Amigas y amigos constructores de sueños, forjadores de esperanzas: Durante mucho tiempo se ha querido ver a la Carta de Jamaica, escrita por el Libertador Simón Bolívar el 6 de septiembre de 1815, como un documento profético en el que su autor vislumbraba el fatídico porvenir para los pueblos el continente que se había revelado contra el dominio español si no se unían en función de sus comunes intereses y daban pasos firmes en la conformación de sistemas políticos republicanos.
Esta concepción profética, que pretende hacer de Bolívar una especie de Nostradamus de su tiempo, no solo le resta méritos al documento y a su autor, sino que impide verlo en su contexto histórico y dimensionar la significación y trascendencia del análisis allí realizado.
El hombre y sus circunstancias
Si una frase puede sintetizar el drama humano, político, personal y económico en el que se hallaba Bolívar para el año de 1815, fue la asignada por Miguel Acosta Saignes: “El hombre de las dificultades”. Porque el Bolívar que responde la indagatoria formulada por el comerciante inglés en la isla controlada por el imperio británico, era un personaje que para ese momento no las tenía todas consigo.
En primer lugar era un general que cargaba sobre sus hombros el peso de la derrota. El gobierno restituido tras su entrada triunfal en Caracas durante la Campaña Admirable del año de 1813, apenas un año después, sucumbía a manos de las huestes del terrible José Tomás Boves. El proyecto político esbozado desde 1811 no lograba concitar mayoritariamente el apoyo de los sectores excluidos: los pardos, los esclavizados y los aborígenes, quienes, en buena parte, veían en los líderes republicanos la personificación de la opresión y la injusticia colonial.
A causa de la derrota era un personaje cuestionado en su liderazgo. Un grupo de generales patriotas, fundamentalmente los orientales: Mariño, Bermúdez, Piar, pretendían desconocer su autoridad y sucederlo en la conducción política y militar del proceso independentista. Sobre ellos, el Libertador no tenía mayor autoridad que la otorgada por el Congreso de Nueva Granada que lo había investido de la condición de jefe del ejército con el que invadió a Venezuela en 1813.
Económicamente, y pese a su gran fortuna personal, fueron tiempos de profundas precariedades, agudizadas por la imposibilidad de disponer de sus bienes. Y en el plano personal era un hombre contrariado por la adversidad, por lo difícil del momento que vivía y por la imposibilidad de concretar apoyos políticos y militares que contribuyeran a un futuro promisorio en la lucha por la independencia.
Ese era el drama humano del personaje que escribió la famosa contestación al comerciante Henry Cullen. Pero contrariamente a lo que representaba el cuadro personal descrito, encontramos en el documento es un análisis realista, esbozado por un político, es decir, por un guerrero, que fundamentándose en elementos concretos examina la historia, retos y perspectivas de los pueblos del continente en el contexto de su lucha por la independencia. La llamada Carta de Jamaica es un documento que demuestra la agudeza en el análisis histórico y político del momento y la capacidad para vislumbrar escenarios geopolíticos más allá de las situaciones coyunturales.
Ni profeta ni visionario
Pretender mirar la “Contestación de un Americano Meridional a un caballero de esta isla”, título original de la conocida como Carta de Jamaica; como un documento profético, es negarle todo su valor político e intelectual. Primeramente, el Bolívar que allí se expresa demostraba una profunda agudeza en el análisis histórico, político, social, cultural y militar de los pueblos que luchaban contra el yugo del imperio español. Fundamentado en ese conocimiento se atrevió a cuestionar la adopción de sistemas monárquicos como alternativa política para estas naciones.
De igual forma cuestionaba el sistema federal de gobierno, que en su opinión resultaba el más inconveniente en medio de esa coyuntura histórica. Respecto de la integración continental, Bolívar formuló una propuesta en la que fue coherente: la independencia encontraría mayores posibilidades de éxito asegurando su continuidad en el tiempo, en la medida en que se avanzara en la integración política de estos pueblos.
Por eso se atrevió a proponer una confederación de naciones que pudiera tener al istmo de Panamá como punto de encuentro. Ese planteamiento integracionista fue reiterado en el discurso ante al Congreso de Angostura al plantear la creación de Colombia mediante la unión de Venezuela, Nueva Granada. Planteamiento reiterado unos años después, en la convocatoria al Congreso Anfictiónico de Panamá, en 1826.
Otro aspecto destacado en la Carta de Jamaica es la definición de Latinoamérica como un continente único, una idea que repetiría durante el discurso ante el Congreso de Angostura, que representó un verdadero aporte para nuestra comprensión socio-histórica, sociopolítica y sociocultural. Dice Bolívar: “Nosotros somos un pequeño género humano; poseemos un mundo aparte; cercado por dilatados mares, nuevo en casi todas sus artes y ciencias aunque en cierto modo viejo en los usos de la sociedad civil… Mas nosotros, que apenas conservamos vestigios de lo que en otro tiempo fue, y que por otra parte no somos indios ni europeos sino una especie media entre los legítimos propietarios del país y los usurpadores españoles…” Ese género aparte debía construir respuestas políticas propias con base en sus realidades para implementarlas una vez alcanzada la independencia del imperio español.
LEE TAMBIÉN: «Juramento en Monte Sacro»
Entonces, ¿tiene carácter profético el documento? Nada de eso. Bolívar es un actor político, un hombre que está poniendo todo su empeño y esfuerzo por alcanzar la independencia de su patria. Lo que presenta es la Carta de Jamaica es una ruta política de lo que creía debía ser el destino de las naciones americanas. En los años siguientes dedicaría tiempo y esfuerzo para hacerlo realidad: estableciendo relaciones con importantes líderes del continente suramericano, asegurando la integración y liberación de Venezuela, Nueva Granada y Guayaquil; llevando la guerra hacia el Sur hasta liberar Perú para asegurar la independencia de todo el continente. El documento era el proyecto político del proceso independentista Latinoamericano. A hacerlo realidad dedicó los siguientes quince años de su vida.
Esa perspectiva de análisis no hace de Bolívar un vidente. Que hoy el planteamiento integracionista encuentre plena vigencia demuestra lo poco que se ha avanzado en un camino que resulta vital (la integración continental) para el logro de objetivos comunes.
Por último, resulta interesante advertir que el Bolívar que allí se expresa es un vocero del mantuanaje criollo. Es un hombre impregnado de las ideas y visiones de su clase social. Afirmar que España los había privado hasta de “la tiranía activa y doméstica” ayuda a comprender el conflicto latente entre el mantuanaje y los blancos peninsulares en relación a la titularidad de puestos gubernamentales: virreyes, gobernadores, capitanes generales, aspecto que fue una vieja aspiración de ese sector social. La Carta de Jamaica es, entonces, un documento de análisis histórico, no una profecía.
***

Ángel Omar García González (1969): Licenciado en Educación, mención Ciencias Sociales, y Magister en Historia de Venezuela, ambos por la Universidad de Carabobo, institución donde se desempeña como profesor en el Departamento de Ciencias Sociales de la Facultad de Educación. En 2021 fue galardonado con el Premio Nacional de Periodismo Alternativo por la Columna Historia Insurgente del Semanario Kikirikí. Ganador del Concurso de Ensayo Histórico Bicentenario Batalla de Carabobo, convocado por el Centro de Estudios Simón Bolívar en 2021, con la obra “Cuatro etapas de una batalla”. Es coautor de los libros “Carabobo en Tiempos de la Junta Revolucionaria 1945-1948” y “La Venezuela Perenne. Ensayos sobre aportes de venezolanos en dos siglos”.
Ciudad Valencia











