Amigas y amigos constructores de sueños, forjadores de esperanzas: El 23 de mayo de 1899, un grupo de combatientes cruzaba desde Colombia la frontera por el estado Táchira dando inicio a lo que la historiografía denominaría, en alusión al número de sus integrantes: la Invasión de los Sesenta.
Seis meses después, el 23 de octubre, su principal jefe, el general Cipriano Castro, entraba triunfante a Caracas para tomar posesión de la Presidencia de la República, iniciándose de esta manera lo que la misma historiografía, atendiendo a la proclama enarbolada por sus líderes, comenzaría a llamar: Revolución Liberal Restauradora.
Fue el comienzo de un largo período en el que el poder político estuvo en manos de un sector regional: los andinos, tachirenses.
Los andinos se hacen presentes
A finales del siglo XIX, el Táchira era la región más próspera del país, fundamentalmente a consecuencia de la producción de café, para entonces, el principal rubro de exportación nacional; así como por la intensa actividad económica con Colombia, que facilitó el florecimiento de pequeños capitales vinculados al agro, la ganadería y el comercio. El Táchira pasó a ser, de esta forma, “el pariente rico de un país pobre”.
La pujante actividad productiva de los andes venezolanos puede ser explicada, entre otros factores, por la casi ausencia de conflictos armados en la región, un hecho facilitado por sus propias condiciones geográficas que habrían propiciado un relativo aislamiento del resto del territorio, permitiéndole mantenerse casi al margen de las continuas guerras y revoluciones que durante el siglo XIX tuvieron como escenario, principalmente, la región centro-norte del país, situación que habría facilitado el florecimiento de su próspera economía.
Para tener una idea más clara de las dificultades que entonces implicaba viajar a cualquier ciudad o pueblo andino debe considerarse el siguiente dato: todavía en 1914, la forma más común y rápida para ir de Caracas a San Cristóbal era bajar en ferrocarril hasta La Guaira, tomar un barco hasta el sur del Lago de Maracaibo, navegar la desembocadura del río Catatumbo hasta Boca de Encontrados, desde allí por ferrocarril hasta Uracá, al norte de San Cristóbal, y luego por tierra hasta esta última ciudad. En el mejor de los casos no era un viaje menor a cuatro días. Los tachirenses eran personas desconocidas para la mayoría de los venezolanos.
Pero el fraude electoral de 1897 contra José Manuel, el “Mocho”, Hernández, que llevó al gobierno a Ignacio Andrade; y la muerte, en abril de 1898, del último gran caudillo del siglo XIX y principal defensor del gobierno, el general Joaquín Crespo, crearon las condiciones para que Cipriano Castro, un político que había ganado notoriedad como gobernador de la sección de Táchira del Gran Estado de los Andes, comenzara una aventura militar que a la postre terminaría convirtiéndose en una triunfante revolución.
Castro, quien estuvo exiliado en Colombia tras el triunfo de la Revolución Legalista de 1892 liderada por Crespo, que derrocó al gobierno de Raimundo Andueza Palacios; en 1899 lideró el movimiento que incorporó a los andinos de forma plena a la vida política y militar del país.
Hasta ese momento, el llamado Gran Estado de los Andes integrado por Táchira, Mérida y Trujillo había estado casi al margen de las constantes turbulencias que alteraban la estabilidad de la República. El enérgico orador que era Castro ofreció un gobierno integrado por hombres nuevos y formas nuevas de hacer política.
De verdad eran nuevos
Si bien la consigna principal del gobierno: “Nuevos hombres, nuevos ideales, nuevos procedimientos” tenía la intención de presentarlos ante el país como un grupo diferente e incluso opuesto a quienes habían sido desalojados del poder; en el fondo también reflejaba un hecho cierto: para los caraqueños, como para la mayoría de los venezolanos, ese grupo de montañeses barbudos, de toscos modales y extraño acento al hablar; daba la impresión de ser parte de un ejército invasor.
En un país desintegrado a consecuencia de sus pocas y precarias vías de comunicación, resultaba perfectamente lógico que una parte de los venezolanos pudiera poner en duda no sólo de que esos señores fuesen sus compatriotas, sino incluso, que Táchira fuera parte del territorio venezolano.
Hay que recordar que la idea de Nación como la conocemos y entendemos hoy no estaba consolidada para entonces, y el sistema educativo, por lo escaso y limitado de su extensión, no contribuía suficientemente a fijar en el imaginario colectivo la visión de un territorio como el que entonces poseía Venezuela. Así pues, tras asumir la Primera Magistratura, los venezolanos no sólo conocían a un nuevo mandatario, Cipriano Castro, también a personajes oriundos de esa región: conocían a los andinos.
El triunfo de la Revolución Liberal Restauradora estableció una hegemonía regionalista que mantuvo un dominio absoluto sobre la vida político-institucional del país, al menos, hasta 1935. Entre 1899 y 1945, los hombres que controlaron el poder político en Venezuela fueron tachirenses: Cipriano Castro, Juan Vicente Gómez, Eleazar López Contreras e Isaías Medina Angarita.
Con los gobiernos de Castro y Gómez, los primeros y más largos de esa hegemonía, se sientan las bases para el establecimiento del Estado nacional venezolano y el surgimiento de una verdadera conciencia nacional. Esto fue posible, al menos, a través de tres factores que, aunque no surgieron de forma inmediata, terminarán siendo fundamentales en ese proceso, ellos son: la creación del ejército nacional, la progresiva construcción de carreteras y la centralización del poder.
El ejército fue el instrumento y la garantía para democratizar la paz, entendiendo por esto la ausencia de guerras en todo el país. La paz no fue el resultado de la creación de una moderna institución castrense, pues la derrota del caudillismo como factor de inestabilidad política es un hecho que le precede; pero el ejército sí será la garantía para la permanencia de esa paz, incluso hasta nuestros días.
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Las carreteras facilitarán la progresiva movilización de personas por diversas regiones del territorio haciendo posible el contacto y el conocimiento de la diversa realidad venezolana. La conciencia nacional se vería fortalecida por este factor que contribuyó a fijar en el imaginario colectivo una idea precisa del territorio nacional con su diversidad geográfica y cultural.
La centralización del poder liquidó los caudillismos regionales, estableciendo un gobierno con control del territorio y acatamiento de sus disposiciones y autoridad, que terminaría siendo la expresión más evidente y relevante del moderno Estado nacional. Con los andinos, y gracias al petróleo, Venezuela cambió su estructura económica y se vinculó al sistema económico mundial. Todos estos factores contribuyen a explicar la prolongada influencia de los andinos en la primera mitad del siglo XX.
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Ángel Omar García González (1969): Licenciado en Educación, mención Ciencias Sociales, y Magister en Historia de Venezuela, ambos por la Universidad de Carabobo, institución donde se desempeña como profesor en el Departamento de Ciencias Sociales de la Facultad de Educación. En 2021 fue galardonado con el Premio Nacional de Periodismo Alternativo por la Columna Historia Insurgente del Semanario Kikirikí. Ganador del Concurso de Ensayo Histórico Bicentenario Batalla de Carabobo, convocado por el Centro de Estudios Simón Bolívar en 2021, con la obra “Cuatro etapas de una batalla”. Es coautor de los libros “Carabobo en Tiempos de la Junta Revolucionaria 1945-1948” y “La Venezuela Perenne. Ensayos sobre aportes de venezolanos en dos siglos”.
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