La Plaza Bolívar de Flor Amarilla (importante destacar que la comunidad la conoce como Flor Amarillo) es un espacio que no solo representa el centro físico de la parroquia, sino también el alma de su historia, y se encuentra ubicada en plena avenida principal de Flor Amarillo, frente al templo Santos Ángeles Custodio y San Isidro Labrador. Un material dedicado al noble floramarillense que hace vida en esta localidad, gracias a los aportes de uno de los fieles difusores de su historia como lo es Larrys Agudo, Director de Proyecto Flor Amarilla.

Flor Amarillo y su querida plaza
Larrys Agudo, en reiteradas ocasiones ha explicado que a diferencia de otras plazas del país, esta no nació en tiempos coloniales ni fue trazada por urbanistas republicanos. Su origen está ligado a la transformación de una antigua hacienda agrícola en un caserío popular, producto de los cambios sociales y económicos del siglo XX. Durante las primeras décadas del siglo pasado, el terreno que hoy ocupa Flor Amarillo formaba parte de una extensa propiedad dedicada al cultivo de cítricos y caña de azúcar.
Las casonas solariegas alrededor de la plaza, que aún sobreviven —algunas en ruinas, otras convertidas en viviendas— fueron testigos de una época en que la tierra era el eje de la economía local, se recuerda a las familias Bremo, Cotuffo, y Piñero, considerados estos una de las familias más antiguas del lugar. Con el crecimiento demográfico de Valencia y la expansión hacia el sur, estas tierras comenzaron a ser parceladas y vendidas a familias trabajadoras que buscaban establecerse en la periferia urbana.
El nacimiento de la plaza
La plaza no fue concebida como tal desde el inicio. En sus primeros años, era apenas un claro entre las casas, un espacio de encuentro informal, dónde seguramente jugaban los niños y los vecinos se reunían.
Fue la propia comunidad, a través de juntas vecinales y sus gestiones la que impulsó su formalización como plaza principal, pero no se tiene registro de tal acontecimiento; esto es lo poco que se conoce a través de los adultos mayores de la comunidad. El nombre de Simón Bolívar, como en tantas otras plazas del país, fue elegido no solo por tradición, sino como símbolo de lucha, identidad y esperanza, sin embargo, hasta los momentos, no se cuenta con datos documentales de cuando fue inaugurada.
Las casonas solariegas: memoria viva del paisaje rural
Rodeando la plaza, aún se conservan algunas casonas que pertenecieron a varias familias antiguas de la zona. Estas edificaciones, con sus techos de teja, corredores amplios y muros de tapia, son vestigios de la arquitectura rural venezolana de los siglos XIX y XX. Más que estructuras físicas, son portadoras de memoria:
– Testimonio arquitectónico: Reflejan el estilo de vida de los antiguos hacendados y la transición hacia una economía urbana.
– Valor histórico: En sus paredes se guarda la historia de la producción agrícola que dio origen al caserío.
– Identidad cultural: Para los habitantes más antiguos, representan un vínculo emocional con sus raíces.
Lamentablemente, muchas de estas casonas han sido demolidas o sencillamente, transformadas en comercios. La modernización urbana, sin planificación patrimonial, ha puesto en riesgo este legado. Las que aún se mantienen en pie son un llamado urgente a la preservación.
La plaza hoy: espacio de encuentro y resistencia

Hoy, la Plaza Bolívar de Flor Amarillo es mucho más que un lugar de paso. Es escenario de actos escolares, celebraciones religiosas, ferias comunitarias y manifestaciones culturales. Aunque ha sufrido transformaciones, como las realizadas en el 2022, se puede decir, que conserva su esencia como punto de encuentro y símbolo de identidad. Actualmente cuenta con una escultura ecuestre, del Libertador, Simón Bolívar, realizado por el escultor Edgar Alvarado, adicionalmente tiene un pequeño parque infantil para el esparcimiento de los niños.
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La historia de esta plaza no está escrita en mármol, ni en documentos oficiales desde sus orígenes, sino en la memoria de sus habitantes, en las fotografías familiares, en los relatos de los abuelos y en las paredes que aún resisten el paso del tiempo.
Información aportada por Larrys Agudo, Director de Proyecto Flor Amarilla y el escultor – restaurador Libardo Espinel.
Ciudad Valencia / DT













