Las piedras hablan, y en el Parque Nacional San Esteban, en ese antiguo camino real los vestigios del pasado se alzan con voz firme sobre el histórico Puente Paso Hondo. Las imágenes que acompañan esta nota son el resultado de una expedición de interpretación promovida por el equipo del Proyecto Saint Jean, quienes recorrimos este emblemático sitio para documentar y preservar su memoria. Este puente, testigo silente de siglos de tránsito, conflicto y transformación, se convierte hoy en protagonista de una historia que merece ser contada.

Un puente entre épocas
Según el cronista Asdrúbal González, la construcción del Puente Paso Hondo se inició en febrero de 1807 y se extendió hasta el 20 de agosto de 1808, cuando se interrumpieron por breve tiempo los trabajos, reanudados después en fechas indeterminadas. Múltiples razones pudieron influir, siendo la invasión napoleónica en España una de ellas, como también repercutió negativamente en la construcción del camino carretero de Aguas Calientes.
Su diseño ojival, apoyado sobre piedras de granito, revela una ingeniería adelantada para su tiempo. Su constructor, el ingeniero Joseph Parreño levanta la obra con 40 metros de largo, 8,70 de ancho y 16 de altura, el arco fue formado por más de 74.525 ladrillos de arcilla cocida, cuyas dimensiones fueron calculadas en un estudio in situ realizado en 1.984 por estudiantes de ingeniería de la Universidad de Carabobo: Gonzalo Rodríguez, Marcia Rojas y Pedro Lozada, ya que las medidas originales en varas dictadas por su antiguo constructor era de difícil interpretación para el cálculo de sus dimensiones.
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Camino de historia y belleza
El puente forma parte de un trayecto del antiguo camino ancestral que conectaba Naguanagua con Puerto Cabello. Según el estudio “Explorando Maravillas: Camino de Carabobo Emblema del Parque Nacional San Esteban” de Ernesto O. Boede, fue escogido para su recorrido el valle de la cuenca del río San Esteban, subiendo por el cerro Carabobo hacia la cumbre del San Hilario, de acuerdo a la denominación de la época, para bajar por la fila de Bárbula hacia el valle del río Cabriales, con un trayecto de aproximadamente 43 km, hasta la Nueva Valencia del Rey.

Este sendero, originalmente trazado por comunidades aborígenes arawacas, fue transformado y convertido por los colonizadores españoles en una vía estratégica para la comunicación entre la costa central y el interior de Venezuela. A finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, este camino fue escenario de múltiples batallas de la Guerra de Independencia, convirtiéndose en un corredor vital para el movimiento de tropas y mercancías.
Este antiguo sendero no fue el único en la región. Otros caminos históricos que tejieron la geografía colonial incluyen el camino de Patanemo, el camino de Saint Jean, el camino de Cariaprima, el camino de Borburata, el camino de Valle Seco, el camino de Aguas Calientes, el camino La Mayor entre otros. Todos ellos, trazados originalmente por pueblos indígenas sobre picas en lo alto de las cordilleras, fueron luego ampliados y modernizados por los españoles para facilitar el tránsito y la explotación comercial.
De senda indígena a vía colonial
La historia del Puente Paso Hondo es también la historia de un proceso de apropiación y transformación. Los españoles no crearon el camino, sino que lo ampliaron y modernizaron para sus propios fines coloniales. La inversión en su construcción fue interrumpida por el estallido del movimiento independentista, lo que dejó el puente inconcluso, como lo evidencia la exposición de su arco a la intemperie.
Durante el siglo XVIII, la corona española y el cabildo de Valencia acordaron ampliar este sendero para facilitar la exportación de recursos hacia las Antillas y Europa. Posteriormente, se convirtió en una vía militar clave en la lucha por la independencia. La tradición oral, aunque rica en relatos, ha sido desmentida por estudios históricos que revelan que los materiales no fueron producidos en el sitio, sino trasladados desde Valencia, lo que elevó considerablemente el costo de la obra.
Testigos históricos aun presentes cerca del Puente de Paso Hondo
En las profundidades de una espesa y amplia vegetación, cerca del río que atraviesa el antiguo camino, aún pueden observarse los restos de antiguos hornos construidos con lajas de piedra, utilizados durante la edificación del puente. Estos hornos servían para amalgamar la cal, un proceso fundamental en la construcción de estructuras de mampostería.

Amalgamar la cal consiste en mezclarla con agua y otros materiales —como arena o arcilla— para obtener una pasta o mortero que actúe como aglutinante. Esta mezcla era esencial para unir los ladrillos y piedras, otorgando solidez y durabilidad a la estructura. La cal, al reaccionar con el agua, se hidrataba y adquiría propiedades adhesivas que permitían fijar los elementos constructivos entre sí.
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Se dice que durante la construcción del puente Paso Hondo, los ladrillos disponibles no fueron suficientes para culminar completamente la obra. La existencia de estos hornos evidencia que gran parte del trabajo se realizó in situ, es decir, directamente en el sitio de la construcción, aprovechando los recursos naturales del entorno.
Estos restos no solo son testimonio del ingenio y la técnica constructiva de la época, sino también una ventana al pasado que permite comprender cómo se erigían las infraestructuras en tiempos donde la tecnología era limitada, pero la habilidad humana era abundante.
El Puente Paso Hondo y su perfecta forma ojival
Es considerado una joya de la ingeniería vial venezolana. Esta estructura, que ha resistido más de siglo y medio de lluvias, vientos y crecidas del río, es testimonio vivo del ingenio y la determinación de quienes la erigieron.
Su cimentación se apoyó sobre dos colosales piedras que estrechan el cauce del río, justo más abajo. Para lograrlo, fue necesario golpear con piquetas de hierro la dura roca granítica, una labor titánica que apenas lograba morder la compacta materia. La elección de construir la ojiva en ladrillos añadió un desafío aún mayor: trasladar los materiales desde Valencia, a más de siete leguas de distancia, en una época donde los caminos eran agrestes y la selva imponía su ley.
La estrechez de las rocas base obligó a elevar la curvatura del puente, desafiando el tradicional arco de medio cañón que predominaba en este tipo de obras. Así nació una estructura vertical, esbelta, que se alza como una ojiva perfecta entre la vegetación, desafiando el tiempo y las aguas. Su silueta, elegante y firme, no solo cumple una función práctica, sino que conmueve a quien la contempla. Es común ver a visitantes detenerse, posar ante su imponente figura y capturar en una fotografía la emoción de estar frente a un monumento que ha sido testigo silente del paso del tiempo.
El Puente de Paso Hondo no es solo una vía: es una obra de arte, una proeza técnica y un símbolo de la capacidad humana para dialogar con la naturaleza sin doblegarla. Su presencia en el paisaje de San Esteban es un recordatorio de que el patrimonio también se construye con esfuerzo, visión y respeto por el entorno.
Nombres que construyeron la historia del Puente Paso Hondo
Los documentos del Real Consulado, conservados en el Archivo General de la Nación, rescatan los nombres de quienes hicieron posible esta obra monumental. Entre ellos, el maestro albañil Juan José López, el maestro carpintero Juan Pío Rojas, (quien por 300 pesos construyo la cimbra del arco) y los arrieros quienes trasladaban material desde Valencia: Antonio Rangel, (7.000 panelas) Marcos Lamas (8.000 piezas) y Felipe Rodríguez, (17.000 ladrillos) quienes. Estos nombres, rescatados por el cronista Asdrúbal González en su libro “San Esteban, Camino de la Cumbre”, son testimonio de un esfuerzo colectivo que aún resiste el paso del tiempo.
El Puente Paso Hondo no es solo una estructura de ladrillos y granito: es un símbolo de la convergencia entre culturas, de la lucha por la independencia y del ingenio humano frente a la adversidad. Su historia, marcada por la resistencia indígena, la ambición colonial y el fervor independentista, nos recuerda que los caminos que hoy recorremos fueron trazados por manos que soñaron con un futuro distinto. Gracias a iniciativas como la del Proyecto Saint Jean, estos vestigios del pasado no solo se preservan, sino que se reinterpretan para las generaciones presentes y futuras. Porque entender el pasado es también construir el porvenir.
Ciudad Valencia / Diego Trejo / MG












