifrando los símbolos

El análisis formal de los motivos presentes en Naguanagua permite clasificarlos en cuatro grandes familias iconográficas, cada una respondiendo a una necesidad distinta de comunicación:

Motivos antropomorfos (ancestros y el chamán): Representaciones estilizadas que priorizan la cabeza y los órganos de los sentidos. Es frecuente el motivo del «rostro con orejeras» o máscaras rituales que representan a los antepasados míticos. Muchas figuras de cuerpo completo muestran extremidades flexionadas, una postura clásica vinculada con la posición de la rana (símbolo de la fertilidad) o con el estado de trance del chamán bajo los efectos de plantas sagradas como la Yopo.

Motivos Zoomorfos (los animales de poder): Siluetas que remiten a aves rapaces, lagartos y felinos. En la cosmovisión americana, los animales eran alter egos de los seres humanos. El jaguar representaba la fuerza y el poder de la noche; la serpiente estaba ligada a las aguas subterráneas y a la renovación; las aves eran mensajeras del mundo superior.

Motivos astromorfos (el calendario del cielo): Soles y estrellas bajo la forma de círculos radiados, puntos agrupados y cruces simétricas. Al observar cómo la luz solar incidía sobre determinados grabados a lo largo del año, los sabios de la tribu podían predecir con exactitud la llegada de las lluvias o la sequía, ordenando los tiempos de siembra y cosecha.

Motivos geométricos (el laberinto de la mente): Espirales, líneas serpentinas y meandros. La *espiral* se asocia directamente con el ciclo del agua, el fluir de los ríos y el camino del espíritu después de la muerte. Son abstracciones conceptuales que demuestran la profunda capacidad de pensamiento metafórico de estos pueblos.

 

MÁS DEL MISMO AUTOR: EL TESTIGO DE PIEDRA: LOS PETROGLIFOS DE INAGOANAGOA (PARTE I)

 

El significado místico y las cosmogonías prehispánicas

Para el hombre contemporáneo, una roca grabada es un objeto arqueológico; para el indígena de Naguanagua, era un *eje del mundo* (axis mundi). Las evidencias etnografías nos permiten deducir que estos sitios eran santuarios al aire libre. La Roca C, con su gran despliegue de figuras, funciona como un mapa de las *mitologías cosmogónicas* que explicaban cómo el universo, inicialmente sumido en el caos y la oscuridad, fue ordenado por los dioses creadores.

Muchos de estos santuarios eran el escenario de los rituales de iniciación. Llevar a los jóvenes desde los poblados del valle hasta las alturas de la Fila Orégano implicaba un viaje físico y espiritual. Allí, frente a las rocas donde estaban grabados los mitos de la creación y bajo la guía del piache, los iniciados recibían la sabiduría secreta de su pueblo, transformándose en los nuevos guardianes de la tradición.

 

La problemática del abandono: El vandalismo y la indiferencia

A pesar de su inmenso valor, el panorama actual del yacimiento es alarmante. Los petroglifos de Naguanagua sufren un proceso de deterioro acelerado debido a tres vertientes principales:

 

Vandalismo directo y grafiti: Al estar en una ruta de libre acceso y sin vigilancia, las rocas sufren la acción destructiva de grafitis con pintura en espray, marcadores o rayaduras. Los solventes para remover la pintura moderna pueden degradar irreversiblemente la superficie original de la piedra.

El mito de la «limpieza» con tiza: Existe la nefasta praxis de remarcar los surcos con tiza o carbón para que resalten en las fotos. La tiza genera reacciones ácidas con la humedad que aceleran la erosión de la roca, y la fricción mecánica destruye los micro-relieves que permiten identificar las herramientas originales de tallado.

La sincreción inadecuada: La fijación de altares, estatuillas de vírgenes, santos o elementos de cultos sincréticos modernos altera el contexto arqueológico. El uso de cemento o pernos para adherir estos objetos fractura los bloques de esquisto, mientras que la cera derretida de las velas mancha y degrada químicamente los surcos milenarios.

Inacción institucional: El sector cultural mantiene una deuda histórica por la ausencia de señalización informativa, la falta de guarda-parques asignados y la inexistencia de un catálogo fotogramétrico oficial en tres dimensiones.

 

El registro gráfico y el arte como herramienta de rescate

Ante el fallo institucional, la sociedad civil y los artistas visuales tienen la responsabilidad de levantar el testimonio de lo que se está perdiendo. Mientras el científico busca el dato, el artista busca el *sentido*.

La tecnología actual ofrece la fotogrametría 3D, que permite tomar cientos de fotos de alta resolución bajo luz rasante para generar un modelo tridimensional exacto sin tocar la piedra, creando una auténtica «cápsula del tiempo» digital. Por su parte, la reinterpretación artística contemporánea —a través del dibujo, la pintura o la escultura— devuelve la vida a los símbolos. Al incorporar estos rostros ancestrales en la plástica moderna, el símbolo prehispánico deja de ser una reliquia muerta en una montaña olvidada y se convierte en un elemento activo de nuestra identidad visual urbana. El arte se transforma así en un escudo contra el olvido.

 

El retorno a la raíz

Cada surco que se borra por la erosión o por una intervención descuidada es una página que se arranca para siempre de nuestra historia colectiva. Salvar los petroglifos de Inagoanagoa es una necesidad vital para un pueblo que busca comprender quién es y hacia dónde va.

Mantener viva esta memoria a través del registro riguroso, la denuncia firme y la propuesta de planes de gestión sustentables (como caminerías elevadas de madera, educación comunitaria y brigadas de monitoreo junto a la Universidad de Carabobo) es un acto de auténtica soberanía cultural. Mientras esas rocas sigan en pie en lo alto del Cabriales, el espíritu de los primeros habitantes de Naguanagua seguirá resistiendo, esperando que aprendamos, por fin, a escuchar el eco de piedra que nos dejaron como herencia.

 

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Esteban Orlando Rodríguez-columna-arte generativo

Esteban Orlando Rodríguez (Caracas, 1977), ha realizado estudios en la Academia López y Acosta, donde además del comic y el dibujo, tuvo sus primeras experiencias con la pintura al óleo, asimismo se formó en las escuelas de arte Cristóbal Rojas de Caracas y Arturo Michelena de Valencia, hasta culminar estudios en la Academia Giovanni Batista Scalabrini, donde trabajo en el Departamento de Escultura y fue instructor de dibujo y pintura durante varios años. Actualmente participa como tallerista en el área de manga (cómic japonés) en el Museo de Arte Valencia (MUVA).

 

 

Ciudad Valencia/RM