Desde la mirada de la educación en patrimonio cultural que transmite, documenta, promociona y enriquece, hablaré de Venezuela: Crónica de nuestro Patrimonio Cultural y la memoria de su suelo y sus elementos asociados, declarados Bien de Interés Cultural por el Instituto del Patrimonio Cultural (IPC), según Providencia Administrativa N° 003/05 del 20-02-2005, Gaceta Oficial N° 38.234 del 22-07-2005. Toda vez, como Portadora Patrimonial de la Nación (Gaceta Oficial N° 43.127 del 14-05-2025).
La ontología del subsuelo: El planeta como organismo vivo
Solemos mirar el suelo que pisamos como una plataforma inerte, un escenario estático, una alfombra de asfalto y concreto construida únicamente para sostener el peso de nuestros pasos y el desarrollo de nuestras ciudades. Nos equivocamos profundamente, la Tierra está viva, pulsa, respira, se reconfigura y, a menudo, ruge.
Físicos, químicos, geólogos y matemáticos nos recuerdan constantemente que las fallas geológicas son colosales acumuladores de energía elástica; la termodinámica aplicada a un planeta dinámico que necesita liberar tensión de forma periódica para seguir engendrando las condiciones óptimas para la vida. Si la Tierra no se moviera, si sus placas tectónicas no chocaran disipando calor en las profundidades de la litosfera y reciclando los elementos químicos esenciales a través del vulcanismo y la orogénesis, este sería un mundo estéril, frío, plano y completamente muerto. El sismo, con toda su carga de asombro, incertidumbre y temor humano, es el precio inevitable de habitar un hogar cósmicamente vivo. No somos habitantes de una roca muerta; somos huéspedes de un organismo en constante evolución.
Esta danza tectónica, por supuesto, no comenzó con la fundación de nuestras repúblicas ni con el trazo de nuestras primeras cuadrículas urbanas. Para comprender verdaderamente el peso histórico y geológico del suelo venezolano, la mirada cronológica debe desprenderse de la inmediatez y viajar hacia el tiempo profundo.
Imaginemos por un instante los paisajes prehistóricos de nuestra geografía en plena era mesozoica, donde el quiebre de los continentes alteraba radicalmente los climas y modificaba los ecosistemas que alguna vez cobijaron la megafauna y flora, en territorio suramericano. Aquellos colosos faunísticos también sintieron en sus extremidades el estremecimiento de un suelo en pleno proceso de gestación, un impacto cuya magnitud exacta, todavía se intenta ratear por la ciencia actual, a través de las anomalías sedimentarias y el registro fósil.
Es en esa vibración continua donde la historia humana y la geología se funden en un solo relato. Quienes ignoran los anales de nuestro subsuelo suelen ver el riesgo sísmico como una abstracción teórica o un peligro sumamente lejano; sin embargo, la historiografía y la ciencia nos demuestran de forma contundente que habitamos una geografía en constante reconfiguración. Desde los mitos precolombinos hasta los rascacielos de la modernidad, cada sacudida ha dejado una cicatriz en el territorio y una lección en la memoria colectiva. Adentrarse en los secretos de nuestras fallas geológicas y repasar la crónica de nuestros grandes terremotos no es un ejercicio orientado al fatalismo, sino un acto de profunda educomunicación y resiliencia, la única herramienta vanguardista que poseemos para proteger nuestra identidad, salvaguardar nuestra rica herencia patrimonial y construir un porvenir urbano que sepa escuchar, con absoluto respeto, el latido indomable de la Tierra.
MÁS DE LA MISMA AUTORA: ESTADO AMAZONAS
Las venas de la tierra y el misterio del “doblete sísmico”
Esta vitalidad subterránea que nos caracteriza no es fortuita ni azarosa, responde a una intrincada y colosal red de fracturas geológicas que delimita el roce eterno y milenario entre la placa del Caribe y la placa Suramericana. Bajo nuestros pies, ocultas a la vista pero activas cada segundo, corren las auténticas venas tectónicas de nuestra geografía. La principal de ellas es la falla de Boconó (Los Andes), que surca como una inmensa cicatriz todo el eje andino venezolano; le sigue la falla de San Sebastián (Cordillera de la Costa), que costea de forma paralela el norte central y el litoral; y los complejos sistemas de fallas como El Pilar (Serranía del Interior), que custodian con celo el oriente del país y las transiciones hacia las llanuras.
Es precisamente en el seno de estas estructuras donde la ciencia sismológica describe una de las mayores, devastadoras y asombrosas rarezas de la física terrestre: el fenómeno del doblete sísmico. Este evento ocurre cuando la roca profunda rompe una primera zona de resistencia, liberando una onda expansiva colosal que en registros científicos contemporáneos se ha tasado en una magnitud de 7.2. Sin embargo, en lugar de que el sistema se apacigüe y entre en una fase de réplicas menores como dicta el patrón común, la enorme tensión acumulada se desplaza de forma casi instantánea a lo largo de la falla, haciendo ceder una segunda asperidad o punto de traba apenas segundos después.
Esta segunda ruptura libera un latido sísmico aún más devastador y profundo, alcanzando una magnitud de 7.5. Hablamos de dos terremotos mayores, autónomos pero encadenados, sacudiendo las mismas coordenadas geográficas en un parpadeo del tiempo geológico. Este fenómeno, que pone a prueba los límites de la ingeniería civil y desafía la infraestructura moderna, nos demuestra que nuestras fallas no son líneas muertas ni aisladas, sino un sistema interconectado y orgánico que late al unísono, dejando una lección indeleble de vulnerabilidad y diseño urbano para la posteridad.
La mirada ancestral (arqueología y antropología)
Siglos antes de Cristo, comunidades originarias ya caminaban, cazaban, sembraban y hacían vida a lo largo de nuestros valles, costas y serranías. Los arqueólogos y antropólogos, al excavar en los estratos de la tierra profunda, encuentran sutiles pero poderosos indicios de desastres olvidados: aldeas nómadas abandonadas de forma abrupta, concheros costeros sepultados bajo capas anómalas de sedimento o fracturas en los perfiles estratigráficos que nos hablan de sismos prehistóricos milenarios.
¿Cómo habrán vivido y asimilado aquellos primeros hombres y mujeres el rugido ensordecedor del subsuelo? Sin laboratorios ni sismógrafos, pero dotados de una agudeza sensorial, una empatía ambiental y una cosmovisión mística extraordinaria, nuestros ancestros indígenas entendieron perfectamente que el subsuelo albergaba fuerzas vivas e inteligentes. Para muchas de estas etnias, el temblor no era interpretado como el fin apocalíptico del mundo, sino como un recordatorio sagrado de que la Madre Naturaleza reclama periódicamente su espacio y exige respeto. Observando el comportamiento errático de las aves minutos antes de una sacudida, o el sutil cambio en el fluir de los manantiales, desarrollaron una sabiduría de supervivencia. Aprendieron a interpretar el latido de la Tierra y, en muchos casos, a levantar sus viviendas con materiales flexibles y ligeros que absorbieran la vibración en lugar de oponerse a ella, transmitiendo ese asombro de generación en generación a través del mito y la palabra.
Siglos de memoria documentada: Una crónica del estremecimiento
Cuando la prehistoria cede su lugar a la palabra escrita y los registros parroquiales, oficiales e historiográficos comienzan a estructurarse, emerge ante nosotros una línea del tiempo donde la Tierra reclama su papel protagónico con una ciclicidad pasmosa. Quienes ignoran estos anales suelen ver el riesgo sísmico como una abstracción teórica o un peligro sumamente lejano en el tiempo. Sin embargo, la historiografía nos demuestra de forma contundente que habitamos una geografía que ha sido reconfigurada repetidamente por el movimiento sísmico:
El viaje documentado comienza en 1530, con el rugido temprano que destruyó Nueva Cádiz y Cubagua, dejando un eco eterno en la etimología y memoria de Cariaco. Avanzando en el período colonial, el año 1641 marcó a fuego el centro del país, destruyendo los primeros asentamientos de Caracas y el poblado original de Cúa. Apenas tres años después, en 1644, el gran temblor andino borraba por completo las localidades trujillanas de Tostos y Burbusay, seguido por otra fuerte fractura en 1674 en la misma región occidental. En 1684, la fuerza telúrica se trasladó al oriente, resquebrajando las imponentes estructuras militares de Araya.
El siglo XVIII no fue más pacífico. Barquisimeto sufrió su primer gran sismo documentado en 1736. Tres décadas más tarde, en 1766, la tierra volvió a sacudirse con tal violencia que afectó simultáneamente a Barcelona en el oriente y redibujó las tensiones en Cúa y Caracas. Trujillo volvió a registrar daños en 1775, Guanare sintió el agrietamiento de sus estructuras en 1782, y el siglo cerró con el sismo de 1797 que derribó las primeras edificaciones de Carúpano.
El siglo de la Independencia abrió con el estremecimiento de Boconó en 1801, antesala del fatídico 1812. Aquel Jueves Santo se convirtió en el año del quiebre absoluto, una catástrofe simultánea que sepultó Caracas, La Guaira, San Felipe, Barquisimeto y Cúa, dejando también sentir su impacto en Güigüe, San Joaquín, Ortiz y Mérida. Décadas después, en 1875, el “Terremoto de Cúcuta” fracturó la arquitectura del Táchira, obligando a repensar pueblos enteros como Táriba, Peribeca y Libertad. Poco después, en 1878, un violento sismo con epicentro en Cúa acabó con la época de prosperidad de los Valles del Tuy en un Viernes de Concilio. El siglo XIX se despidió con el gran “Terremoto de Los Andes” en 1894, que derribó la realidad física de Ejido, Milla, Mérida y Zea.
La modernidad del siglo XX abrió con el temblor de 1900 en la región central, seguido por nuevos colapsos en Trujillo en 1926. En 1950, el destructivo terremoto de El Tocuyo acabó con casi toda la joya colonial larense. Más recientemente, en 1967, el sismo moderno transformó para siempre el paisaje urbano de Caracas, golpeando el litoral central, Falcón y zonas de Miranda como Araira y Petare. El inventario de nuestra memoria telúrica cierra sus capítulos más intensos con el sismo de Yaracuy en 1969, los movimientos de 1970 en oriente, el fuerte sismo de Táchira en 1992 y el imponente terremoto de Cariaco el 9 de julio de 1997, que conmovió al estado Sucre.
La Guaira: El testimonio de las dos tragedias y la resistencia del patrimonio
No se puede reflexionar con seriedad sobre la memoria de nuestro suelo sin detener la mirada, conmovida y analítica, en la región de La Guaira. Este territorio costero representa quizás el ejemplo más dramático e ilustrativo de cómo el hecho humano y el asentamiento histórico han desafiado tanto al rugido de la tierra como a la furia incontrolable del agua. En la estrecha franja guaireña convergen, como en un crisol de adversidades, dos de los episodios más impactantes de nuestra historia ambiental: por un lado, el estremecimiento de los grandes sismos históricos que agrietaron sus fortificaciones y casonas señoriales; por el otro, la imborrable y profunda herida física y social del deslave ocurrido en diciembre de 1999.
Caminar hoy por el casco histórico de La Guaira, observar sus fachadas coloniales, sus soportales y los vestigios arquitectónicos que sobrevivieron milagrosamente tanto al barro aluvial como a los temblores del pasado, es mucho más que un simple ejercicio de contemplación de piedras viejas o muros descascarados. Es mirar de frente un monumento vivo a la resiliencia y a la supervivencia humana. La Guaira nos otorga una lección magistral: El patrimonio cultural material no es frágil simplemente por el hecho de ser antiguo; al contrario, es un testimonio poderoso gracias a su capacidad histórica para absorber el impacto de la tragedia, asimilar la cicatriz y volver a levantarse con dignidad como un faro de identidad civil frente a la inmensidad del mar Caribe.
Educar desde la ruina: El aula de la memoria
Contemplar y analizar este inmenso e impactante recorrido histórico y científico no debe ser, bajo ninguna circunstancia, un ejercicio orientado al pánico, al fatalismo o al miedo paralizante. Al contrario, debe ser asumido como un acto de profunda y necesaria educomunicación ciudadana. Cada una de estas fechas impresas en las páginas de nuestra historia representa, en sí, un momento de dolor, donde la piedra, el barro, el bahareque y el concreto sufrieron el embate de la naturaleza; pero también representa, de manera luminosa, el instante justamente posterior, el de la reconstrucción solidaria, el de la resiliencia comunitaria y el de la inquebrantable voluntad humana que se niega rotundamente a ser borrada del mapa.
Aquí es donde los medios de comunicación, la cátedra universitaria y las plataformas digitales de vanguardia adquieren una responsabilidad histórica sin precedentes. Utilizar el relato, la crónica y la radio para difundir esta memoria no es solo hacer historia; es salvaguardar vidas futuras. Conocer el suelo que pisamos, desde la física rigurosa de sus fallas geológicas y el misterio de sus dobletes sísmicos hasta el registro histórico de sus crisis, constituye la única herramienta verdaderamente moderna y emancipadora que poseemos. Solo a través del conocimiento colectivo podremos proteger de forma efectiva nuestra identidad, salvaguardar nuestra rica herencia patrimonial y construir un porvenir urbano que sepa escuchar, comprender y cohabitar, con absoluto respeto, el latido indomable de la Tierra.
Aprender de la historiografía de los terremotos es entender que el patrimonio cultural que hoy contemplamos no es una reliquia estática. Es un organismo vivo que ha absorbido el impacto del planeta y que nos educa desde sus cicatrices. Conocer el suelo que pisamos, desde la física de sus fallas hasta la memoria de sus desastres, es la única herramienta vanguardista que tenemos para proteger nuestra identidad, salvaguardar nuestra herencia y construir un porvenir que sepa escuchar, con respeto, el latido de la Tierra. ¡Habitar, comprender y proteger el patrimonio que desafió al tiempo, es preservar y salvaguardar cada Bien de Interés Cultural; es la mayor victoria de nuestra memoria colectiva!
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Danfny Esther Velásquez Sosa (1960, Santa Ana, Nueva Esparta) danfnyescritora@gmail.com: Escritora, locutora, maestra pueblo en la Radiodifusión Sonora, productora nacional independiente, cronista comunal, abogada y científica social (doctora en Ciencias de La Educación y en Patrimonio Cultural). Actualmente es la directora interinstitucional de Radio América: R. A. «La Onda de la Alegría» 90.9 FM, Patrimonio Cultural Inmaterial de la Nación (G. O. N° 42.670, del 13-07-2023).
Su trayectoria incluye un TSU en Producción de Medios de Comunicación Social (Alternativa, Popular y Comunitaria), una licenciatura en Pedagogía Alternativa, sub-área Registro del Patrimonio Cultural, y un posdoctorado en Corrientes Filosóficas para la Investigación.
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