Valencia amanece distinta cuando llega Semana Santa. No es solo el calendario el que cambia, es la respiración de la ciudad, su modo de caminar, la manera en que el sol cae sobre las fachadas y despierta un rumor antiguo. En estos días, la urbe parece recordar que tiene alma, que bajo el concreto laten siglos de plegarias, promesas y contradicciones.
La ciudad se vuelve más lenta, como si necesitara escucharse a sí misma. Y en ese ritmo contenido, uno descubre que la fe, esa palabra tan gastada y tan necesaria, no es un acto solemne sino un movimiento cotidiano, el gesto de la señora que limpia la acera antes de que pase la procesión, el muchacho que carga un paso sin saber.
muy bien por qué, el vendedor que baja el volumen de su corneta para que el silencio tenga espacio.
Valencia, en Semana Santa, es una ciudad que se inclina. No ante el dogma, sino ante la memoria.
El país que camina con sus santos
En Venezuela, la Semana Mayor no es un rito importado, es una geografía emocional. Cada región la vive a su manera, como si la fe tuviera acentos. En los Andes, la devoción es un murmullo frío que baja de las montañas; en el Oriente, un canto salado que se mezcla con el olor del mar; en los Llanos, un horizonte que parece arrodillarse ante el cielo.
Y en el centro del país, donde Valencia se abre como un libro de historias superpuestas, la Semana Santa es un tejido de tradiciones que se resisten a desaparecer.
Aquí conviven la solemnidad de los templos con la algarabía de los mercados; la procesión que avanza con paso firme y la familia que prepara el cuajao de pescado mientras la radio transmite la misa. Es un país que camina con sus santos, pero también con sus dudas, sus nostalgias y sus ganas de seguir adelante.
LEER MÁS DEL MISMO AUTOR: LA CIUDAD QUE SUEÑA A SU CRISTO
La ciudad como escenario de lo sagrado
Hay algo profundamente teatral en la Semana Santa valenciana. Las calles se convierten en escenario, los balcones en palcos, los fieles en actores involuntarios. No se trata de espectáculo, sino de presencia, la ciudad se deja habitar por lo sagrado, aunque sea por unos días.
En el centro histórico, las procesiones avanzan como ríos de luz. Las velas tiemblan con el viento cálido de abril, y ese temblor parece un recordatorio de nuestra fragilidad. Los pasos, cargados por hombros jóvenes y viejos, se deslizan entre fachadas que han visto demasiadas cosas para sorprenderse, pero que igual se estremecen.
A veces, en medio del gentío, uno siente que la ciudad respira al unísono. Que por un instante, breve, pero suficiente, Valencia se reconoce en su propia historia.
El país que se mira en sus rituales
La Semana Santa venezolana es también un espejo. En ella se reflejan nuestras tensiones, nuestras pérdidas, nuestras esperanzas. No es casual que en estos días la gente hable más bajo, camine más despacio, mire más hacia adentro.
Los rituales, aunque repetidos, nunca son iguales. Cada año cargan con lo vivido, las ausencias, los cambios, las pequeñas victorias que nadie celebra pero que sostienen la vida.
En Valencia, ese espejo se multiplica. La ciudad, con su mezcla de modernidad y abandono, de belleza y aspereza, se convierte en metáfora del país. Y la Semana Santa, con su mezcla de recogimiento y fiesta, de silencio y bullicio, nos recuerda que seguimos aquí, tercos y luminosos.
El rumor de la fe en tiempos difíciles
No se puede hablar de Semana Santa en Venezuela sin mencionar la realidad que nos atraviesa. La fe, en estos tiempos, no es un lujo: Es una herramienta de resistencia.
Las procesiones avanzan entre calles donde la vida cotidiana no se detiene, el mototaxista que esquiva la multitud, la señora que vende empanadas a la salida del templo, el niño que corre detrás de un globo mientras su madre reza.
Esa convivencia entre lo sagrado y lo urgente es profundamente venezolana. Aquí la devoción no se separa de la supervivencia; se mezcla con ella, la acompaña, la sostiene.
Valencia lo sabe bien. La ciudad ha aprendido a levantarse incluso cuando el cansancio pesa más que la esperanza. Y en Semana Santa, ese aprendizaje se vuelve visible, en los rostros, en los gestos, en la manera en que la gente se aferra a lo que todavía puede creer.
La ciudad que se reencuentra consigo misma
Hay un momento, casi siempre al final de la tarde, cuando el sol cae detrás de los cerros y la luz se vuelve dorada, en que Valencia parece reconciliarse consigo misma.
Las campanas repican, las sombras se alargan, y uno siente que la ciudad, esta ciudad que a veces duele y a veces abraza, se reconoce en su propia gente.
La Semana Santa, más que un rito religioso, es un acto de reencuentro. Con la memoria, con la comunidad, con la ciudad que somos y la que queremos ser.
Y en ese reencuentro, Valencia se vuelve poema y crónica, verso y prosa. Se vuelve exactamente lo que es: una ciudad que no se rinde.
Epílogo: La fe como forma de ciudad
Quizá por eso, cada año, cuando llega la Semana Mayor, Valencia se transforma. No porque cambien sus calles, sino porque cambiamos nosotros.
La fe, esa palabra que a veces evitamos por pudor, se convierte en una forma de ciudad, un modo de caminar, de mirar, de recordar que incluso en los tiempos más duros hay un hilo que nos une.
Y así, entre procesiones, silencios, aromas de pescado y rezos que se mezclan con el ruido del tránsito, la ciudad se escribe a sí misma.
En verso y en prosa. Como siempre. Como debe ser…
Valencia en su Semana Mayor
En Valencia, la tarde se abre
como un libro que recuerda su fe.
Las campanas no llaman,
susurran.
Y el viento, que conoce todos los secretos,
lleva un incienso leve
que se queda pegado a la piel.
La ciudad camina descalza,
buscando en cada sombra
un gesto de luz.
Y al final del día,
cuando el sol se rinde,
queda un silencio tibio
que parece decirnos
que todavía es posible creer.

El milagro del viernes Santo (Cuento)
Este año, cuando la Semana Santa llegó a Valencia, la ciudad parecía más cansada que de costumbre. El calor no solo caía, pesaba. Las calles tenían un silencio que no era silencio, sino una espera. Y la gente caminaba con la sensación de que algo, algo antiguo, algo que no tenía nombre, estaba a punto de despertar.
El milagro comenzó sin que nadie lo notara.
Fue en la madrugada del Viernes Santo, cuando la ciudad duerme con un ojo abierto. En el barrio más viejo, donde las casas parecen sostenerse por pura nostalgia, una niña que no hablaba desde hacía meses salió al patio y levantó la vista hacia el cielo. No había luna. No había estrellas. Solo una oscuridad tan profunda que parecía recién nacida. La niña, que nunca lloraba, sonrió.
A esa misma hora, en distintos rincones de Valencia, ocurrió algo imposible, los enfermos que no podían levantarse sintieron un calor suave recorrerles las piernas; los ancianos que habían olvidado sus propios nombres despertaron murmurando palabras que no decían desde la juventud; y los perros callejeros, que siempre ladraban a la nada, se quedaron quietos, mirando hacia el sur, como si vieran pasar a alguien que los hacía inclinar la cabeza. Nadie sabía que todo estaba conectado. Al amanecer, la niña salió a la calle. Caminó descalza, sin miedo, como si la ciudad la reconociera. Y entonces ocurrió lo que después todos llamarían el milagro del Viernes Santo.
Las campanas de todas las iglesias, todas, incluso las que llevaban años mudas, comenzaron a sonar al mismo tiempo. No repicaban, cantaban. Un canto grave, profundo, que parecía venir desde debajo de la tierra. La gente salió de sus casas con el corazón acelerado. Y allí, en medio de la calle, vieron a la niña. No hablaba, pero sus ojos brillaban con una luz que no era de este mundo. A su alrededor, las sombras de los edificios se movían como si respiraran.
No amenazaban, acompañaban. Eran sombras antiguas, sombras que habían visto demasiadas cosas, sombras que parecían recordar lo que los humanos habían olvidado. La niña levantó la mano. Y las sombras se inclinaron. En ese instante, todos los que estaban allí sintieron lo mismo, una paz tan profunda que dolía. Una certeza que no se podía explicar. Un alivio que no venía del cuerpo, sino de un lugar más hondo. Cuando las campanas callaron, la niña habló por primera vez en meses.
Solo dijo una frase: —Ya despertaron.
Después de eso, la luz volvió a ser luz, y las sombras regresaron a su sitio. La niña volvió a su casa, tranquila, como si nada hubiera pasado. Pero desde ese día, en Valencia nadie duda de que este año ocurrió un milagro. No uno de estampitas ni de titulares. Uno verdadero, de esos que no necesitan explicación porque se sienten en la piel. Y aunque nadie sabe qué fue exactamente lo que despertó, todos coinciden en algo, la ciudad respira distinto.
Como si, por un instante, hubiera recordado su propia alma.
José Luis Troconis Barazarte
*Ilustraciones: Técnica mixta. Calco en mesa de luz, escaneado, tableta gráfica, coloreado con pinceles digitales en Photoshop, todo a mano con intervención digital.
José Luis Troconis Barazarte abril 2026
***
TE INVITAMOS A LEER Y COMPARTIR:
La Pasión de Cristo en la historia del arte | Esteban Orlando Rodríguez
***

José Luis Troconis Barazarte: El sembrador de lenguajes
Artista, ceramista, narrador y docente, José Luis Troconis Barazarte ha hecho de la interdisciplina su firma. Doctor en Historia del Arte por la Universidad de Salamanca y la Bircham International University, con maestría en Artes Visuales y Escénicas (Strayer College, D.C.), su rigor académico se funde con la pasión de quien vive el arte como destino.
Su huella institucional destaca como exdirector de Cultura de la Universidad Arturo Michelena y coordinador en la Alianza Francesa de Valencia. Al frente de CEINFOLEIM, convierte la enseñanza de siete idiomas, la música y la literatura en un rito de creación permanente, impulsando movimientos de vanguardia como Cacao Tekisuto y Talicre. En este diario, Ciudad Valencia, da vida semanalmente a su columna «Ciudad en Verso y Prosa«, un espacio que define su presente creativo.
Reconocido con la Bienal Internacional Vicente Gerbasi (2017) y distinguido en Atenas como Mejor Escritor del Año 2024-2025 por el Ministerio de Cultura de Grecia, su obra honra una herencia mediterránea que trasciende fronteras. Autor de títulos como Empáticos, Cartas a la Soledad y El Evangelio de Caperucita, prepara para este 2026 una ambiciosa serie editorial que incluye Yo sí creo en Dios, Om Seti y Lilith.
Médico internista, intérprete de lengua de señas, pianista y director coral, Troconis entiende la sanación y el arte como un mismo gesto de revelación.
“Escribe como quien borda: con barro en los pies, cielo en la lengua y fuego en la voz. Es el poeta que escucha lo que otros callan y traduce el silencio en tinta viva.”
Antonio V. Díaz B.
Ciudad Valencia/RM











