El teatro es un fenómeno vivo; una manifestación artística milenaria que, desde sus orígenes en el ritual y la tragedia antigua, ha funcionado como el espejo más fiel de la condición humana.

Lejos de ser una mera forma de entretenimiento, el arte dramático es una herramienta de transformación social y emocional: espacio para el diálogo, refugio para la catarsis y puente de empatía entre el actor y el espectador. En las tablas, la vida se condensa, se expone y se resignifica.

Inés María Echanagucia Gómez (nacida el 20 de febrero de 1978) es una actriz, creadora y conferencista venezolana. Hija de Sergio Ramón Echanagucia y Florencia Inés Gómez Sánchez (ambos ya fallecidos), es madre de cuatro hijos: su primogénita (25 años), un hijo a quien honra en la memoria desde el cielo, Diego Ignacio Valero (14 años) y Luciana Antonela Valero (10 años).

Su trayectoria en la escena cultural es el vivo testimonio de una artista moldeada por la disciplina, la perseverancia y una pasión inquebrantable por la expresión orgánica.

 

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​¿Cómo fueron tus inicios en el mundo del teatro?

Siempre me gustó el baile; de pequeña estuve en escuelas de danza. Sin embargo, cuando tenía unos 17 años, vi un casting para bailar en una obra de teatro: Salserín, la verdadera historia, bajo la dirección de la profesora Garmen Monteverde. Mi puerta de entrada al teatro fue, literalmente, bailando en esa producción.

En mis inicios reconozco que era una actriz muy deficiente, pero la formación continua, la práctica constante y la participación en festivales de teatro estudiantil me fueron fortaleciendo. Luego, dentro del grupo Raíces Escénicas (RE), le fui agarrando un amor profundo a este oficio. Allí uno no solo se forma como actriz, sino también en el área de gerencia: tienes que salir a buscar patrocinantes, resolver al estilo de «un mensaje a García», sin saber a veces cómo, pero lográndolo. Ese tipo de aprendizaje nutrió enormemente tanto mi carrera profesional como mi vida personal.

La obra que verdaderamente me hizo crecer, consolidarme y «graduarme» como actriz fue Yo soy mujer, montaje en el que participo desde 2010 y con el que sumé unas 145 funciones en diversas regiones del país. Un momento sumamente gratificante ocurrió durante una presentación en Caracas, en la sala Doris Wells de la Casa del Artista. Allí estuvo presente el profesor Levy Rosell, quien había sido mi director en un curso de lectura dramatizada y posteriormente en El tirano Aguirre. Aquella primera obra con él había sido un enorme desafío personal —sentía que el personaje no terminaba de salir como debía—, pero el profesor siempre confió en mí y jamás me retiró el papel. Al finalizar la función de Yo soy mujer, se me acercó y me dijo: «Inés, la felicito. Cómo ha crecido usted como actriz». Escuchar esas palabras de su boca fue el mayor premio; me hizo comprender que había superado aquella etapa difícil y que mi desarrollo actoral iba en constante ascenso.

 

Inés Echanagucia-actriz

 

¿Recuerdas el primer contacto o la primera obra de teatro que viste en tu vida? ¿Qué sensación dejó en ti?

Honestamente, la primera obra de teatro que presencié en mi vida fue estando dentro de ella, justamente en Salserín, la verdadera historia. No recuerdo haber visto una pieza teatral antes de esa experiencia. Me pareció algo mágico: la reacción del público en tiempo real, el movimiento orgánico de la escena, la sinergia entre los actores, la dirección y el juego de luces. Sentir toda esa emoción vibrando en el escenario fue maravilloso; fue como descubrir algo grandioso por primera vez.

 

​¿Hubo algún profesor o mentor que marcara profundamente tu visión del arte dramático? ¿Qué enseñanza dejó en ti?

Sin duda alguna, la profesora Garmen Monteverde fue mi primer contacto con las artes; me enseñó las bases y con ella viví la experiencia del teatro de calle. Más adelante tuve la oportunidad de ser dirigida por Aníbal Valdés y por el profesor Levy Rosell, con quien trabajé en lectura dramatizada y en la obra El tirano Aguirre (montada en Borburata y que posteriormente se convirtió en película).

La enseñanza más grande que me dejaron fue la de no darse por vencida y confiar en las propias capacidades. A veces veía cómo la profesora Monteverde depositaba su fe en mí en momentos donde otros dudaban, asignándome retos que me exigían al máximo. Por su parte, el profesor Levy era sumamente estricto y me enseñó que el teatro es una profesión seria que exige rigor y verdadero compromiso.

 

​En esos primeros años, ¿cuál fue la mayor dificultad para hacerte un espacio en el medio?

Mi mayor obstáculo era la falta de confianza en mí misma y la tendencia a compararme. Recuerdo, por ejemplo, a Marta Ocanto dentro del grupo: yo la admiraba profundamente porque actuaba, cantaba y bailaba con un talento increíble. Me decía a mí misma: «Me falta demasiado para llegar a su nivel». Eso frenaba mi proceso para abrirme espacio.

​Con el tiempo comprendí que la constancia y la perseverancia son las que dan frutos. Cuando persistes en lo que te apasiona, la evolución es inevitable: desarrollas seguridad y finalmente alcanzas tus metas.

 

 

​Si tuvieras que elegir dos personajes que hayan marcado un antes y un después en tu carrera, ¿cuáles serían y por qué?

El primero fue Cordelia, en la obra Manicomio de Bárbula. Era una joven que había sufrido un acontecimiento traumático: un autobús chocó contra su casa, provocando la muerte de su madre y dejándola a ella parapléjica. Vivía con su abuela, pero al fallecer esta, Cordelia fue internada en un psiquiátrico. Interpretar a un personaje con severas dificultades del habla y de movilidad física representó un punto de quiebre en mi trabajo actoral.

El segundo personaje determinante fue Dulce Milagro, en Yo soy mujer. Era una mujer diametralmente opuesta a Inés: de clase social baja, sin estudios formales, trabajadora de la mecánica y con una actitud arrolladora. Construirla me obligó a convertirme en una observadora minuciosa de mi entorno, rescatando gestos y expresiones de la vida cotidiana para nutrir la identidad de Dulce Milagro.

 

Cuando te entregan un libreto nuevo, ¿cuál es tu primer ritual para conectar con la psicología de tu personaje?

Mi primer paso es comprender la intención profunda del personaje y lo que debe generar en el espectador, ya sea pasión, repulsión o empatía. A partir de esa premisa, comienzo a construir su historia previa: de dónde viene, si creció con sus padres, si sufrió ausencias o traumas, y qué circunstancias moldearon su conducta actual.

De esta forma creo una identidad ajena a mí. En mi proceso mental funciona casi como un interruptor: al asumirlo, mi personalidad se apaga y el personaje queda plenamente instalado en mi cuerpo y voz.

 

​El teatro exige una presencia viva y orgánica. ¿Cómo gestionas el desgaste físico y emocional en temporadas largas?

Es un desafío exigente. Una de las temporadas más intensas la viví estando embarazada de Diego Ignacio —casualmente, otra compañera del elenco también estaba encinta—. Actué hasta casi el noveno mes de gestación. Lo curioso era que, aunque Inés estaba visiblemente embarazada, el personaje que interpretaba no lo estaba. Al finalizar las funciones, la gente se me acercaba a tocarme el vientre y me preguntaba con asombro si la barriga era real o si era utilería.

En otra temporada me sobrevino una parálisis facial. Con la boca visiblemente desviada, tuve que subir al escenario a cumplir con la función. Al terminar, una espectadora se me acercó para felicitarme por la interpretación y me dijo: «¡Buenísimo el personaje, sobre todo el detalle de cómo tuerce la boca!». A lo que internamente solo pude sonreír pensando en la parálisis real que padecía. El compromiso con la escena siempre estuvo por encima de cualquier circunstancia.

 

 

​¿Cómo ha sido la experiencia de trabajar con distintas visiones de dirección? ¿Prefieres libertad absoluta o la dirección rigurosa?

Prefiero la libertad creativa. He experimentado ambos extremos: una dirección sumamente rigurosa y técnica como la de Aníbal Valdés —donde cada marcación de brazos, miradas y desplazamientos era exacta y casi mecánica— y la dirección de Garmen Monteverde, basada en la libertad y la improvisación.

Esta última metodología le permite al actor auto explorarse y generar una sinergia viva con el público. Con el personaje de Dulce Milagro me ocurría con frecuencia: la fluidez de la escena daba paso a matices orgánicos que no venían del libreto, sino de la evolución natural del personaje en tablas.

 

​¿En qué sientes que ha cambiado tu forma de actuar o entender el teatro desde tus inicios hasta hoy?

En mis comienzos veía el teatro como un hobby, una vía de entretenimiento para hacer amigos. Con el paso de los años comprendí que el teatro no solo transformó mi vida dándome herramientas valiosas, sino que tiene el poder de transformar la sociedad. He visto a espectadores reflexionar, cuestionarse y modificar su visión de la realidad tras presenciar una obra.

A nivel personal, el teatro atravesó toda mi existencia: a mi primera hija la tuve con un compañero actor, posteriormente me casé con un hombre del gremio y crie a mis hijos sin apartarme de las tablas. Por ello, cuando el año pasado tomé la decisión de retirarme del grupo Raíces Escénicas, viví un duelo real. Alejarme de la dinámica grupal fue un proceso doloroso.

 

¿En qué montaje o proyecto estás trabajando en este momento y qué reto particular te plantea?

¿Actualmente, de forma independiente, me encuentro desarrollando un mono-drama personal que escribo y auto dirijo titulado Te invito a mi funeral. A pesar de lo lúgubre que pueda sonar el título, se trata de una propuesta reflexiva con matices dramáticos y momentos de humor, pensada para que el espectador se sienta profundamente identificado.

 

​¿Cómo ves el panorama teatral actual en comparación con la época en que comenzaste?

Cuando inicié existía un público teatral cautivo y una crítica activa; existían espacios consolidados como los «Jueves Culturales». Progresivamente, la afluencia de público ha disminuido debido a la falta de impulso institucional y de una programación continua que cree el hábito en la ciudadanía.

Este es el panorama crítico que percibo en Puerto Cabello, a diferencia de ciudades como Valencia, donde se mantiene un movimiento artístico más fluido con talleres y funciones frecuentes.

 

​En una palabra o frase corta, ¿qué ha significado la actuación en tu vida?

La actuación en mi vida ha significado VIDA.

 

​¿Qué personaje o texto clásico todavía tienes pendiente o sueñas con interpretar?

Me encantaría interpretar a Julieta, del clásico Romeo y Julieta de William Shakespeare; me parece una de las joyas más hermosas de la dramaturgia universal.

 

​¿Qué le dirías a una joven actriz o creadora que quiere empezar a producir o auto gestionar sus propias obras?

Le diría que mantenga una confianza inquebrantable en su trabajo. En este medio se reciben muchos «no», pero cada negativa debe asumirse como un aprendizaje y no como una derrota. Cuando tienes la certeza de que tu mensaje es valioso, no debes desistir. Si se cierran 100 puertas, la número 101 se abrirá. La clave radica en insistir, persistir, resistir y nunca desistir.

 

La actuación exige voz, presencia y empatía. ¿Cómo nutre tu formación actoral tu presencia en un escenario como conferencista?

Asumir el rol de conferencista es un reto, pero dominar el recurso actoral, la capacidad de improvisación, el manejo de la voz y el dominio del espacio escénico otorga más del 50 % del camino recorrido. El teatro me dio las herramientas fundamentales para conectar con la audiencia y llenar el escenario desde la presencia.

 

Si tuvieras que resumir el corazón de tus conferencias en una sola idea, ¿cuál es la causa que te mueve a hablar en público?

​El propósito central de mis ponencias es invitar a las personas al autoconocimiento y la autoexploración. En la medida en que una persona se comprende a sí misma y reconoce de qué está hecha, se vuelve menos manipulable, fortalece su criterio y descubre su capacidad para proyectarse hacia grandes metas.

 

​¿Cuál es el próximo gran proyecto o conferencia que estás gestando en este momento?

Actualmente estoy enfocada en el proyecto Alianzas Poderosas, una iniciativa gestada junto a un grupo de emprendedores y visionarios bajo la premisa de que la unión potencia y expande las iniciativas individuales. Como parte de este movimiento, realizaremos un showroom el próximo viernes 28 de agosto en Las Corinas, donde presentaremos diversos bienes y servicios, manteniendo las puertas abiertas a nuevos aliados que deseen sumar esfuerzos para crecer de manera colectiva.

 

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