“¿Son los políticos una desgracia?” por Fernando Guevara

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Millones de personas lo perciben así. ¿Por qué? Hay demasiadas razones que nos han dado los políticos durante la historia para llegar a pensar eso. La demagogia es una de ellas. Incluso se atribuye al Libertador la primera actitud demagoga de nuestra historia. Al entrar a Caracas en 1813 triunfante de la Campaña Admirable le dice a Francisco Iturbe, emperifollado mantuano caraqueño: “No tema usted por las castas, las adulo porque las necesito; la democracia en los labios y la aristocracia en el corazón”.

Claro, esta frase de Simón Bolívar fue difundida por José Domingo Díaz, principal propagandista de los realistas, lo que nos revela que la guerra de la desinformación forma parte igualmente de nuestro devenir histórico.

El primer gran demagogo de nuestra historia, no obstante, fue Antonio Leocadio Guzmán, el padre de Antonio Guzmán Blanco y fundador del partido Liberal, quien durante toda su vida se lucró del poder, adulando tanto a Bolívar como a Páez en tiempos de la separación de la Gran Colombia, escribiendo en su periódico El Venezolano una serie de editoriales que enamoraron a la clase desposeída y campesina, pero que en el fondo lo que deseaba era la bendición de los poderosos para acceder a la presidencia de la República, lo que no logró jamás, pues su demagogia era tan intensa y a la vez tan barata que ni él mismo pudo con en ella.

Pero no nos adentremos tanto en los vericuetos históricos de la demagogia. Aquí mismo en estos tiempos de elecciones vemos ejemplos a diario que hasta inocentes nos parecen y resultan un grito desesperado de ambiciones imposibles, pero que te dan presencia, cierta fama, adulación y sobre todo algunas monedas que se embolsillan chapuceros personajes devenidos en políticos. Demagogia pura.

Ahora, no creamos que los demagogos son solo los personajes de la oposición que cíclicamente aparecen con aspiraciones políticas. También los hay vestidos de rojo rojito, como lo fue precisamente aquél a quien se le atribuye esta frase, Rafael Ramírez, quien desfalcó a PDVSA, o como lo fue aquél gobernador Manuitt, e incluso el “eructante” exgobernador Acosta, éste último por cierto reaparecido aspirante a la silla gobernante carabobeña.

Fíjense en las listas de candidatos opositores en el estado Carabobo. En casi todos los municipios las candidaturas oposicionistas son de los mismos personajes que han aspirado a estos cargos en anteriores procesos electorales. Varios candidatos se fueron del país y, como por arte de magia, reaparecen repartiendo sopas, besos y promesas recicladas a los electores (por cierto, actitudes que no son exclusivas de los candidatos de la oposición).

He allí el origen de la pregunta: “¿son los políticos una desgracia?”. No, los políticos no son una desgracia. El problema es la demagogia y la ansiedad por el poder y, en muchos casos, el ansia por la fama.

 

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En tiempos de redes sociales y de viralización, muchos sujetos desean, anhelan, sus quince minutos warholianos de fama y la buscan a través de la política, porque parece que el ejercicio de la política no requiere de ningún conocimiento, ninguna preparación, nada de eso, sino una ambición desbocada y una ignorancia atrevida.

Hemos podido ver que algunos aspirantes, por no decir todos, prometen, prometen y sin ningún rubor promueven sus campañas llenas de ofertas insólitas y vacías. Ya vendrán las elecciones y serán aplastados por el pueblo, pero ya vendrán otros procesos y renacerán del fondo de la tierra, como retoñan los hongos cíclicamente cuando nuevamente resuenen los tambores de otros procesos electorales.

 

Ciudad VLC / Fernando Guevara