Una reina elegida con votos… Amigas y amigos constructores de sueños, forjadores de esperanzas: Uno de los aspectos que ha caracterizado la vida política venezolana del siglo XX ha sido la conquista del sufragio, mecanismo que permitió legitimar y dinamizar el sistema político, convirtiéndose en la gran conquista ciudadana. Pero este ejercicio, hoy universal, directo y secreto, tuvo durante el siglo XIX un carácter censitario y, hasta la década de los cuarenta del siglo pasado, sólo estaba destinado a hombres mayores de 21 años alfabetizados.
Por tal razón, resulta curioso que la primera vez que los venezolanos acudieron masivamente a un ejercicio electoral sin restricciones, no haya sido para le escogencia de sus autoridades nacionales, estadales o municipales, sino para la elección de una reina deportiva.
Una demanda popular
Tras la muerte de Juan Vicente Gómez, en diciembre de 1935, comenzó un lento proceso de democratización de la sociedad venezolana, impulsado por la presión que el pueblo llano manifestó en las violentas protestas contra el fallecido dictador los días posteriores a sus exequias; exigiendo castigo para los esbirros de la dictadura y derechos políticos, uno de los principales, el establecimiento del voto universal, directo y secreto.

Estas demandas, inicialmente, fueron orientadas por los jóvenes pertenecientes a la llamada Generación del 28, quienes comenzaron a regresar de su forzado exilio y a constituir las agrupaciones y movimientos políticos que terminarían siendo el semillero del sistema de partidos del siglo XX venezolano. Acciones que tuvieron un momento estelar en la multitudinaria manifestación del 14 de febrero de 1936, así como en la respuesta que, siete días después, ofreció el presidente López Contreras a las demandas de la población a través del llamado Programa de Febrero.
Aunque la democratización de la sociedad venezolana avanzó significativamente durante el mandato de Isaías Medina Angarita, la principal demanda política, el establecimiento del voto universal directo y secreto, continúo restringido a un sistema de tercer grado que dejaba la elección del Primer Mandatario Nacional en manos del Parlamento Nacional. La reforma constitucional promovida por el gobierno otorgó el voto a las mujeres alfabetizadas, solo para el ámbito local: concejales y legisladores regionales, en tanto se mantenía vigente el sistema electoral de tercer grado.
Así, los hombres y mujeres habilitados para ejercer el sufragio votaban para elegir los concejales y miembros de los parlamentos regionales; los hombres que resultaban electos en las circunscripciones locales y regionales eran los encargados de votar para elegir a los miembros del Congreso Nacional, y era esta instancia, el Parlamento, la que finalmente tenía la potestad de elegir al Presidente de la República. Fue en este contexto que un acontecimiento deportivo se convirtió en el escenario para un ejercicio electoral sin precedentes: la elección de la reina de la VII Serie Mundial de Beisbol Amateur.
Entre gente decente y vulgar
Efectivamente, la designación del país como sede de este importante evento deportivo fue aprovechado por dos de los principales partidos políticos de entonces: Acción Democrática (AD) y el Partido Democrático Venezolano (PDV) para medir su respaldo electoral. En medio de este clima de inusual actividad partidista, se acordó que la reina del evento fuese elegida en votación universal directa y secreta, hecho que ocurrió el 1° de octubre de 1944.

En un atípico ambiente de debate y agitación política, consecuencia de las libertades y apertura democrática permitidas por el gobierno de Medina, dos de las cuatros candidatas acapararon rápidamente la atención: Yolanda Leal, una impactante morena, maestra de escuela y habitante de una populosa zona del Oeste de Caracas, y Oly Clemente, muchacha de piel blanca, muy agraciada, vinculada al gobierno y la burguesía nacional, pues era hija del Secretario Privado del Presidente de la República, general Isaías Medina Angarita.
Ambos partidos políticos usaron el escenario de la calle para medir las preferencias. Un slogan que simbolizaba el contraste social de las candidatas, muy pronto se hizo nacional: “Oly Clemente para la gente decente, Yolanda Leal para la gente vulgar”. Las consignas, más que un marketing (decimos en estos tiempos), representó el contraste entre la visión del “Juan Bimba”, el hombre y la mujer humilde, en contraposición a los sectores oligárquicos y privilegiados que se agruparon en torno al presidente Medina. En definitiva, era el contraste entre la Venezuela pobre, rural, víctima del latifundio, de la explotación laboral, y la que, aunque levantando las banderas de la Modernidad, era vista por muchos como un proyecto elitesco y excluyente.

Una conquista inalienable
Todo este relato viene muy a propósito para poner de manifiesto dos hechos significativos que han marcado la historia política de la Venezuela contemporánea: la práctica que asumieron los partidos políticos, en el marco de la democracia representativa que caracterizó al puntofijismo, de disputarse hasta los espacios más privados de la participación ciudadana, por ejemplo: la elección de una Junta Vecinal o de un Centro de Estudiantes; práctica que quizás tenga su génesis en la singular elección de la reina de la VII Serie Mundial de Beisbol Amateur. Un aspecto que contrasta con el carácter participativo y protagónico consagrado en la actual Carta Magna, que habilita a todo ciudadano para hacer parte de las decisiones y acciones de su comunidad y del país.
Pero también evidencia que el voto se ha convertido en una conquista inalienable del pueblo venezolano, quien la ha asumido como la mejor opción para canalizar las controversias políticas y dirimir las diferencias, en prueba de lo cual no sólo pueden señalarse los treinta y dos procesos comiciales celebrados en los últimos veinticinco años, incluidas la acechada elección de la Asamblea Nacional Constituyente en 2017, la elección presidencial del 2018 y las parlamentarias de 2020; hechos que evidencian que el pueblo venezolano tomó como opción el sufragio, en paz y democracia.
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Hoy, cuando estamos a las puertas de un nuevo proceso comicial, los venezolanos tenemos el mismo dilema de hace ochenta años, aunque no en la misma importancia y trascendencia: escoger entre quienes aspiran a ser de nuevo una plutocracia, los grandes apellidos, los Amos de Valle, usufructuarios de empresas del estado adquiridas a precios muy inferiores a su valor real en contubernios con sectores políticos; los que han impulsado la violencia, solicitado y promovido invasiones, auspiciado el robo de activos de la República como Citgo y el oro depositado en bancos de Inglaterra; en definitiva, los sectores y grupos que aspiran recuperar privilegios perdidos.

Y quien garantiza la defensa de la soberanía, la independencia, la autodeterminación, la paz nacional, el crecimiento económico y la protección de los intereses del pueblo. El mismo que en medio de las más duras agresiones de todo tipo contra el país, ha tenido el temple para conducirnos a la etapa de crecimiento económico que reconocen todos los organismos multilaterales, génesis de una nueva economía no dependiente del petróleo, el candidato de la Patria: Nicolás Maduro Moros.
Por estas razones, entre otras, una consigna ha vuelto a tomar las calles como ocurrió hace treinta años cuando el comandante Chávez salió de prisión: “La esperanzas está en la calle”. Por esa esperanza, este 28 de julio: “Yo voto por mi gallo pinto”, el candidato de la Patria.
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Ángel Omar García González (1969): Licenciado en Educación, mención Ciencias Sociales, y Magister en Historia de Venezuela, ambos por la Universidad de Carabobo, institución donde se desempeña como profesor en el Departamento de Ciencias Sociales de la Facultad de Educación. En 2021 fue galardonado con el Premio Nacional de Periodismo Alternativo por la Columna Historia Insurgente del Semanario Kikirikí. Ganador del Concurso de Ensayo Histórico Bicentenario Batalla de Carabobo, convocado por el Centro de Estudios Simón Bolívar en 2021, con la obra “Cuatro etapas de una batalla”. Es coautor de los libros “Carabobo en Tiempos de la Junta Revolucionaria 1945-1948” y “La Venezuela Perenne. Ensayos sobre aportes de venezolanos en dos siglos”.
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