Un largo pitazo sumía a los habitantes del poblado en un anhelo cercano a las lágrimas. Era el tren inglés con su carga de gente, mercancías de los muelles de Puerto Cabello, guacales de cacao, quintales de café, copra de coco, provenientes de las haciendas del sector: «Las Marías», «Bárbula», «La Providencia», «La India».

El ferrocarril paraba en los terrenos hoy ocupados por la Casa de la Cultura, las canchas de futbolito y la plaza «Urdaneta». En el ajetreo del andén se confundían viajeros, vendedores de carato de maíz, conservas, cachapas, hallaquitas de chicharrón; empleados, mendigos, enfermos de tosferina inhalado los vapores diésel.

El alboroto se desvanece al grito de un colector antecedido por un «silbato»: «¡Los que se van y los que se quedan!». El tren parte dejando un vacío descomunal, muy parecido a la pérdida de un gigantesco juguete de hierro, relojería y humo.

José Aquino, un exempleado del tren despedido por tratar de organizar una huelga, hablando consigo mismo, afirma: «Sí, nos pagaban muy mal, pero era lindo el paisaje: el olor marino con sus buques de tierras lejanas, la vaquera de Cumboto, la playa del Palito con su misteriosa ‘Piedra’, donde vivía un monstruo, la nube oscura de los túneles, la caldereta del Cambur, el verdor de la montañas con su algarabía de monos y loros, el hedor de las aguas sulfurozas de Trincheras, las claras y mineralizadas aguas en ‘caídas o saltos’, ‘La Primavera’ eterna de La Entrada”.

 

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Ningún país «moderno»  ha eliminado sus trenes, ¿por qué en Venezuela sí? La hipótesis de complacer los intereses de la «progresista» contaminante, insegura, cara y destructiva «industria automovilística» toma fuerza.

Desde una fila interminable de recalentadas «gandolas», un nieto del señor Aquino añora el  extenso y lejano «pitazo» anunciando la diaria visita a Naguanagua del tren donde trabajó el abuelo.

 

Douglas Morales Pulido / Ciudad Valencia