Retoños Literarios un espacio cuyo fin es apoyar y dar a conocer el trabajo de autores nóveles. Hoy, Zorian Ramírez, transporta al lector al exotismo del mercado a través de una crónica a la que llamó «Señor danos el pan de cada día».

Señor danos el pan de cada día

Zorian Ramírez

El olor de las guayabas, las tonalidades psicodélicas de los ajíes,

los aguacates a mitad de precio, sí, un sábado de hacer mercado.

Los negocios llenan los espacios vacíos de estantes oxidados que vuelven a la vida, en multiplicidad de colores, formas y volúmenes.

Las frutas y vegetales perderán allí poco a poco, la frescura de su vida.

Al desviar la mirada veo en la parte alta del puesto de frutas una lechosa. Esta permanecía en posición vertical y había sido cortada de una manera que podía percibirse su interior.

Retoños Literarios
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Era tan erótica, evocaba en mí una lujuria deliciosa, entreabierta como el secreto más profundo de una mujer, sus numerosas semillas parecían decorar un universo de constelaciones infinitas.

Infinitas, dulces y viscosas.

«Como era en un principio ahora y siempre… Dios te salve reina y madre» susurraban las voces en el puesto de frutas.

Al tomar la lechosa y curiosear en su interior, percibí que una personita de túnica azul bordada con estrellas doradas habitaba allí en ese espacio infinito, era la virgen de Guadalupe, entonces me di cuenta de la omnipresencia del Santísimo.

 

¡El kilo a dos mil! me gritó el vendedor al verme con la mirada perdida observando fijamente el interior de ese fruto de secretos indescriptibles, me pregunte entonces ¿Cómo es que algo tan maravilloso podía tener precio? Pues sí, así son los mercados.

Al salir del lugar poseyendo en mis manos tan enigmática fruta, me dirigí al pasillo principal, sus puestos vivamente coloridos, eran filtrados por una luz sepia que penetraba los techos de zinc multicolores y sus pequeñas grietas oxidadas.

Sepia también era el color del humo de tabaco que viajaba susurrando oraciones por todo el pasillo.

A medida que me paseaba por los puestos, este color se intensificaba. En los pisos llenos de diversos tubérculos, papas, yucas y hasta el color de un plátano a medio podrir, comenzaban a dibujar el camino con la tonalidad del sepia intenso.

Hasta que llegué como atraído al origen de donde provenía esta extraña sensación, un mesón largo interrumpía la fluidez de los transeúntes.

En la pared figuraba un afiche con dos cartas de tarot dibujadas, en donde se leía «se echan las cartas, se hacen amarres a 2 x 1».

Los estantes del negocio estaban cubiertos de hierbas y ramas de distintos tipos, sábila, cariaquito morao’, escapularios, velas aromáticas y distintos tipos de brebajes.

En el mesón se exhibían multitudes de vírgenes, santos y almas de algunos espíritus. Era un gran desfile de pequeños y extraños seres.

Foto: Zorian Ramírez

Al mirarlos detenidamente con mi fruta en mano, me di cuenta que era yo el observado, me sentí como si estuviera al frente de una obra del gran Diego Rivera, donde José Gregorio Hernández se transformó en Charles Chaplin, la Candelaria usó su barco para zarpar al azul del cielo, Lázaro al fin pudo alimentar con perrarina al perro que le lamía sus heridas y la virgen de la Dolorosa desenterraba cada uno de los cuchillos que le habían sido clavados en su pecho, gritaba -¡socorro! ¡socorro!- Ahora entiendo porque en algunas regiones la llamaban de esta manera.

Changó parecía un minero del carnaval del Callao, el Buda se sudaba de una manera espantosa y parecía aguantar con sonrisa tranquila la ansiedad terrible de comerse las empanadas de carne mechada que preparaban en el negocio de en frente.

Los dragones chinos se convirtieron en diablos de Yare y los ojos de Santa Lucía fueron al fin colocados en su cara y no en el plato. De mi lechosa, la Guadalupe se convirtió en miles de estrellas doradas y de una de las esquinas emergía como la gran madama de la comparsa. La Carmen Miranda cantaba al ritmo de una samba «South american way».

Y el sepia desapareció lentamente dando nuevamente un color vivo al lugar, la lechosa fue picada en rodajas y servida en el plato de plata vacío que dejaba Santa Lucía en sus manos.

El gorro de frutas de la Carmen Miranda se cayó cuando ella se preparaba a dar unos presurosos pasos al ritmo de la samba y la lechosa entregada como ofrenda fue retribuida en variedad de frutas exóticas que se desprendían del gorro de esa gran madama.

Frutas que mi bolsillo no podía pagar.

Poco a poco cada personaje restituyó su petrificada y quieta forma, el sonido de la música se apagó como se apaga el fuego y yo procedí a volver a casa, donde no entenderían como por una lechosa a dos mil llegaría con el mercado para toda una semana.

Así fue la historia de un sábado en el mercado.

 

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Zorian Ramírez

Zorian Ramírez Espinoza (23), nació en la ciudad de Caracas. Es licenciado en artes, mención música, egresado de la universidad Arturo Michelena. Se ha desempeñado como contrabajista de la Orquesta Sinfónica Juvenil de Carabobo (OSJC). Miembro fundador de «Solsticio Ensamble». En el año 2019 se incorpora a los talleres de escritura creativa de La letra voladora, dirigidos por la escritora Laura Antillano, allí descubre su pasión por la literatura.

Si quieres que tus escritos sean publicados y llegar a más lectores, envía tus relatos o poemas a la siguiente dirección de correo electrónico retonosliterarios@gmail.com

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Orimar Meneses/ Ciudad VLC

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