«Las improntas en torno a Simón Rodríguez» por Ángel Omar García González

Amigas y amigos constructores de sueños forjadores de esperanzas: Simón Rodríguez es una de las figuras más destacables de la historia venezolana. Sus muy sobresalientes méritos como pedagogo y pensador no fueron valorados ni comprendidos por una sociedad de castas que justificaba un orden político, cultural y racial, de profundas injusticias y desigualdades. A esa incomprensión también ha debido contribuir, muy probablemente, su atrabiliaria personalidad, pues, al parecer, el Maestro no era un hombre propenso a establecer consensos o avenir posiciones.

La sombra del Padre Libertador

La vida de Simón Rodríguez ha estado marcada por varias improntas, quizás las dos más significativas sean: haber sido un niño expósito y maestro de Simón Bolívar. Ésta última terminaría persiguiéndolo y, por momentos, opacando sus propios y muy notables méritos pedagógicos y filosóficos. Fue tan notable sobre él la sombra del Padre Libertador que, vale la pena destacar la anécdota, ocurrida en 1850, según la cual, al conocer al escritor colombiano Manuel Uribe Ángel, quien quiso distinguirlo haciendo alusión a su condición de maestro de Bolívar, provocó en el ya anciano Maestro una respuesta cargada con la ironía que lo caracterizaba: “Fuera de ese tengo otros títulos para pasar con honra a la posteridad”.

Intentando entrar en la sicología del personaje, quizás su difícil carácter haya sido el resultado de una concepción del mundo y la educación poco comprensible para sus coetáneos. Una muestra de ello son de sus Reflexiones sobre los defectos que vician la Escuela de Primeras Letras de Caracas y medio de lograr su reforma por un nuevo establecimiento, la cual presentó en 1791 al Ayuntamiento de Caracas, y que fue desestimada por el Fiscal representante de la Real Audiencia, alegando razones fundamentalmente económicas. El drama de la incomprensión perseguirá al ilustre caraqueño durante toda su vida, al punto que, años más tarde, afirmaría: “En Bogotá hice algo y apenas me entendieron; en Chuquisaca hice más y me entendieron menos”.

El debate en torno al nombre y fecha de nacimiento

Otra impronta que acompañó a Simón Rodríguez son las derivadas de su condición de niño expósito, un aspecto sobre el que aún continúa debatiéndose y encontrándose datos diversos referidos a su biografía. Así por ejemplo, la enciclopedia Wikipedia le atribuye el nombre: Simón Narciso de Jesús Carreño Rodríguez, queriendo hacer ver que habría sido hijo del clérigo Alejandro Carreño y Rosalía Rodríguez, una afirmación absolutamente falsa.

Simón Narciso Rodríguez fue un niño expósito, reconocido y criado por la viuda Doña Rosalía Rodríguez. Tal condición fue expresada por el propio Maestro como dato obligatorio para la fijación de sus carteles nupciales en los que debía certificar su condición de católico. Y confirmada por la propia acta de bautismo, único documento probatorio al respecto, encontrada por Arturo Uslar Pietri en el folio 29, Libro II de Bautismo de Blancos, en los archivos de la iglesia parroquial Candelaria de Caracas.

Igual confusión gira en torno al año de nacimiento, que por mucho tiempo fue ubicado en 1771, pues así lo habría afirmado el propio Rodríguez, utilizando el seudónimo de Samuel Robinson, nombre que adoptó para burlar la persecución desatada a partir del fracaso de la llamada Conspiración de Gual y España de 1799, a la que estuvo vinculado y por la que debió huir de Venezuela. Según la referida acta bautismal, habría nacido el 28 de octubre de 1769.

Formar republicanos

Otras improntas que han marcado la biografía de Simón Rodríguez han sido: haber sido un excelente Maestro, un filósofo de la Educación y Su mal manejo político. De lo primero da cuenta el testimonio de su discípulo predilecto, Simón Bolívar, quien no escatimó toda clase de elogios para reconocer la influencia pedagógica, ética y política que sobre él ejerció Rodríguez; así como la amplia gama de escritos y cartas en las que el Maestro desplegó una creativa concepción pedagógica y educativa que resultaban bastantes adelantadas para su tiempo.

Ello puede evidenciarse, entre otros escritos, en sus ya citadas Reflexiones sobre los defectos que vician la Escuela de Primeras Letras…, pasando por sus aportes a la organización educativa en la recién creada República de Bolívar (hoy Bolivia), en 1826, hasta sus escritos: «Luces y virtudes sociales» y, «Sociedades americanas». En todas sus propuestas y escritos dos aspectos resultaban constantes: la concepción de una educación popular y necesaria, así como una educación para la vida.

Lo primero significaba educación para todos, ya que: “Todos generalmente la necesitan porque sin tomar en ella las primeras luces, es el hombre ciego para los demás conocimientos”. Pero contrariamente a lo que pudiera pensarse de esta cita, no se refería Rodríguez a que la escuela estuviera destinada a la enseñanza de las primeras letras o a aprender a leer o escribir, no, aunque también lo incluye; en este sentido, ironizaba afirmando que para eso podían las madres mandar al niño a la casa de algún vecino preparado que quisiera realizar esta noble labor. Según su concepción, la escuela estaba destinada a formar valores republicanos, esto es, personas con conciencia de su deber en la sociedad, en condición no de súbditos sino de ciudadanos, con ejercicio pleno de sus derechos políticos.

Con lo segundo se refería a una educación capaz de enseñar oficios, quizás por eso afirmaba: Al que no sabe cualquiera lo engaña, al que no tiene cualquiera lo compra”. La escuela debía ser el espacio, basado en la más clásica concepción griega, para la formación de ciudadanos capaces, para la “creación de las virtudes” que requerían las nacientes Repúblicas Hispanoamericanas.

Un pésimo político

En el terreno de la política la actuación de Rodríguez deja mucho que desear. No porque el Maestro haya fracasado en la aspiración de algún puesto legislativo, ministerial o gubernamental, que no los tuvo; sino porque fue incapaz de internalizar una enseñanza que se desprende de sus propios postulados: toda educación es política y, toda política requiere de procesos educativos.

Lo primero puede ser entendido como la orientación que debía tener la escuela para formar ciudadanos capaces de comprender el momento histórico que había surgido del proceso independentista, superando las reminiscencias de la cultura monárquica. El proceso de emancipación no tendría un verdadero soporte social si no se comprendía la trascendencia de los cambios políticos, ideológicos, sociales y culturales que entrañaba la ruptura con España.

Con lo segundo se alude al poco tino, a la falta de sutileza para ejecutar proyectos educativos que rompían con una cultura asentada en tres siglos de dominación. Ese poco tino, esa falta de sutileza, lo llevó a tener duros enfrentamientos con Antonio José de Sucre respecto a la implementación de dichos proyectos en el Departamento del Alto Perú, fundamentados no solo en los elevados costos que, según Sucre, quien estaba encargado del gobierno, demandaba el proyecto de Rodríguez; sino también en la resistencia cultural y hasta religiosa que su aplicación producía en una sociedad profundamente racista y conservadora como lo era la provincia de Chuquisaca.

Para el “Sócrates de Caracas” la necesidad de sembrar conciencia republicana ameritaba toda clase de esfuerzos y sacrificios; para Sucre, debían guardarse ciertas formalidades que minimizaran las aprensiones manifestadas por sectores que aún adversaban el proceso de independencia, y la de quienes se oponían a cambios radicales en sus formas de vida; además, debían administrarse equitativamente los recursos económicos que eran muy limitados.

La ausencia de una mano zurda que permitiera negociar y sumar voluntades puede ser explicada por su atrabiliaria personalidad, aspecto puesto de manifiesto en un fragmento de la carta enviada a Bolívar en 1827, en la que daba cuenta de sus desavenencias con el héroe de Ayacucho: “Yo estaba encargado de dar ideas, no de recibirlas [dice Rodríguez]: yo me había ofrecido a concurrir con mis conocimientos y con mi persona a la creación de un Estado… en fin, yo no era ni Secretario, ni amanuense, ni Ministro, ni alguacil”. En otras palabras, el gran Maestro sólo parecía reconocer como válidos el criterio y la autoridad del Libertador.

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Actualidad del personaje y su obra

Afortunadamente con el paso del tiempo la vida y obra de Simón Rodríguez toman mayor vigencia en el marco de los debates pedagógicos contemporáneos, sirviendo esto como un desagravio a la incomprensión y descalificaciones de las que fuera víctima entonces. Su obra, no sólo es cada día más leída y estudiada en Venezuela y América, sino que el seudónimo que utilizara es el epónimo de otra institución educativa: la Universidad Nacional Experimental del Magisterio “Samuel Robinson”, (UNEM), creada para orientar, bajo su filosofía, la formación de los maestras y maestros de la Patria, y que está próxima a cumplir su cuarto aniversario.

 

Ángel Omar García González / Ciudad Valencia