Desde la mirada de la educación en patrimonio cultural que transmite, documenta, promociona y enriquece, hablaré del Estado Amazonas, y sus elementos asociados, declarados Bien de Interés Cultural por el Instituto del Patrimonio Cultural (IPC), según Providencia Administrativa N° 003/05 del 20-02-2005, Gaceta Oficial N° 38.234 del 22-07-2005. Toda vez, como Portadora Patrimonial de la Nación (Gaceta Oficial N° 43.127 del 14-05-2025).
El eco ancestral del Amazonas: Un viaje al corazón de nuestro patrimonio
Cerrar los ojos y pronunciar la palabra Amazonas es evocar el pulso primitivo de la tierra, el murmullo de aguas que han visto nacer la historia y el verde indómito de una geografía que se resiste al olvido. Tras haber navegado las páginas de nuestra crónica por los rincones sagrados y desde la inmensidad mística del Alto Orinoco hasta el latido urbano y ancestral de Atures; desde el perfil imponente del cerro sagrado en Autana hasta los silencios históricos de Atabapo, nos detenemos en la orilla del camino para contemplar el paisaje completo. Este recorrido no ha sido solo geográfico; ha sido un viaje de salvaguarda, un intento por atrapar en la palabra impresa la memoria viva de un territorio que es, en sí mismo, un monumento nacional.
Pero el patrimonio de este suelo bendito no se agota en la majestuosidad de sus hitos fronterizos ni en la crónica de sus plazas fundacionales. El verdadero espíritu del Amazonas, ese que termina por enamorar al viajero y arraigar al nativo, se respira en sus cocinas, se moldea con las manos de sus artesanos y se manifiesta en la poesía cotidiana de sus encantos naturales. Es en la mesa, en el fogón colectivo y en el saber creador de sus pueblos indígenas donde la historia se vuelve viviente, tangible y sabrosa. Para despedir este viaje por la tierra del Orinoco, nos sumergimos hoy en el mapa de sus sabores, en la magia de sus texturas y en esa capacidad creativa que transforma los dones de la selva en pura identidad venezolana.
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Tramas y herramientas del saber ancestral
En el universo sensible de la gastronomía amazónica, ningún objeto condensa mejor la comunión entre el ser humano y la tierra que el tradicional budare de barro, este utensilio sagrado no es una simple herramienta doméstica; es el vientre donde se gesta el casabe, el pan ancestral de nuestra selva. Su fabricación es un ritual de paciencia y destreza, los artesanos indígenas seleccionan el barro con reverencia, lavándolo minuciosamente para despojarlo de impurezas antes de entregarlo al sol. Simultáneamente, la corteza del árbol kawe se quema en un anafe y se pila con fuerza. Una vez cernida la arcilla, se extiende sobre el suelo para amalgamarla de manera uniforme con la ceniza del kawe, creando una pasta mística que luego se convierte en perfectas esferas. Con manos sabias, estas pelotas de barro se extienden y moldean, adquiriendo su silueta definitiva gracias al lijado sutil con las hojas del árbol dduffe, una técnica milenaria que también da vida a las ollas de barro que resguardan sus alimentos.
Este saber, sin embargo, late con variantes hermosas según el pueblo que lo acaricie. En la cultura Jivi, por ejemplo, al budare se le conoce como iriburüto, y su nacimiento está estrictamente ligado a los ritmos de la naturaleza, solo se elabora bajo el rigor del verano o la sequía, cuando el barro de los caños se deja secar hasta convertirse en una arena fina que se pila con esmero. Para asegurar su eternidad frente al fuego, los Jivi mezclan este polvo con la ceniza del árbol kavinanae, un secreto vegetal que otorga una resistencia formidable a la pieza tras la quema para solidificar el barro. Moldeada su redondez perfecta, el utensilio reposa en sagrado silencio durante tres días antes de quemarlo. Ya sea con esta técnica estival, o mediante el uso de las místicas arcillas blancas y negras recolectadas a la orilla de los caños, el budare de barro sigue siendo el corazón latiente de la cocina indígena; un monumento de concha y suelo donde el pasado se tuesta diariamente para alimentar el presente.

A este universo se suma el ingenio textil desplegado en el chinchorro de palma moriche, un refugio colgante de las culturas indígenas del estado Amazonas. De esta palma se saca la fibra vegetal empleada para el tejido; los cogollos se seleccionan, se cortan, se cocinan y se dejan secar al sol. Luego se hace el hilo raspándolos e hilvanándolos en forma de torchado, es decir, frotando un extremo de una fibra contra otras en círculos hasta que hacen una amalgama de una sola tira blanda. Se distribuye el hilo sobre el telar formado por cuatro palos (dos verticales y dos colocados horizontalmente a ambos extremos), introduciendo varillas que se suben y bajan, intercalando las fibras y apretándolas entre sí. También se puede tejer a mano con agujas de madera o, más recientemente, de acero, empleando de una a dos semanas por pieza. Aunque en las comunidades más próximas a centros poblados criollos se están adoptando materiales industriales como el nailon y ya no resultan tan comunes las agujas de palo y los telares debido al contacto intercultural y a la durabilidad de los procesos industriales, muchas personas privilegian el uso del chinchorro de palma moriche debido a su refinamiento y laboriosidad artesanal.
Complementando este inventario utilitario encontramos el manare, o yakaly en lengua Jivi: un cernidor circular empleado para la elaboración del mañoco entre otros alimentos obtenidos a partir de la yuca procesada. Se teje con fibras vegetales intercaladas desde el centro hacia los bordes exteriores, y los huecos que hacen el papel de tamiz. En muchos casos, los manares exhiben motivos ornamentales geométricos que añaden belleza al objeto cuando no está en uso, convirtiéndolos no solo en objetos utilitarios sino también decorativos. Al lado del yakaly siempre destaca la tawata o pilón, una robusta pieza tallada en madera en la que se emplea un solo tronco para darle forma de vaso con su base cónica, poseyendo un mazo del mismo material. Es un implemento indispensable en cualquier conuco indígena, utilizado para triturar semilla seca de maíz, ají picante, manaca y ceje.
Guardianes del tiempo y la tradición
Este patrimonio tangible no flotaría en el tiempo sin sus portadores de tradición. Contamos con el valioso aporte de Marcelino García, capitán de la comunidad Puente Corozal y amplio conocedor de las culturas indígenas. Sus testimonios tienen un gran valor histórico para los jóvenes, pues gracias a su aporte oral las tradiciones, costumbres, maneras de pensar y modos de hacer las cosas han pasado con éxito de generación en generación. En la misma línea de resguardo se encuentra Alfonso Fuente, fabricante de curiaras. Dedicado desde muy temprana edad a la elaboración de curiaras o bongos, esas pequeñas embarcaciones artesanales frecuentemente empleadas para la pesca y como medio de transporte entre los caseríos distribuidos a lo largo de los caños y ríos, su dilatada trayectoria y habilidad en la ejecución de esta labor es profundamente valorada por preservar este conocimiento ancestral.
Asimismo, las manos del artesano Manuel Guevara realizan maravillosos trabajos de manufactura, elaborando peines decorados, maracas, muñecos, figuras de estatuillas, catumares, sebucanes y manares. Este oficio lo aprendió de su padre, y los instrumentos que fabrica son utilizados especialmente para el sagrado baile de warime. Para su elaboración emplea palitos de palma de cucurito, verada, pergamán y pabilo de color para realizar las figuras en los peines, alternando este oficio con la agricultura y la caza.
El fogón amazónico: Sabores de la selva
La despensa del Amazonas es capaz de transformar los dones de la selva en manjares nutritivos de profundo arraigo identitario. Para el plato tradicional conocido como Cabeza de gallo, se utiliza mañoco tostado amarillo sin palos (de las culturas piaroa o curripaco), ají dulce, cebolla, cilantro o perejil, sal y aceite de oliva. Su preparación es sencilla pero delicada, se pasa el mañoco por agua limpia, se escurre bien y se deja que esponje; luego se pica el ají dulce, la cebolla y el cilantro bien finitos, mezclándolos finalmente con la sal, el mañoco esponjado y el aceite de oliva. Para acompañar, con la Manaca Amazonense, bebida por excelencia. De igual importancia es la masa de moriche, la palma de moriche es una de las especies más importantes dentro de la subsistencia y permanencia de la cultura indígena Jivi (también conocida como hiwi). A esta palma, cuando está madura se le retira la corteza para extraer sus frutos, estos son como una nuez que se tritura y se cierne en un manare o tela metálica. De allí se obtiene una harina que se junta con el tallo de la palma, también triturado y pasado por agua. Con esta masa, de textura similar a la de la carne molida, se recoge en recipientes y se emplea para hacer nutritivos jugos e incluso helados, entre otros muchos alimentos.
El Caliebirri-nae: El árbol sagrado y los raudales de la creación
No se puede comprender la inmensidad del Amazonas sin asomarse a los mitos que sostienen su cielo, en la memoria sagrada del pueblo Jivi, la historia del mundo comenzó en el gran pueblo llamado Cudeido, un tiempo primordial donde no había gente sino animales, al principio la gente fue animal y de cada animal se originó un grupo humano. Los animales cazaban, trabajaban y vivían como cualquier otra comunidad bajo el sabio liderazgo del jefe del pueblo, llamado Camale (Danto). Cuenta la leyenda, el Jumemeychi wuamonae pija liwueysi, que entre los habitantes había un individuo que se destacaba de los demás por ser de vida nocturna, caminaba de noche y dormía de día. Cuchicuchi tenía que ir al monte a buscar frutas para comer, pero como no había nada sembrado todavía, caminaba muy lejos. En una de esas excursiones de noches largas, descubrió un árbol de cuyas ramas brotaban frutas de todas clases. Cuando amanecía, regresaba al pueblo para dormir impregnado de unos olores agradables que intrigaban a la comunidad, olía a piña, temare, guama «¿Qué será lo que come cuchicuchi?», se preguntaban todos. «Yo como lo mismo, lo mismo que ustedes», repetía él, pero nadie quedaba convencido.

La curiosidad fue tan grande que el pueblo decidió enviar a alguien para averiguar el misterio, escogieron a Picure-bunu, un animal ágil que, sin embargo, fracasó en el intento porque Cuchicuchi, muy precavido, borraba todas las huellas a su paso. Al ver el fracaso, la comunidad eligió a Opajebu Lapa, ágil en el suelo, buen nadador y también de hábitos nocturnos. Cuchicuchi empleó miles de artimañas para burlar a Lapa, pero no tuvo mucho éxito; desde la orilla del Orinoco ya se podía percibir el olor de las frutas. Molesto por verse descubierto, Cuchicuchi logró subir a las ramas del árbol y, al tomar una piña, esta se le cayó. Lapa la tomó y se fue con ella a una cueva para ocultarse, encontrando también gran cantidad de conchas y semillas que llevó a Cudeido ante el jefe Danto diciendo: «Esto es lo que come cuchicuchi, son las frutas de un inmenso árbol que está del otro lado del Orinoco: El Caliebirri-nae, el árbol de todas las frutas». Cuchicuchi no tuvo más remedio que aceptar la derrota, pero estaba tan enojado que retó a Lapa a un duelo. En medio de la pelea, cada uno agarró un tizón de candela, Cuchicuchi quemó a Lapa en las caderas y en las mejillas, quedando marcada para siempre; Lapa, por su parte, le quemó al otro las manos, la barriga y los ojos. Las lesiones de esta pelea explican las características físicas actuales de ambos animales.
Mientras los contrincantes se curaban las heridas, el resto de la comunidad se fue a buscar el Caliebirri-nae. Al llegar, todos quedaron sorprendidos, era un árbol colosal, muy grande y grueso, que contenía, él solo, la fibra dura de todos los árboles del mundo. Como era tan alto y difícil de trepar, se reunieron para pensar y, tras muchos intentos, enviaron a la ardilla para derribarlo. Esta trabajó incansablemente durante toda la noche desgastando con sus dientes el tronco; los restos de madera que caían al suelo fueron más tarde arrastrados por los ríos, petrificándose y transformándose en piedras, así fue como se formaron los indomables raudales de Atures, Maipures y otros más. Ya en la madrugada, el árbol comenzó a balancearse, pero unos bejucos aún lo sostenían del cielo. Al ser cortados por la ardilla, el árbol cayó arrastrándola y dejándola aplastada contra el cerro llamado Cunía, en el cual todavía hoy se puede apreciar su silueta. Cuando el árbol cayó, los animales comenzaron a comerse las frutas en una gran fiesta que duró meses e inclusive años, hasta que todo se agotó. Entonces dijo Danto: «Como todo se terminó, vamos a recoger las semillas y las sembraremos para tener frutas para siempre». Fue así como se originaron todos los árboles frutales de la tierra.
La Unuma: El latido de la cooperación
Más allá de los objetos y los mitos, el verdadero patrimonio inmaterial reside en los valores humanos de convivencia, condensados de forma sublime en el término Unuma. Con esta palabra refieren las comunidades indígenas a la ayuda prestada cuando un miembro de la comunidad reúne a todos los demás habitantes con el fin de asistirlo en la tala o la siembra del conuco, a cambio de garantizarles la comida por la jornada de trabajo. Es un modo de cooperación y apoyo mutuo en el que lo importante es la colaboración prestada; y aunque es una costumbre esencialmente indígena, no excluyen a personas de la cultura occidental. En ella puede participar cualquier habitante de las comunidades cercanas e incluso criollos, siempre que conozcan el trabajo a realizar, uniendo las manos sobre la tierra en un solo esfuerzo colectivo.
Los santuarios de lo sagrado: El paisaje indómito
No se puede hablar de la identidad amazónica sin rendir tributo a sus colosos de piedra y agua. Esta geografía está custodiada por los tepuyes, esas milenarias formaciones geológicas que los pueblos originarios consideran moradas de los dioses y guardianes del tiempo. Alzar la mirada hacia las místicas cimas que rompen la neblina de la selva es comprender la escala monumental de nuestra tierra. A sus pies, la vida florece gracias a ecosistemas únicos donde destaca el majestuoso morichal, ese humedal bendito dominado por la palma moriche, que hunde sus raíces en las aguas para limpiar los caños y ofrecer sustento. Cada tepuy, cada raudal de Atures y Maipures, y cada rincón de esta selva no son solo paisajes para la contemplación; son santuarios vivientes donde la tierra late con una fuerza primitiva que nos conecta con el origen mismo del mundo.
Una súplica verde: Reflexión para la salvaguarda del Amazonas
Despedir nuestro viaje por el estado Amazonas no es cerrar una página; es abrir una vigilia. Al contemplar la riqueza de su gastronomía, el ingenio de sus tejedores, la sabiduría de sus capitanes y la pureza de sus encantos naturales, se hace evidente que estamos ante un tesoro tan monumental como frágil. El Amazonas hoy nos confronta y nos exige más que una mirada turística o una reseña histórica; nos exige un compromiso absoluto con su preservación y salvaguardia.
Cada vez que un saber ancestral se pierde por el desuso, cada vez que los materiales industriales desplazan la laboriosa técnica tradicional y cada vez que la explotación irracional amenaza la biodiversidad de sus bosques y la pureza de sus ríos, se desgarra una parte de nuestra propia esencia como nación. Salvaguardar el Amazonas es proteger los pulmones de la Tierra, pero también es custodiar la memoria viva de la humanidad. El llamado es a escuchar el eco de la Unuma, a entender que el destino de la selva y el nuestro están indisolublemente unidos, y que solo a través del respeto reverente a sus comunidades y a su entorno podremos garantizar que el canto de los raudales y el aroma del iriburüto sigan alimentando el alma de las generaciones por venir. Amazonas no es el pasado de Venezuela; es nuestro más sagrado y vivo porvenir. ¡Visitemos, preservemos y salvaguardemos, estos elementos y sitios Declarados Bien de Interés Cultural!
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Danfny Esther Velásquez Sosa (1960, Santa Ana, Nueva Esparta) danfnyescritora@gmail.com: Escritora, locutora, maestra pueblo en la Radiodifusión Sonora, productora nacional independiente, cronista comunal, abogada y científica social (doctora en Ciencias de La Educación y en Patrimonio Cultural). Actualmente es la directora interinstitucional de Radio América: R. A. «La Onda de la Alegría» 90.9 FM, Patrimonio Cultural Inmaterial de la Nación (G. O. N° 42.670, del 13-07-2023).
Su trayectoria incluye un TSU en Producción de Medios de Comunicación Social (Alternativa, Popular y Comunitaria), una licenciatura en Pedagogía Alternativa, sub-área Registro del Patrimonio Cultural, y un posdoctorado en Corrientes Filosóficas para la Investigación.
Ciudad Valencia/RM













