Cuando se piensa en el Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición, comúnmente se evocarán imágenes de grandes hogueras medievales, juicios sumarísimos y calabozos oscuros en la península ibérica. Sin embargo, la realidad de esta institución en la Provincia de Venezuela tuvo matices muy particulares, distantes del imaginario europeo pero profundamente arraigados en la cotidianidad colonial.
A continuación, exploramos los datos más curiosos, dinámicas y secretos de cómo operó la Inquisición en suelo venezolano.
No existía un tribunal principal, sino «Comisarios»
A diferencia de México o Lima, que albergaban grandes tribunales inquisitoriales, la Provincia de Venezuela dependía estrictamente del Tribunal de la Inquisición de Cartagena de Indias (establecido en 1610).
En territorio venezolano no había jueces inquisidores permanentes ejecutando sentencias mayores de forma local.
La institución operaba a través de sacerdotes que fungían como comisarios del Santo Oficio, encargados de recibir denuncias, interrogar sospechosos y enviar los expedientes o reos más graves a Cartagena o directamente a España.
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El estatus social: ¡Querían ser Inquisidores!
Una de las grandes ironías coloniales era la percepción social de la institución. Lejos de ser evitada por temor absoluto, pertenecer a la red del Santo Oficio como alguacil, notario o «familiar» (colaborador laico) era considerado una vía de prestigioso ascenso social. Los grandes terratenientes, criollos adinerados y comerciantes pujantes buscaban activamente estos cargos para blindar su estatus y obtener inmunidades o privilegios honoríficos frente a otros vecinos.
El contrabando de libros prohibidos entre la élite
Aunque la Inquisición vigilaba de cerca la ortodoxia religiosa, su mayor labor en la Venezuela del siglo XVIII estuvo volcada hacia la censura ideológica y bibliográfica. Las ideas de la Ilustración y la Revolución Francesa comenzaron a filtrarse sigilosamente por los puertos.
Las obras de pensadores como Jean-Jacques Rousseau, Voltaire y Montesquieu estaban estrictamente prohibidas.
Sin embargo, como una gran paradoja histórica, figuras prominentes de la élite caraqueña —incluyendo a terratenientes cultos como Juan Vicente Bolívar y Ponte, padre de El Libertador— poseían y leían libros catalogados como prohibidos por el Índice del Santo Oficio.
Brujería criolla y medicina popular
Ante la escasez crónica de médicos titulados en la Venezuela colonial, gran parte de la población (tanto de bajos recursos como blancos criollos) acudía a chamanes, curanderos, parteras y expertos en botánica popular. Muchas de estas prácticas combinaban elementos indígenas, africanos y mitos españoles.
Aunque el Santo Oficio abrió expedientes por supuestas prácticas de hechicería o pactos con el demonio, la represión en Venezuela solía ser menos implacable que en Europa debido a las inmensas distancias geográficas, la falta de recursos de comunicación y la propia naturaleza descentralizada de los comisarios locales.
Su abolición: Del Primer Congreso a la Independencia
El fin de la Inquisición en Venezuela estuvo íntimamente atado a los albores de la gesta independentista. Fue el Primer Congreso de Venezuela el que dictó su abolición legal en 1811.
No obstante, la historia tuvo un giro irónico cuando las fuerzas realistas de Domingo de Monteverde recuperaron el control tras la caída de la Primera República en 1812, intentando restaurar temporalmente la vigencia de la institución, antes de que las Cortes de Cádiz y los posteriores congresos de la Gran Colombia sellaran su desaparición definitiva en el territorio.
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Ciudad Valencia/Esteban Rodríguez/RM
Foto: Archivo













