Desde la mirada de la educación en patrimonio cultural que transmite, documenta, promociona y enriquece, hablaré del municipio Jesús Enrique Lossada, estado Zulia y sus elementos asociados, declarados Bien de Interés Cultural por el Instituto del Patrimonio Cultural (IPC), según Providencia Administrativa N° 003/05 del 20-02-2005, Gaceta Oficial N° 38.234 del 22-07-2005. Toda vez, como Portadora Patrimonial de la Nación (Gaceta Oficial N° 43.127 del 14-05-2025).
El municipio Jesús Enrique Lossada, posee 4 parroquias: La Concepción (capital), José Ramón Yépez, Mariano Parra León, y San José. Hablar de este suelo es invocar, desde el nombre mismo, el espíritu de las letras y la cátedra; es rendir tributo a la memoria de Jesús Enrique Lossada, cuya herencia intelectual bautiza un horizonte de esperanza. El municipio no nació ayer, sus raíces se nutren de una esencia labriega que comenzó a surcar la tierra hacia 1776 cuando el arado escribía las primeras promesas de abundancia. Fue en aquel siglo XVIII de luces y asombros donde emergieron como guardianes de la tradición, los históricos hatos de Los Teques y La Concepción, cimientos de una identidad que se forjó entre el aroma del campo y el rumor del viento.

Sin embargo, el destino aguardaba bajo el subsuelo, con la llegada de los años 1920, el silbido del crudo descubierto por la Shell que transformó el paisaje y el alma de los campos La Concepción y La Paz, convirtiendo el oro negro en el principal activo de su economía y en el imán que pobló sus calles de nuevos sueños. Tras haber sido parte entrañable del Cantón y el Distrito Maracaibo, el año 1989 marcó su alborada definitiva; la conquista de su autonomía política. Bajo el nombre de su epónimo ilustre y con La Concepción como su corazón y capital, el municipio alzó su propia voz, eligiendo por primera vez su destino en la figura de su primer alcalde.
Hablar del epónimo es entrar en el santuario de un hombre que fue, ante todo, un arquitecto del pensamiento. Jesús Enrique Lossada, no solo nació bajo el sol marabino aquel julio de 1892; nació para iluminar. Su pluma, temprana y febril, ya dictaba sentencias de belleza en 1916 con el drama La Ley, y derramaba la sensibilidad de su alma en los versos de Madréporas. Lossada no solo habitó las aulas del Colegio Federal de Varones; las transformó en templos donde la filosofía y las letras se daban la mano con el rigor del derecho.
Su vida fue un constante diálogo entre la justicia y la creación, mientras el Doctor en Ciencias Políticas vestía la toga de juez, el poeta seguía escuchando el tictac del universo en El reloj de los girasoles. Fue un sembrador de instituciones, desde la dirección de su entrañable Colegio hasta la gesta histórica de 1946, cuando su liderazgo devolvió el aliento a la Universidad del Zulia, despertándola de un silencio de cuarenta años para convertirla en el faro que hoy nos guía. Rector, constituyente y redactor de rumbos democráticos, Lossada entendía que la verdadera máquina de la felicidad residía en la educación y la libertad. Aquel 28 de junio de 1948, Maracaibo despidió al hombre, pero retuvo para siempre al maestro. Su paso por la tierra fue una sinfonía de leyes y poemas que hoy le da nombre y dignidad a este municipio, recordándonos que el poder más perdurable no es el que emana del petróleo, sino el que nace de la sabiduría y el servicio a la patria.
En el corazón de esta geografía quedó el recuerdo del Hato La Concepción, una heredad cuyo origen se pierde en las brumas del siglo XVIII. Como un estafeta de la historia, sus tierras pasaron de mano en mano; desde el señor Belloso en 1875, hasta los nombres de Ana Nava de Baltasar y Juanchito Atencio, quienes custodiaron sus linderos antes de que, en 1921, la mirada industrial de la Venezuela Oil Concession transformara su destino. Pero más allá de las transacciones, su gloria reside en lo invisible, fue allí, entre sus cercas y corrales, donde se gestó el nacimiento de la ciudad que hoy es capital del municipio; un hito que pasó de ser refugio ganadero a ser la cuna de un pueblo.
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Hoy, la casa respira con la serenidad de quien ha vencido al olvido, sus paredes de tierra guardan el frescor de antaño, cobijadas por un techo de tejas criollas que, a cuatro aguas, parecen elevar una plegaria al cielo zuliano. En su centro, un patio a la intemperie permite que el sol y la lluvia sigan conversando con el interior, mientras el piso de cemento pulido aguarda el paso de los años. Su fachada es un poema de simetría: una puerta de madera flanqueada por ventanas que, con sus guardapolvos y repisas, mantienen la elegancia de la arquitectura de la época. Rodeada por la sencillez de la tierra y el abrazo de una cerca de madera, esta vivienda no es solo una construcción; es el testimonio vivo de un pasado que se niega a marcharse, presentándose ante nosotros con la dignidad de lo que ha sido bien amado.
Si la capital nació de un hato, el resto del municipio se despliega en una constelación de solares históricos que se resisten al paso del tiempo. En el sector Macuto, el Hato Barrancú se alza como una joya de la familia Rincón Chapín; es una reliquia del siglo XIX donde el barro y la varilla se abrazan a los horcones de curarire, esa madera noble y eterna que sostiene los sueños de nuestros antepasados. Sus ventanas de madera, con el encanto de la romanilla, son vestigios de un saber constructivo que entendía el clima y la tierra como aliados, y no como adversarios.
Ese mismo diálogo con la naturaleza se respira en el Hato Jagüey de Azúcar, cuya historia nos remonta a 1918. Bajo el legado de Plutarco Villalobos, este recinto fue escenario de la vida recia y la cría de ganado menor. Resulta conmovedor observar cómo los antiguos corrales de madera de cardón aún parecen aguardar el regreso de los chivos al caer la tarde, manteniendo en pie la esencia de una faena que alimentó a generaciones. Aquí, las paredes sostenidas por varillas de velita son un testimonio de la fragilidad que se vuelve fortaleza a través del cuidado y la tradición.
Finalmente, el Hato Macuto completa este tríptico de identidad colonial. Heredado por Herminio Rincón, el lugar conserva la elegancia de los techos a cuatro aguas y la distinción de sus ventanas adornadas con grecas, un detalle de delicadeza entre la rusticidad del barro. Estos hatos no son simples estructuras; son el eco de los primeros pobladores, un patrimonio que late en cada horcón y en cada corral de chivos, recordándonos que la verdadera historia de Jesús Enrique Lossada se escribió primero a mano, con tierra fresca y madera del monte.
Donde hoy se alza el Campo Los Veteranos, el viento todavía parece susurrar las historias del antiguo campamento Las Auras y del legendario Hato Arasaure. Aquellas doce o quince estructuras, erigidas por la mirada extranjera de la Venezuela Oil Concession, fue mucho más que techos residenciales; fueron el escenario de la vida obrera que, hasta 1933 llenó de voces y anhelos sus pasillos antes de partir hacia nuevos rumbos en Guaicaipuro y Paraíso.
Sin embargo, el destino de este suelo no estaba escrito en los libros de la compañía, sino en el corazón de sus hombres. Tras el ocaso de 1961, con el retiro de la empresa norteamericana, los ex trabajadores ya convertidos en veteranos de mil faenas, reclamaron para sí el derecho a la tierra. Pidieron a la nación que aquellos muros, testigos de sus fatigas, se convirtieran en sus hogares definitivos. Hoy, el sector nos recibe con un rostro heterogéneo y cambiante, donde la modernidad ha transformado el paisaje; sin embargo, si afinamos la mirada, aún es posible hallar la elegancia de la tipología holandesa en algunas fachadas que se resisten al tiempo, como monumentos de una herencia que se niega a ser borrada por el progreso.
En la memoria colectiva de la localidad, existe un rincón donde el tiempo parece haber pactado con la calma: la Casa Las Tres de la Tarde. Este baluarte, que perteneció al recordado Abelardo Urdaneta, es mucho más que una estructura; es el eco de una época donde la vida transcurría a otro ritmo. Su nombre, tan singular como poético, nació del rigor de un horario que convocaba a los vecinos bajo la promesa de un encuentro a esa hora exacta, convirtiendo la vivienda en una fuente de soda que refrescó los atardeceres de antaño.
Arquitectónicamente, la casa es un suspiro de la Venezuela agraria. Con su estilo rural de techos altos y una fachada cuya sencillez es su mayor elegancia, se mantiene en pie como una de las construcciones pioneras de la zona. La comunidad la custodia con celo, no solo por su antigüedad, sino porque en sus muros aún se respira la hospitalidad de los primeros pobladores. Verla hoy es viajar a ese pasado de portales abiertos, donde el sol de la tarde marcaba el inicio de la charla y el valor de la vecindad se sellaba con la puntualidad del afecto.
En los confines donde el municipio Jesús Enrique Lossada se funde con el Rosario de Perijá, la naturaleza y la voluntad humana han trazado un encuentro monumental, la Represa Los Tres Ríos, rebautizada por la voz del pueblo con el nombre casi bíblico de El Diluvio. Desde 1990, este gigante en construcción ha visto converger el cauce de tres caudales que hoy se resguardan tras una arquitectura de contención, donde la tierra y la piedra se alían para custodiar el tesoro más preciado de la planicie marabina, como es el agua para el riego y la vida.
A pesar de ser una obra que aún aguarda su plenitud, la comunidad la abraza con una valoración estratégica que trasciende lo técnico. Su cercanía con la frontera colombiana y la naciente ciudad satélite que se levanta en sus inmediaciones, hablan de un porvenir donde el campo volverá a ser el protagonista. Este baluarte no es solo una presa de arco; es la promesa de una nueva era agrícola que busca devolverle a la tierra su vocación de abundancia. Allí, entre el murmullo de los ríos y el esfuerzo de quienes labran el futuro, se escribe hoy el último capítulo de nuestra crónica; un recordatorio de que el patrimonio de Lossada no solo habita en sus hatos de ayer, sino en las grandes esperanzas que fluyen hacia el mañana.

En la quietud de los solares rurales del municipio Jesús Enrique Lossada, el tiempo se mide por el rítmico crujir de las varas de madera y el pasar del hilo de nailon entre dedos expertos. La elaboración de chinchorros no es solo un oficio; es una herencia que se mantiene intacta, un susurro de tradiciones que las mujeres del municipio han custodiado con la devoción de quien guarda un secreto sagrado. Son ellas, las artesanas del nudo y la trama, quienes transforman dos varas paralelas en un refugio para el sueño, tejiendo manualmente cada fibra hasta darle forma a la esencia misma de nuestra hospitalidad.
Si bien el ayer nos dictaba la sobriedad de un solo color, el presente ha visto florecer la creatividad en las manos de estas tejedoras. Hoy, los chinchorros de Lossada han dejado de ser lienzos monocromáticos para convertirse en jardines colgantes, donde nuevas tonalidades, figuras y dibujos cuentan historias de modernidad sin traicionar la raíz. En cada combinación de colores vive el alma de un pueblo que sabe evolucionar; un arte que nace del esfuerzo cotidiano y se convierte en el principal sustento de hogares donde el trabajo se hace canción y el descanso, un poema de hilos entrelazados. ¡Visitemos, preservemos y salvaguardemos, estos elementos y sitios Declarados Bien de Interés Cultural!
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Danfny Esther Velásquez Sosa (1960, Santa Ana, Nueva Esparta) danfnyescritora@gmail.com: Escritora, locutora, maestra pueblo en la Radiodifusión Sonora, productora nacional independiente, cronista comunal, abogada y científica social (doctora en Ciencias de La Educación y en Patrimonio Cultural). Actualmente es la directora interinstitucional de Radio América: R. A. «La Onda de la Alegría» 90.9 FM, Patrimonio Cultural Inmaterial de la Nación (G. O. N° 42.670, del 13-07-2023).
Su trayectoria incluye un TSU en Producción de Medios de Comunicación Social (Alternativa, Popular y Comunitaria), una licenciatura en Pedagogía Alternativa, sub-área Registro del Patrimonio Cultural, y un posdoctorado en Corrientes Filosóficas para la Investigación.
Ciudad Valencia/RM













